Afuera sigue igual, por José E. Muratti Toro

Por  José E. Muratti Toro

4ta Serie de Intertextuales Fotografía de Zayra Taranto Cuarta Semana
4ta Serie de Intertextuales
Fotografía de Zayra Taranto
Cuarta Semana

“Quiero un lugar”

– Pablo Milanés

[Saamvi = Diosa Lakshmi ; Darsh = Krisna, Luz de luna; Atharv = El primer Veda: Ganesh]

– No sé qué pensar.  Me contesta cuando quiere.  Otras veces me ignora y se trepa en la piedra que da al estanque y se queda mirando al agua hasta que oscurece o el mono-con-ropa toca los metales de la carne.

– Dale tiempo.  Todos necesitamos que nos reclamen para saber dónde nos hallamos.

– Es frustrante Saamvi.  Sabes como son, a veces quieren y te atacan si no las montas.  Otras eres más fo que carroña de hiena… Llevo tres lunas llenas aquí y no me acostumbro.  En el campo-con-malla teníamos un área abierta y un bosque.  Era pequeño pero fresco. Había dos para cuatro de nosotros pero nunca nos peleamos por ellas y ni ellas por nosotros….  Allí me recostaba en la sombra y recordaba cuando era cachorro y nos escurríamos por la selva y mamá cazaba ciervos y antílopes, y dormíamos dos y tres lunas corridas.

– La vida es una eterna búsqueda del espacio al que perteneces.  A veces es donde naciste.  Otras es el que escoges.  Ya no recuerdo cuando llegué ni de dónde.  Solo sé que he aprendido a ocupar el lugar que escogió el gran Cosmos Estriado, entre roca y hierro.  Mientras te exhiban, no ataques a nadie y no llegues a viejo, te alimentan, te duermen con dardos y te dejan en paz.

– La vida… la vida no puede ser pasearse entre la cueva, la piedra y las rejas, Saamvi.  Tiene que haber algo más.  ¿Por qué el Cosmos Estriado nos puso aquí?  ¿Para que los monos-con-ropa nos miren y nos tiren basura y cuando ya no les sirvamos lanzarnos al gran vacío, a veces sin dejar prole, sin haber conocido hembra?

– La vida es una gran incógnita.  Pero hay que saber distinguirla de la existencia, Darsh.  La vida nos regala un motivo, la búsqueda de un lugar propio bajo el gran firmamento del Cosmos Estriado.  La existencia es caminar en el espacio que tienes delante hasta caer rendido por el tiempo.  Hace unos años tuvimos un gran maestro llamado Atharv, que llegó de las tierras del norte, donde los monos-con-ropa se rapan la cabeza y ronronean como nosotros sentados en la nieve.

– Mi madre me habló de él.  ¿Cómo era?

– Grande.  Majestuoso.  Sus rayas parecían flotarle por el pelaje como hojas de caña negra sobre la nieve.  Nunca rugía. Siempre miraba hacia el horizonte con una extraña luz en su mirada.

– ¿Y tuvo hembra?

– Las hormonas te carcomen, Darsh.  Y eso es bueno.  Te hace fluir la sangre y pensar cuando todos duermen.  No sé si tuvo hembra, pero tenía esa mirada lánguida de los que viven satisfechos.

– Satisfechos… no sé lo que significa estar satisfecho.  Cuando no como suficiente me carcome el hambre.  Cuando me harto, me siento como un jabalí cebado y perezoso, y solo quiero dormir.

– Estar satisfecho no es algo de la carne, aunque es en la carne donde se siente.  Es entender que la jaula es una extensión del Cosmos.  Las luces del cielo señalan el camino que escogemos recorrer.  Si las miras por las noches verás que nunca ocupan el mismo lugar. Algo distinto las mueve siempre.

– Cuando me pongo a mirar el Cosmos, me pierdo.  Son tantos los brillos, tan oscuros sus vacíos.  No sabría cómo comenzar y definitivamente no me hace olvidar dónde estoy ni dejar de preguntarme cómo estarán mis hermanos y mi madre…  si lograron escapar y todavía viven en la selva, felices.

– Donde quiera que estén, están incompletos sin ti, pues cuando solo conoces lo que has vivido no sabes lo que no conoces y piensas que lo que ves lo es todo.  En cambio tú, aquí en este pequeño pedazo de tierra, estás completo pues los llevas dentro de ti sin importar donde estén, allá afuera.  Y a medida que te descubras a ti mismo, entenderás que no existe nada si tú no eres parte de ello.

– ¿Sabes lo que pienso, a veces?  Que somos los únicos que quedamos.  Que el mundo allá afuera está cada vez más infectado con los monos-con-ropa que todo lo que no capturan, lo destruyen.  ¿Y si somos los últimos?  Cuando muramos, ¿qué será del Cosmos Estriado?

– Creo que te estás haciendo las preguntas correctas pero que sólo tú puedes contestar.

– Y tú, ¿qué te preguntas?

– Ya no pregunto, Darsh.  Ya sé que soy uno con todo lo que me rodea y todos los días me maravillo con todo lo que a mi alrededor es conmigo y será sin mí.  Lo que hay afuera y lo que soy aquí.

– Ah, entonces piensas que el Cosmos Estriado existe más allá de nosotros.

– El Cosmos Estriado es solo una parte del Gran Cosmos.  Los monos-con-ropa tienen el propio.  Cada criatura con que compartimos esta jaula tiene su Cosmos.

– Tengo hambre.  Creo que voy a dar una vuelta para ver si la veo.  A ver si esta vez no me gruñe o me ignora.

– Ve.  Búscala.  No hay más carne por hoy.  Quizás con ella puedas descifrar por qué estás aquí.

– ¿Por qué con ella?

– ¿Cuántos como tú hay en la gran jaula?

– Más ninguno.  Solo yo.

– Quizás ahí está la respuesta que buscas.

– Umm.  No sé.  Ser distinto no contesta preguntas.  Si acaso crea más preguntas.

– Y quizás en esas preguntas, te espera la respuesta que estás buscando.

– No sé, Saamvi.  No sé si podré contestar todas las preguntas.  En este momento sólo sé que quiero estar con ella.

– Y donde escojas estar allí serás lo que viniste a ser.

 

 

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Sobre el autor:

José E. Muratti
José E. Muratti

José E. Muratti-Toro nació en Mayagüez, Puerto Rico. Posee un Bachillerato de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras; una Maestría en Educación de City University of New York en Staten Island; y cursos conducentes al doctorado en Sociología en State University of New York en Stonybrook. Actualmente cursa estudios conducentes al doctorado en Historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

En el campo de las artes, trabajó en teatro y representaciones musicales en la UPR en la década de los 70, con Teatro del Sesenta en los 80, y publicó poesía en la Revista Cupey de la Universidad Metropolitana, así como en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Su cuento “La víbora del desierto de Kavir” recibió el Premio de Escritor Inédito en el Certamen de Cuento de El Nuevo Día del 2012. El mismo forma parte del libro de cuentos del mismo nombre publicado por Isla Negra en 2012.

José trabaja actualmente en dos poemarios: “Morada de Miradas” y “Utopías descifradas”.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Cuarta semana.

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Serenata para Eloísa, por H Roberto Llanos

Miró el reloj, apagó la alarma y volvió a cerrar los ojos.  Hipólito tenía un compromiso, pero sus ánimos era de seguir durmiendo. La puerta se abrió …

—     Vamos papi- le dijo  Víctor- dijiste que ibas conmigo.

—     10 minutos más chico- decía mientras hundía su cabeza en la almohada

—     Llevamos practicando par de meses y no podemos defraudarla esta vez.- continuó con tono de suplica

—     Mi ‘Jo es sábado y no se va a ir donde está.

—     Siempre dices lo mismo y nunca cumples…  ya son 10 años, ya es hora que lo superes.

El reclamo bajó frío y cortante como el agua fría. La fecha revolvía recuerdos agridulces.  Eloísa  se le fue muy  temprano.  Un cáncer agresivo esfumó su vida de forma súbdita. Los médicos intentaron todos los remedios.  La quimioterapia no funcionó. Descubrió muy tarde la medicina natural.  El día de su entierro Víctor tenía 8 años. No se separó de la mano de su padre. Hipólito lloró en silencio durante el servicio. Fue el último en salir. Mientras  descendía el ataúd,  prometió en silencio de cuidar a su hijo y no abandonarlo.  Pero no cumplió con la promesa.  La depresión lo sumió en el alcohol y otras drogas.  Las usaba como medio de escape, aunque siempre volvía al punto de partida.  Perdió la custodia de su hijo y se dejó llevar por el vicio. La visión de vida se le nubló,  solo quería estar con su amada lo antes  posible. En un intento fallido de suicidio, tuvo una visión. Escucho la voz de Eloísa, la cual le  reclamó por su hijo Víctor y su promesa. Despertó en su vómito y decidió aprovechar esta nueva oportunidad. Se internó en una clínica de rehabilitación. Llevaba  siempre consigo la foto de su hijo y desde entonces, se empeñó  en cumplir. Limpio su vida. Luchó la custodia de su hijo la cual adquirió a tiempo parcial.   Recuperó poco a poco la confianza de su hijo a pasos lentos. Aunque Víctor resintió su llegada. La música fue el imán que los volvió a unir.  Víctor practicaba el violín en la escuela de música, mientras Hipólito volvió educar a los jóvenes por medio de la guitarra y el canto.  Formaron un dúo en una actividad familiar. Ambos  recibieron  una ovación  general la cual llenó sus pechos de orgullo. Hipólito sintió que  empezaba a cumplir con su palabra.  Víctor le sugirió cantar en el aniversario de partida de su madre.  Intentó hacerlo desistir de la idea pero al final tuvo que acceder. 

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextuales Tercera semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextuales
Tercera semana

Así que hoy se levantó de la cama, se vistió y ambos llegaron al cementerio.  Desde la muerte de Eloísa, evitaba el lugar.  Tardaron un rato en encontrar la tumba. Víctor vio a lo lejos un banquito en forma de ataúd. Su abuelo lo había hecho para descansar y tener un lugar donde hablar con su difunta hija.  Vio una lápida blanquísima con las letras doradas que leían Eloísa Vargas, hija ejemplar, esposa amada y madre inolvidable. Hipólito llevaba en sus manos un arreglo de rosas blancas, azucenas y gardenias. Lo acomodó frente a la lápida.  Una brisa tenue espacio el perfume floral. Sacó su guitarra mientras su hijo acomodaba los dedos en el violín.  Hipólito cerró sus ojos, acomodó sus dedos en la cuerda y comenzó la serenata.

Donde tú estés

Mientras dure el planeta

Voy a pensar

Siempre en ti

Se me escapó

Como soplo tu aroma

Volándose en tu risa casi infantil

Donde tú estés

Gobernando mi estrella

Yo espero no olvides que aquí

Yo te sigo amando

Como el primer día cuando te vi…

 

Sintió un taco en la garganta que lo atravesaba en forma vertical. No podía cantar, llenándose de impotencia. Irrumpió  en sollozos, soltando la guitarra.  Los sentimientos acumulados por 10 años escaparon de su encierro. Lloró a moco tendido el coraje, la frustración, el vacío que le había provocado su partida. Lloró el haber recurrido a las drogas como visa a un sueño infernal. Sintió un abrazo en sus ojos. Vio a Víctor  con ojos llorosos. Ambos se secaron las lágrimas y terminaron de cantar al unísono…

 

Lo mejor de ti

Me lo he quedado yo

Lo que nadie tuvo de tu amor…

Lo mejor de mí

Se lo he prestado a Dios

Lo mejor eres

Tú mi amor.

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Sobre el autor:

H Roberto Llanos
H Roberto Llanos

H. Roberto Llanos es  escritor y fotógrafo aficionado. Nació el 2 de mayo de 1978, en San Juan Puerto Rico. Cursó estudios universitarios en la Universidad del Este, obteniendo un bachillerato en gerencia hotelera. Tomó diversos talleres con reconocidos escritores quienes lo impulsaron a continuar con la exposición pública de sus trabajos.  Varios de sus cuentos han sido publicado como Exprimomangó cual apareció en la antología  de Origin EYaoiES ( peruano-españoles) mientras que su cuento Ceviche al Canibal se encuentra en la pagina de Di/verso en Argentina. Actualmente está trabajando en una colección de cuentos.

Nota. Este texto es una colaboración para la serie de escritura creativa “Intertextuales”. Tercera semana.

De vuelta al Progreso, por José E. Muratti Toro

Por  José E. Muratti Toro

La muerte siempre llega de mano de quien menos la esperamos.

Llegamos en el vuelo 426 de Ciudad Panamá a Tegucigalpa.  La hermana Christine nos esperaba en el aeropuerto en una station wagon Ford con paneles simulando madera de 1976.  De camino nos contó todo lo que estaba sucediendo en el país, en el pueblito llamado Progreso al que solo el nombre había llegado, del centro para huérfanos en el cual ha trabajado en treinta de sus cincuenta y tres años.  Nos dio todos los detalles en perfecto español con ese leve acento, en su caso de Nebraska, que los estadounidenses nunca abandonan no importa cuántos años lleven en territorio de habla hispana.  Y nos entusiasmó como a dos chiquillos que se van por primera vez a hacer “trabajo misionero” lejos de las comodidades de la clase media-media que siente esa mezcla de agradecimiento existencial haberse librado de la pobreza y ese deseo de compartir ese agradecimiento mezclado con solidaridad con que se mira a los que están uno o dos escalafones por debajo sin que ninguno de los dos sepa por qué.

Llegamos a la hora de cenar.  Nos bañamos con agua fría por primera vez en no sé cuánto tiempo y nos sentamos a cenar plantillas de maíz, frijoles y muslos de pollo frito que los niños devoraron casi sin engrasarse los labios.  Esta era una cena suntuosa – nos enteramos después – porque habíamos llegado los “amigos de Puerto Rico” a hacer labor voluntaria.  El centro se llamaba Orfanato Hipólito Jiménez Juarbe, bautizado con el nombre del campesino que no había tenido hijos y lo fundó para que a su mujer se le diera el sueño de ser madre.  Sin que la hermana Cristina – ella insistió en que usáramos el nombre en español – se diera cuenta le fuimos pasando los muslos a los chicos a nuestro lado que, a su vez, los compartieron con los que quedaban más lejanos.  Pensándolo bien, creo que se dio cuenta y fue a buscar más agua y a llevar platos a la cocina para que pudiésemos compartirlos.  Compartir alimentos crea lazos duraderos y esa era la principal razón de nuestra visita.

 Fregamos obviando las protestas de la monja-vestida-de-civil, nos unimos a la conversación sobre los aprendizajes del día que se hacía todas las noches, seguida de la oración de gratitud antes de dormir.  Creo que hace más tiempo de que nos bañamos la última vez con agua fría que el que hace que participamos de una oración.

 Al otro día, desayunamos pan y café y nos dimos a las tareas que nos había preparado Cristina y Alicia, una inmigrante salvadoreña que se encargaba de todas las mejoras a la propiedad con una energía y un tesón que solo opacaba su silencio y la bondad en sus ojos.  Alicia tenía el rostro cubierto de cicatrices, de esas compuestas de pliegues de piel que quedan después de quemaduras de tercer grado.  Su esposo le había tirado el sartén de manteca hirviendo encima porque había vuelto a freír pollo y habían comido pollo la noche anterior.  Demás está decir que el marido no trabajaba y que era responsabilidad de Alicia conseguir la cena, cocinarla y conseguirle dinero lavando platos en una fonda cercana para él jugar cartas en el bar de la esquina y poder convidar a los amigos.

 Se nos hizo muy difícil no desearle la muerte en voz alta y dejar de mirar a Alicia con el corazón partido, lo cual Cristina nos suplicó no hiciéramos para no hacerla recordar y revivir la causa de nuestra desolación que jamás se acercaría a la de ella.

 Cuando salimos al patio todos los chicos nos rodearon queriendo conocernos.  Les dijimos nuestros nombres, nos dijeron los de ellos, sus edades las cuales más de la mitad no sabía y sus juegos favoritos que usualmente incluían conversar sobre las lecciones del día y la oración antes de acostarse.

 Enterrándonos las uñas y tragando gordo nos dispusimos a las tareas del día: arreglar el techo de la covacha de las herramientas, los varones, remendar ropa que hubiésemos usado para lavar las llantas del auto, las mujeres.  Nos mirábamos en cada oportunidad que teníamos para corroborar cuán estrujado teníamos el corazón, cuánto queríamos no comer para que ellos comieran nuestra porción, cuán materialistas y superficiales y necios nos sentíamos por nuestras frustraciones diarias con el tapón camino al trabajo a pesar de tener aire acondicionado en el auto del que solo nos quedaban veinticuatro pagos de trescientos ochenta dólares, o la falta de estacionamiento en la universidad por la noche a pesar de estar pagando doscientos dólares el crédito, o la espera en la oficina del médico a quien teníamos que dejarle diez dólares de deducible, o la indignación de tener que pagar casi cinco dólares por un jugo de naranja con gajitos en el supermercado, o la porquería de programación teníamos en los cinco canales locales y la mayoría de los dos cientos y pico de cable…

 Durante el almuerzo, en que distribuimos los nuestros en los platos aledaños ante las repetidas ausencias de Cristina, vi una niña de unos doce años al final de la mesa que no despegaba los ojos del plato.  Tenía el pelo tan corto – módico método anti-piojos – y era tan delgada que parecía un niño.  El trajecito color vino despintado y surcido, y las chancletitas rosas corroboré que era nena.  Al terminar el almuerzo, le llevé una galleta dulce que había sido mi postre y le dije: “Uff, estoy repleto, ¿quieres mi galleta?”

 Me miró asustada pero el hambre vieja pudo más y me arrancó la galleta de la mano.  Se la metió entera en la boca y salió corriendo a masticarla en el balcón mirando hacia las montañas coronadas de un abanico de verdes que rodeaban el asilo.  Me recosté del marco de la puerta a tratar de ver lo que miraba.  Al poco rato a mi espalda escuché la voz de Alicia por primera vez.

 – “Se llama Stephanie.  Está pensando en su hermanito.  Cuando la recogimos en el basurero detrás de la alcaldía, nos dijo que estaba buscando comida para su hermanito que estaba con su mamá en una choza al otro lado del pueblo.  Al llegar, encontramos la mamá estaba tirada en el piso, borracha.  El hermanito estaba llorando en un rincón en el piso de tierra.  Haría por lo menos dos días que no le cambiaban el culero de pedazos de sábana que tenía puesto. Cuando se lo sacamos, tenía gusanos entrándole por el ano, el pipí y en la carne viva donde la piel se le había quedado pegada al culero.  Se lo entregamos a las autoridades, pero no hemos sabido más de él.  Cada rato se escapa y llega al hospital a preguntar, pero nunca le dicen nada.  Siempre regresa con nosotras y a veces la escuchamos llorando en la madrugada.  Nada la consuela.  Baja la vista y llora o se pone a mirar hacia la cordillera como si esperara verlo venir con algún familiar por el camino que da al despeñadero”.

 Me volví a preguntar por qué no habían tratado de averiguar pero ya se había ido a recoger los platos de los trece niños y cinco adultos que habíamos ocupado la mesa.

 Hablamos con Cristina y un poco a regañadientes nos autorizó a ir al hospital a indagar sobre el hermanito de Stephanie.  La administradora que nos recibió puso la cara de fastidio de los empleados públicos que ven en los extranjeros que vienen haciendo preguntas que resultan en más trabajo que nadie aprecia y que rara vez tiene resultados.  Buscó en todos los posibles archivos de los pasados seis meses mientras esperamos pacientes en las sillas de madera de la sala de espera bajo un abanico cansado que daba vueltas porque la poca electricidad se lo exigía.

Cuando llegó de vuelta, tenía esa extraña expresión de los trabajadores de la salud que luchan por no dejar entrever su desolación al reconocer un caso desgarrador resultado más de la atrocidad de que somos capaces los seres humanos.  El padre de David, como se llamaba el niño, había venido al hospital a recogerlo porque él no necesitaba de la caridad del estado, que para eso tenía mujer que más valía que se encargara del muchacho.  La mujer que lo acompañaba, borracha, llena de moretones y laceraciones en la cara y los brazos, trató de sacar pecho y decir que ella podía encargarse de su hijo.  Y así se lo llevaron, con las llagas abiertas y la mirada famélica incrustada en los ojos apretados de un llanto inconsolable.

La empleada nos dijo dónde habían sepultado al niño unos días después de habérselo llevado.  Una de las familias acaudaladas del pueblo, a quien el médico del hospital le contó la tragedia, tenía un pequeño sarcófago que había usado para su propio hijo que había muerto de cólera veinte años antes.  Le dijeron que usaran la tumba, que ellos no tendrían nietos y qué mejor que darle una última posada a aquel pobre angelito.

Cuando se lo contamos a Cristina, a pesar de más de treinta años tragando tragedia, no pudo contener el llanto.

– “Creo que se lo debemos decir a Stephanie”, dijo después de un rato.  “Estas cosas es mejor enterrarlas para que no amarren a uno a un pasado que no debe ocupar nuestros recuerdos”.

Al día siguiente llevamos a Stephanie al cementerio.  Cuando llegamos frente al pequeño sarcófago, para nuestra sorpresa no lloró.  Se sentó sobre sus pantorrillas al lado del ataúd de hormigón y comenzó un diálogo con su hermanito tan susurrado que sólo él la escuchó.  Nos alejamos un poco dizque para darle privacidad, pero en realidad fue para no dejar que nuestros jipíos la afligieran más.  Después de un largo rato, se puso de pie, abrió una desteñida carterita que siempre llevaba colgada del hombro, y sacó una figurita de plástico que colocó en la cabecera de la tumba.

Vino hasta donde estábamos, nos miró con los ojos claros como las mañanas sin lluvia que despejan de neblina los montes tras el Progreso, y nos dijo: “Quiero volver a nuestra casa”. Bajó la vista, me tomó la mano y regresamos sin decir palabra todo el camino de vuelta.

Al llegar corrió hasta donde estaban los otros niños y ayudó a levantar a un pequeño de unos dieciocho meses que apenas se podía sostener en pie pero que, corajudo, se empecinaba en levantarse y caminar con el resto de los niños más grandes.  Stephanie lo agarró por las manitas y lo ayudó a caminar hasta donde estaban los demás.  Por un momento me pareció que miró hacia donde yo estaba y me sonrió.  Pero pudo haber sido que se estaba alejando moscas de la cara.

Regresamos después de las tres semanas en el Progreso.  Nuestras amistades ya se cansaron de nuestro estado de ánimo parco, sosegado, introspectivo.  Tratamos de explicar todo lo que sentimos en aquellos dieciocho días, pero algunos nos miran con esa extrañeza de los que piensan que tuvimos una experiencia extra-sensorial.  Otros se deprimen y dejan de llamarnos por semanas.

Mañana llenamos los formularios de solicitud para regresar al Progreso el verano que viene.  Nunca pensé que desearía que llegara el verano para sentir que la vida tenía algún sentido.  No creo que convenzamos a mucha gente para que nos acompañe, pero no importa.  Stephanie se alegrará y eso es lo importante.

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextuales Tercera semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextuales
Tercera semana

 

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Sobre el autor:

José E. Muratti
José E. Muratti

José E. Muratti-Toro nació en Mayagüez, Puerto Rico. Posee un Bachillerato de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras; una Maestría en Educación de City University of New York en Staten Island; y cursos conducentes al doctorado en Sociología en State University of New York en Stonybrook. Actualmente cursa estudios conducentes al doctorado en Historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

En el campo de las artes, trabajó en teatro y representaciones musicales en la UPR en la década de los 70, con Teatro del Sesenta en los 80, y publicó poesía en la Revista Cupey de la Universidad Metropolitana, así como en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Su cuento “La víbora del desierto de Kavir” recibió el Premio de Escritor Inédito en el Certamen de Cuento de El Nuevo Día del 2012. El mismo forma parte del libro de cuentos del mismo nombre publicado por Isla Negra en 2012.

José trabaja actualmente en dos poemarios: “Morada de Miradas” y “Utopías descifradas”.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Tercera semana.

El programa, de Marlyn Cruz-Centeno

Por Marlyn Cruz- Centeno

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Despertó de golpe en la banca. Sus ojos se tropezaron con la imagen del mar que le pareció más inmenso luego de tanto tiempo de encierro. Miró sus manos, otra vez, por primera vez.  Se sorprendió de tenerlas tan arrugadas. “Así se siente ser viejo”, pensó y se quedó muy quieto tratando de recordar algo. La mente se  volvió bruma de prisa y los pensamientos se escaparon sin dejarse descifrar.

El programa era sencillo, un ciudadano modelo de la tercera edad o sus familiares llenaban la solicitud de intercambio.  Si su revisión de vida salía positiva su nombre se ingresaba en el sorteo.  Luego esperaban un poco más a tener suerte.  El gobierno encontró un alivio fiscal al vaciar las cárceles con el programa de intercambio. A pesar, de que las calles pronto estuvieron llenas de ancianos vagabundos, al gobierno le resultaba  más económico conservar el programa. Siempre es más barato pagar entierros que mantener criminales.

El día que  el preso # 356  fue condenado a intercambio con el cuerpo de Don Gerardo Rodríguez Ortiz, de 85 años de edad, ya la familia de Don Gerardo lo había condenado a muerte o al menos, al abandono.  Según el programa, la familia que  recibía el intercambio debía proveer cuidados para el criminal ahora envejecido. Pero el sistema era poco regulado y cada vez era más común que una familia al recuperar a su familiar  en un cuerpo joven se deshiciera del  anciano.

Había una oficina de querellas en que los presos en los cuerpos ancianos podían entablar quejas contra la familia que era responsable de cuidarlos. Pero como todo proceso gubernamental, era burocrático y lento. Además, en la mayoría de los casos los ahora ancianos se encontraban desorientados y no podían ni siquiera identificarse. El criminal aunque conservaba su memoria, recibía el impacto completo de todos los padecimientos de su “nuevo” cuerpo envejecido y sus condiciones de salud.

El preso # 356, a diferencia de otros, había olvidado que había sido condenado dos veces. Cada vez que abría los ojos,  el mar se le presentaba como una hermosa aparición y el salitre le llenaba los pulmones.  El cuerpo viejo de Don Gerardo se quedó quieto sobre la banca. Mientras, la mente del prisionero # 356 se volvía bruma de prisa y los pensamientos se le volvían a escapar sin dejarse descifrar.

Sobre la autora

Marlyn Cruz-Centeno
Marlyn Cruz-Centeno

Marlyn Cruz-Centeno es poeta y narradora. Administra este blog de escritura. Ha publicado sus trabajos creativos en el semanario Claridad, la Antología de poetas y escritoras puertorriqueñas Cachaperismos 2010 y otros espacios virtuales. Recién fundó junto a los escritores Alexis Pedraza y Julio García la plataforma De Palabras, Inc dedicada a la gestión cultural.

Convoca esta serie 4ta serie de “Intertextuales”.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.

Azul, de Max Chárriez

Por Max Chárriez

Playa Sucia, Puerto Rico
Playa Sucia, Puerto Rico

El mundo  es un telón de teatro

tras el cual se esconden los secretos más profundos.

-Rabindranah Tagore

No lo sentí llegar. El ir y venir de las olas, los destellos del sol en el agua cristalina y la intensidad del azul caribeño me hacían fruncir el ceño mientras jugaba con mis pies en la arena a la orilla de la playa, hipnotizado.

Su sorpresivo abrazo me sacó de mi letargo; el beso húmedo y profundo despertó todos mis sentidos. Aspiré su olor a sudor agridulce mezclado con su perfume y el salitre de aquel pedazo de paraíso tropical, sentí sus cachetes húmedos, lo empujé por la nuca salpicada de cabellos mojados por la canícula de aquel miércoles de verano y le devolví el beso. Azul.

Había llegado temprano al poblado en un acto totalmente fuera de carácter para mí. Nadie en mi círculo de amistades creería el rumor que había viajado 3 horas en busca de una quimera que llevaba la forma de un cuerpo de estudiante de 19 años. Después de un semestre de miradas y sugerencias y dos semanas de  recorrer la ciudad, de bailar, de comer juntos y de tener sexo en cada rincón del apartamento y lugares inapropiados, mi cuerpo se negaba a su ausencia. Ya no era racional. Mi intención era buscar un cuarto de hotel en el que pudiera recibirlo cada vez que pudiera escaparse de su familia.

Lo llamé temprano, tan pronto crucé los límites del pueblo. Él contestó con una risita pícara y me dijo que los esperara en esta playa desierta. No esperó a que contestara, colgó. Acostumbrado a la intrepidez de sus hazañas, busqué el lugar con esta mezcla de excitación y aprehensión. ¿Qué tendría entre manos esta vez? No importaba.

Por supuesto, me hizo esperar. Yo me quité los zapatos, me enrollé los pantalones y dejé seducir por el paisaje.

Mientras me besaba fue halando la camisa hasta sacarla del pantalón. Lo sentí buscar enredar en mis vellos sus dedos niños, apretarse al bulto de mi barriga, su piel despertar al deseo de la mía. Se despegó lo suficiente para buscar desesperado los botones de mi camisa, casi arrancarlos, tirar de ella, quitarse su camisilla de rayas de colores y fusionarse otra vez a mi cuerpo.

Me dejé llevar, alucinante, mareado por la bellaquera y el calor, los besos húmedos de sudor y saliva. Me exploró la barba, el cuello, el pecho, mis pezones; lo sentí bajar por la barriga, lamer las gotas de sudor entre los vellos. Lo vi, ensimismado, mirarme a los ojos mientras me desabrochaba el pantalón, poner una sonrisa traviesa para tomarme en su boca…

Después me besó, como un reto, para que me probara a mí mismo en su boca, el dulce residuo del primer orgasmo playero. Nos reímos mientras yo me abrochaba los pantalones, me acomodaba la camisa y cobraba consciencia de estar en un lugar público. Se retiró de la orilla primero, yo terminé de acomodarme la ropa en su sitio y entonces me volteé a seguirlo…

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Lo vi alcanzar su bicicleta azul bajo el árbol, tomar el manubrio, moverla del árbol y subirse, le iba a gritar mi sorpresa, que a dónde iba, que me esperara, pero entonces, simultáneamente, noté al viejito sentado en un banco bajo el mismo árbol, muy quieto, mirando fijo al horizonte. Quedé paralizado, me penetró una vergüenza instintiva, un miedo primordial… ¿Nos vio? ¿Llamó a la policía? Mis manos trataron de cubrir mi cuerpo vestido, taparme la cara… Busque entre el palmar, en los árboles, en el agua por más gente, pero no había nadie. Fijé nuevamente y con disimulo, mi mirada en el viejito que seguía observando el horizonte, me volví hacia el mar buscando que miraba, pero no había nada más allá de la inmensidad del azul, ni tan siquiera una nube…

—Manuel, no te preocupes, es ciego —me indicó en un grito murmurado entre unas gríngolas de dedos.

Lo vi marcharse, dejándome allí, así, con una risita burlona. Lo vi alejarse en la bicicleta azul entre el verde y las sombras del camino desierto. Lo vi volverse y mirarme aún con la sonrisa burlona en los labios. Entonces algo me rosa el pie desnudo en el agua y es su camiseta de rayas de colores que flota en el agua. La recojo, la exprimo, la huelo, cierro los ojos mientras inhalo la mezcla de sal y perfume… azul.

El viejito seguía mirando su horizonte.

 

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Sobre el invitado:

Max Chárriez
Max Chárriez

Max Chárriez  nació el miércoles 16 de octubre de 1968 en Río Piedras. Creció en el Barrio Pájaros Candelaria de Toa Baja. Es maestro de español en la Escuela Vocacional Tomás C. Ongay y profesor del lengua y literatura en varias instituciones postsecundarias. Desde el 2010 modera el TallerQueer en Ciudad Seva. Obtuvo su grado de Maestría  en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón con concentración en Narrativa. Actualmente toma cursos conducentes al grado doctoral en Literatura puertorriqueña y del Caribe en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.Fue columnista del Puerto Rico Breeze, antigua publicación GLBTT bilingüe en Puerto Rico. Ha publicado en las revistas Nuevos Tiempos y Turismo Alternativo. En 2007 ganó el Primer Premio en el 13ro Certamen Literario UPPR con el cuento Conspiración. El cuento Belleza está incluido en Los otros cuerpos: Antología de temática gay, lésbica y queer desde Puerto Rico y su diáspora. En 2009 Aventis publicó Delirios de pasión y muerte. En en 2011 publicó Ojos como de hombre, la primera novela de la trilogía “Profecías”. El periódico El Nuevo Día la catalogó como uno “de los 10 mejores libros de ficción del 2011”. Vive con su pareja y una de sus dos hijas en Río Piedras, Puerto Rico.

Su página: Max Chárriez.

Nota. Este escrito es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.

La bicicleta de Tino, de H Roberto Llanos

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

La mirada de don Celestino se pierde en la distancia. Siempre lo observo las veces que me escapo a la playa siendo niño al visitar a mis tíos en Naguabo. Lo veo con su camisa de mangas largas y su sombrero de paja. En casa me decían que no hablara con extraños.  Pero pasaba el tiempo  y las veces que iba a la playa me lo encontraba. Una  vez, me invitó a comer  hicacos que había recogido y los tenía  en una cubeta gris.  Me comentó que las recogía para que su esposa hiciera dulces y los vendiera en la calle.  Odiaba su nombre y prefería que lo llamaran Tino. Don Tino iba a la playa en bicicleta. Muchos de mis  primos  y yo nos sorprendía ver a un doncito  correr bicicleta. Lo veíamos como algo increíble. Nos íbamos a las carreras y nos  dejaba ganar. En mi curiosidad le pregunte una vez por que iba a la playa en bicicleta. Con una sonrisa me respondió que no le gustaba guiar, por una mala experiencia y disfrutaba del aire salado.  Mis primos me decían que era un loquito pero nunca hice caso. De hecho, por comentarios de ellos,  en casa se enteraron que tenía amistad con don Tino y las visitas a la playa me las restringieron aún más.  Me explicaron que no debía unirme a un viejo borrachón y problemático.   Los veranos de Naguabo dejaron de ser divertidos cuando mis primos crecieron y se fueron al ejército o a la universidad en Boston. Yo había también había crecido lo suficiente y quería aprovechar mi último verano antes de irme a estudiar a la UPR. Ese verano lo único que me divertía era ir a caminar por el malecón  y estar horas mirando el mar. Entendí  a don Tino con su mirada perdida. Lo vi por última vez y fue por un accidente.  Un borracho del malecón lo había atropellado  mientras corría bicicleta y se había dado a la fuga. La gente se aglomeró y decidí llamar a emergencias. En desespero monté la bicicleta en mi camión e iba a llevarme al moribundo, pero  la ambulancia llegó en ese instante.  Nadie quería ir a acompañarlo y decidí hacerme responsable. En el Hospital de Humacao preguntaron su información y le dije que solo sabía su nombre y que lo conocía de la playa. Encontraron su billetera y llamaron a los familiares.  Cuatro horas más tarde llegó uno de sus hijos. Me presenté  y le conté lo ocurrido. Me agradeció y me comentó que su padre se había escapado de la casa.

—    El viejo siempre se escapa de la casa y va directo a la playa. Yo creo que buscando a mi madre y  a los hicacos. El quedó mal desde su muerte hace muchos años  por  culpa de un choque.  Dejó de guiar y a todo va en una bicicleta.  Bebe mucho. Mucha gente le rehuye. Vine a vivir con él para atenderlo, pero ya ves…

Sus palabras crearon un nudo en la garganta. Un sentido de culpa me invadió el pecho y un frío sepulcral me erizó los vellos del cuello. Me sentí mal por no haber pasado más tiempo con don Tino. La noche en el hospital fue larga. Los médicos dijeron que no le daban mucho tiempo. Le pedí a su hijo si podía verlo. El accedió y lo vi. Escuche de sus labios un murmullo decir gracias. Le besé sus manos arrugadas y me fui del cuarto. Le comenté  al hijo de Tino sobre la bicicleta y me dijo que la botara. Al otro día fui a visitarlo, pero ya había muerto. Las lágrimas bajaron en cuentagotas.  Intenté buscar información acerca de su entierro, pero nadie sabía. Con el tiempo arreglé la bicicleta. Le di un retoque  de pintura color aguamarina.  Voy en las tardes por  el Condado corriendo en ella. Mientras corro bicicleta el aire de mar me provoca un  sentimiento de libertad. Siento la mirada de la gente invadiendo mi espacio y  les sonrío. Si supieran la historia de esta bicicleta, agarraban las suyas y correrían por amor a la vida.

Sobre el autor:

H Roberto Llanos
H Roberto Llanos

H. Roberto Llanos es  escritor y fotógrafo aficionado. Nació el 2 de mayo de 1978, en San Juan Puerto Rico. Cursó estudios universitarios en la Universidad del Este, obteniendo un bachillerato en gerencia hotelera. Tomó diversos talleres con reconocidos escritores quienes lo impulsaron a continuar con la exposición pública de sus trabajos.  Varios de sus cuentos han sido publicado como Exprimomangó cual apareció en la antología  de Origin EYaoiES ( peruano-españoles) mientras que su cuento Ceviche al Canibal se encuentra en la pagina de Di/verso en Argentina. Actualmente está trabajando en una colección de cuentos.

Qué bueno es vivir así, de Dina de Pablos

Por Dina de Pablos

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Tengo 13 razones para estar senta’o aquí. Pudiera decirte que estoy cogiendo un break pero eso se cae de la mata. Por ser una razón tan elemental, le daré el número 13. Dicho sea de paso, el 13 es perfecto. No vayas creyendo que lo menosprecio. No señor, lo honro, porque en los ascensores de caché lo brincan. No sé por qué y tampoco viene al caso. La verdad es que el día está soleado pero fresco. Otra razón mira tú. Como te estaba diciendo, son pocas las veces que éste banco se encuentra vacío. Es por la sombra, ¿sabes? Por otro la’o, la bicicleta se quedó sin gasolina y todavía no ha llega’o mi asistencia en la carretera. No te rías que las bicicletas también reciben asistencia, en especial las nacidas en los 60. Sí, está viejita pero brega. La encontré en la basura hace como 20 años. Le arreglé los frenos, la estrella, las gomas y la pinté del color de los machos. Desde entonces me lleva y me trae. Ya me fui por la tangente. Hablaba de las 13 razones…y voy para la…la 9. Eso. Ahora te puedo decir, que estoy contando las palomas. O que se me acabó la pintura y por hoy no trabajo más. Ah, que me duelen los juanetes. Otra, otra que estoy pensando en mis cosas y sólo lo puedo hacer senta’o. No, lo de senta’o me lo dice cuando no oigo bien. Bueno y qué más da, son mis razones y yo digo que me siento para pensar y punto. Ven acércate que esta es privada…me voy a robar cinco carretillas de arena. ¿Cómo que no es pa’ tanto secreteo? ¿Y si me cogen, ah? Mira que yo no soy político. A mí si me cogen, me cogen. ¿Cuántas me faltan? Tres sí me faltan tres. Pues sigo. Perdí la mano en el dominó y no quiero oír al imbécil de mi compay. El muy pendejo no sabe jugar y mucho menos perder. Además tuve que echar carrera porque llegó Juancho a cobrar y hoy no tengo ni una perra. Y hablando de perras, la primera y principal razón pa’ estar aquí senta’o a las once de la mañana de un martes 13 de abril…fanfarria por favor. No quiero verle la cara a la…sí, eso mismo. Tú sí que la conoces desde que nació, cuña’o.

Sobre la autora:

Dina de PablosDina de Pablos Martínez

Educadora de profesión, escritora por afición. Nacida en Hato Rey para la década de los 50s. Sazonada por una infancia en el casco de un Río Piedras que se negaba a ser un barrio de San Juan. Adepta a los zapatos de la vida y los rastros que van dejando.

El carrete de Chuito Nazario, por Anthony González Miranda

Por Anthony González Miranda

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Levanté lo que parecía ser una roca obsidiana enterrada en medio de la playa. Me decepcionó encontrar que se trataba de un carrete de pesca. Había un anzuelo clavado en la esquina del embobinado de nilón transparente y la pesa de plomo colgaba dando golpecitos contra el plástico negro. Sin embargo, me llamó la atención encontrar que un extremo del hilo todavía estaba enterrado.

Traté de levantarlo, pero continuaba a lo largo de la orilla hasta desaparecer debajo del oleaje. El carrete lucía repleto con el embobinado. Sin embargo, allá estaba el resto del hilo, en el mar. Si ya tenía el anzuelo y el carrete en mis manos, me pregunté qué podría haber en el otro extremo.

Seguí el hilo de nilón hasta llegar al agua. Valiéndome del tacto, me sumergí cuando ya no pude mantenerme sobre la superficie. Apenas podía ver algo bajo el agua, pero el hilo me llevó en una sola dirección. Era increíble que sobrara tanto hilo a partir del carrete.

Finalmente, me pareció ver algo al otro extremo, una silueta de algo grande al final del hilo, en el fondo del mar. Traté de subir, pero sentí un alón del otro. Solté el hilo para regresar. Después de todo, parecía estar fijo por ambos extremos. Solo tenía que buscar el carrete en la orilla de la playa y seguir de nuevo el hilo para regresar a aquél lugar misterioso.

Entonces vino el mordisco. La silueta había ascendido del fondo y me había atrapado entre sus fauces. Solo recuerdo el hamaqueo violento, el frío punzante en la cintura y la asfixia. Pudo haber sido un tiburón hambriento, o una aguaviva.

Sea lo que haya sido, abrí los ojos en un lugar totalmente oscuro. Sentí que estaba flotando en la nada. Pronto comencé a sentir el frío intenso, la presión en los oídos, el vacío en el pecho. Sentí desespero y comencé a nadar hacia arriba. El ascenso me pareció eterno. Si me detenía, la sensación de ahogo se hacía más intensa, así que continué con todas mis fuerzas. Cuando finalmente llegué a la superficie, me pareció que por un solo segundo no había perdido la vida.

Antes de abrir los ojos, tomé varias bocanadas profundas de aire fresco. Entonces caí en cuenta que el agua no estaba salada. El aire tenía un sabor dulce. Eché un vistazo al cielo. No había una sola nube. Tampoco vi el sol por ninguna parte. Sin embargo, el día era hermoso.

Busqué la orilla y nadé hasta toparme con un pequeño tablado. En lugar de palmeras, había algunos arbustos frondosos, lirios acuáticos y libélulas acopladas en pleno vuelo. Había algunas flores y cogollos tiernos en las ramas de los árboles más grandes. Francamente, era un lugar hermoso. En medio de todo aquello, al borde de un pequeño muelle de madera elevado sobre el agua, estaba sentado un pescador con su carrete negro que parecía de roca obsidiana.

–Has desperdiciado tu vida –anunció casualmente al verme, como si se tratara de una broma.

–¿Quién eres? –pregunté algo perturbado.

–Chuito. Chuito Nazario. Mucho gusto.

Por un momento pensé que había escuchado mal su primera declaración.

–¿Dónde estoy? –pregunté al verme en un lugar diferente a la playa.

–Estás en el lago –contestó el señor Nazario–. Al parecer, viniste del fondo.

–Entonces es verdad… –me dije a mí mismo.

–Eso parece –confirmó el pescador con suspicacia.

–Debo haber estado a la deriva durante mucho tiempo…

–¡Ya lo creo!

–Pero esto un lago…

–Ya te lo dije, viniste del fondo.

–Eso es imposible.

–¿Por qué es imposible?

–Porque yo estaba en una playa y ahora estoy en un lago.

–¿Estás seguro de eso?

–Definitivamente –contesté enseguida–. Estaba en la playa y encontré un carrete, como el suyo.

–¿Como este?

–Sí, como ese. Pensé que se trataba de una roca obsidiana, pero no fue así.

–Naturalmente –me interrumpió el pescador–. Las rocas obsidianas no se encuentran en la playa, sino en las montañas y zonas volcánicas.

–Alguien pudo haberla llevado hasta allá. Pero el punto no es ese.

–¿Por qué alguien llevaría una roca obsidiana a la playa?

–No lo sé. Tal vez como amuleto de la suerte. Tal vez como compañía. De todas maneras, eso no importa.

–¿Qué es lo que importa, entonces?

–Para empezar, el anzuelo estaba pinchado en el borde del carrete, de manera que el hilo ya había sido embobinado. Sin embargo, uno de los extremos seguía enterrado en la arena. Traté de levantarlo, pero continuaba hasta la orilla y allí se perdía bajo el agua. Lo seguí con el tacto, me sumergí, perseguí su pista hasta dar con una sombra en las profundidades. No sé cuán lejos estaba de mí, así que no pude determinar cuán grande era aquello. Necesitaba un tanque de oxígeno para bajar más. Necesitaba quizás un gancho o una cadena para levantarlo. Fue entonces cuando decidí regresar a la orilla. Conseguiría los recursos para dilucidar aquél misterio en el fondo del mar y regresaría mejor preparado. Comencé a subir, pero fue entonces cuando algo me interceptó. Probablemente fue un tiburón. O quizás fue un aguaviva que me paralizó, ya que no tengo ninguna herida. La verdad, no sé qué me sucedió exactamente, pero debí estar a la deriva durante algún tiempo, hasta llegar acá.

–Pero todo eso que me cuentas es muy absurdo –ripostó el pescador con cierto dejo de condescendencia. Te habrías ahogado si te desmallabas bajo el agua.

–Cuando lo pones de esa manera, quizás sí, pero yo estoy seguro de lo que pasó, al menos hasta el momento en el que intenté regresar a la superficie.

–Está bien. Hay gente que disfruta de inventar historias. Yo prefiero atrapar mi presa con la línea de pescar.

–No estoy inventando nada –riposté–. Tú, por el contrario, no has atrapado nada, por lo que veo.

–El hilo de pescar solo es tan fuerte como la paciencia del pescador.

–La paciencia del pescador puede ser eterna, pero sin una buena carnada jamás enganchará lo que busca.

–La carnada no importa. A veces utilizo un carrete… una roca obsidiana… la verdad ya no lo recuerdo. Creo que cualquier cosa sin sentido puede funcionar. Lo más importante sobre la carnada es que llame la atención del pez que buscas. No tiene que llegar a picar. Con tan solo hacerlo perseguir la carnada puedes traerlo justo hasta tus manos.

De repente me sentí incómodo, ansioso. Estaba hablando con un lunático.

–Ya quiero regresar –dije cortando la conversación–. ¿Me puedes decir cuán lejos está la playa?

–Realmente no está tan lejos –contestó mirando más allá, sobre mí–, pero es imposible regresar.

–¿Cómo que es imposible regresar? –pregunté alarmado–. ¿De qué hablas?

–Ya te lo dije. Has desperdiciado tu vida –repitió al ponerse de pie–. Encontraste a Chuito Nazario y perdiste el resto del mundo. No hay a donde regresar. Se acabó tu vida. Es el fin. Ahora, ven, sal del agua. Enfrenta tu destino a mi lado.

–¡Estás loco! ¡Pero qué cosas dices!

–¡Sal del agua, hombre!

Vi que todavía sujetaba el carrete, así que halé fuertemente del hilo. El pescador cayó en el lago. Sus gritos y manoteos me indicaron que no sabía nadar, pero cuando fui a rescatarlo se abalanzó sobre mí y trató de ahogarme. Me sujetó por el cuello con ambas manos y no me permitió sacar la cabeza fuera del agua. Sabía que estaba perdido, así que lo agarré por las muñecas y me dejé hundir con él.

El pescador luchó por zafarse de mí, pero con el esfuerzo solo logró desperdiciar el poco aire que quedaba en su pecho. Lo llevé conmigo hasta el fondo. De espaldas contra el lecho, finalmente me soltó el cuello, para ya era tarde para regresar a la superficie. Mi boca se abrió involuntariamente buscando el aire que nunca encontraría debajo del agua. Sentí que el lago me llenó el cuerpo. Perdí la consciencia.

Al abrir los ojos nuevamente volví a encontrar las nubes ralas de la costa y el sol deslumbrante justo al ápice del cielo. Estaba acostado entre las espumas de las olas que rompen a la orilla de la playa. Clavé los dedos en la arena mojada para incorporarme. Me pareció sentir el hilo, pero no lo he vuelto a encontrar.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio González Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.

Continuidad en el lago, por Antonio Miranda

Fotografía: Zayra Taranto
Fotografía: Zayra Taranto

La mujer salió al balcón con un libro en la mano. Se sentó en la mecedora verde y contempló el pequeño lago antes de comenzar a leer el siguiente cuento:

La criatura la observaba bajo la superficie. Brenda caminaba lentamente alrededor de la orilla en dirección hacia su hogar. Iba embelesada con el panorama del lago. Salía todas las tardes, cuando ya no hacía tanto calor, y daba una vuelta alrededor del pequeño cuerpo de agua. Cruzaba los anturios del jardín de su casa. Luego arrancaba una flor de miramelindos cerca de la orilla, removía su cabellera negra con un pasar de la mano y la pillaba contra su oreja.

Brenda continuaba su caminata hasta llegar al área del puente de madera. Era breve arco se levantaba sobre la salida del lago y le permitía conseguir una mejor perspectiva del lugar. Desde allí veía el follaje de los árboles que se derramaba sobre la superficie del agua. Formaba una especie de túnel entre la orilla y los troncos. También se deleitaba con los colores de todas las flores que brillaban al otro extremo del lago. Un poco más allá surgía el techo agudo del chalet donde vivía. Del cielo solo veía la parte más lata, la más azul y brillante. Brenda admiraba el paisaje de todo aquello junto. Nunca imaginó que bajo la superficie tupida de naufragios de hojarasca una criatura la observaba todos los días.

Se detenía en la parte más elevada del puente y asomaba su cuerpo sobre la balaustrada. Removía la flor de su oreja y desgarraba los pétalos uno a uno, en silencio. Los dejaba caer sobre el agua y no continuaba su caminata hasta que la corriente lentamente se llevaba el último bajo el puente. Mientras tanto, bajo la superficie, unas pequeñas burbujas se escapaban de la boca de la criatura al entreabrir sus fauces. Ni siquiera imaginaba que su aliento terminaría en el mismo lugar inalcanzable que las flores de Brenda.

La criatura no comprendía qué hacía la mujer, pero igual sentía empatía por su triste gesto. Algo de ese cruel deshoje de pétalos le provocaba una melancolía imposible, a pesar de su naturaleza monstruosa. Era en esos momentos que recordaba algunas sensaciones que había creído perdidas desde hacía mucho tiempo. Sentía un escalofrío en la espalda, el cosquilleo en las entrañas, el pulso caliente dentro de su pecho… Eran estas cosas las que provocaban el instinto de la criatura todas las tardes.

Mujer en el lago.Brenda continuaba su caminata rutinaria. Cruzaba el puente de madera y regresaba al camino bajo los árboles. Cuando salía del chalet iba mirando el cielo, los árboles, las flores, el puente de madera… Sin embargo, durante la segunda mitad del tramo, cuando caminaba de regreso a su hogar, solo miraba la orilla. Daba cada paso sin despegar la mirada de la hojarasca putrefacta que se acumulaba alrededor del lago. Las ondas de la superficie del agua se desplazaban como una brisa fugaz a través de un pastizal tierno. Sin embargo, bajo las ramas de los árboles se formaba pequeños remolinos viscosos de sombras que desaparecían sin terminar un ciclo.

Aquél día, cuando estuvo cerca del chalet, Brenda decidió quitarse la ropa y meterse al agua. Se desplazó entre los juncos sujetando su cabellera larga. Sintió pavor cuando la hojarasca pegajosa se le adhirió a los muslos, al vientre, al abdomen, a los senos, pero no se detuvo hasta atravesar la podredumbre de la orilla. Cuando tuvo el agua hasta el cuello entonces soltó su cabello con la certeza de que ya no se le enredarían inmundicias. Era la primera vez que se bañaba en el lago.

Muy cerca y aferrada al lecho la criatura la observaba. Solo tenía que extender un brazo para agarrarla. Estaba tan cerca que, no solo podía ver la silueta de su cuerpo, sino también el tono cremoso de la piel, las curvas gemelas del pecho, el pequeño ombligo brotado, el tupido abismo de la entrepierna, sus dedillos hundidos en el lodo… Si Brenda se alejaba, la criatura se aceraba más; por otro lado, si la mujer se acercaba demasiado, su perseguidor echaba para atrás hasta alcanzar de nuevo una distancia prudente. Medía sus movimientos. Calculaba su belleza nunca antes vista bajo en el agua. Era una novedad irresistible.

Brenda estiró su cuerpo y se zambulló de cabeza. Abajo, la criatura se sobresaltó con el inusitado chapuzón. Sin embargo, ella no lo notó porque nadó en la dirección opuesta. La criatura no la persiguió por miedo a ser descubierto. Observó embargado mientras el cuerpo de la mujer se alejaba. Sin embargo, unos segundos más tarde ella surgió de nuevo en la superficie. En seguida recogió su cabellera y aspiró el aire fresco por la boca hasta recuperar el aliento. Entonces se tumbó de espalda sobre la corriente. Separó las piernas y los brazos, relajó el torso y dejó flotar su cuerpo desnudo.

Al verla de nuevo inmóvil, la criatura recuperó su audacia y reptó muy cerca del lecho hasta quedar justo debajo del cuerpo de la mujer. Un brazo se estiró desde las profundidades. La silueta de la mano abierta parecía sujetar el cuerpo flotante contra la luz del cielo.

Luego un rato, Brenda se sintió satisfecha y decidió regresar a tierra firme. Esta vez no se agarró la cabellera pues la tenía emplastada a lo largo de la espalda. Al salir a la orilla sintió el cuerpo más pesado, cosa que la asustó un poco. Se apuró a recoger la ropa del suelo y la hizo un pequeño bulto que apretó contra su pecho. Se sonrojó al sentir la brisa contra su piel mojada, por lo que se apuró a regresar finalmente al chalet.

El balcón de madera daba hacia el jardín de anturios que bordeaba la orilla del lago. Al llegar allí, Brenda dejó caer el montón de ropa al suelo. Paso seguido se recostó en la silla de playa donde acostumbraba descansar luego de los paseos. Cerró los ojos, relajó su cuerpo y trató de recordar la sensación del agua contra su espalda. Entonces escuchó emerger algo muy cerca.

Inmediatamente cerró el libro y vio la criatura surgir de la superficie del lago. No tenía cejas. Era lampiño y tenía los ojos completamente blancos. Una fina película de agua se desgarraba sobre su pellejo brilloso. No se movió de su sitio. Ni siquiera parpadeó. Apenas entreabrió su boca y asomaron unos dientes filosos y translúcidos.

La mujer se incorporó de un salto, lanzó el libro con todas sus fuerzas y corrió gritando hacia el interior de la casa. La criatura soltó un chillido prolongado tras el golpe y se tambaleó por unos segundos con la mirada perdida, como si buscara algo en el cielo. Entonces cayó de espalda y se hundió nuevamente entre la hojarasca de la superficie. Unas últimas burbujas quedaron atrapadas bajo el manto de la podredumbre.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

 

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.

Post mortem, de Laura Rentas-Giusti

Por Laura Rentas-Giusti

Imagen 1 Intertextuales Serie 4 Fotografía: Zayra Taranto
Imagen 1
Intertextuales Serie 4
Fotografía: Zayra Taranto

Despertó de una larga siesta y, para su alivio, se halló solo en la casa. Descalzo, salió al balcón a desperezarse. De todos los rincones de la casa, prefería aquella esquina donde la vista de la montaña coronada de nubes solía reconstituirlo.  Ya saliendo de su sopor, miró alrededor y descubrió, horrorizado, que donde antes estuvo su hamaca había ahora un sillón nuevo y lustroso. De la hamaca solo quedaban los ganchos oxidados prendidos con tornillos a las columnas de madera. Aunque se había acostumbrado a esperar cualquier clase de acto inexplicable de la mujer con quien compartía su casa, la desaparición de la hamaca le pareció peligrosa afrenta. Su respiración se había vuelto entrecortada y un rubor caliente se apoderaba de su rostro y de sus orejas. Volvió a arrepentirse del día en que le abrió la puerta a aquel nido de rizos de cobre con falda larga y sandalias. Fijó la mirada sobre el piso de madera, recordó las horas que dedicó a instalarlo. Fue a la habitación, sacó algunas piezas de vestir del gavetero y las arregló sobre la cama. Extrajo del botiquín su colonia, su desodorante, su rasuradora y su cepillo de dientes. Con una pasmosa calma, abrió el armario donde guardaba su valija de cuero. No la encontró.

Sobre la autora: 

Laura Rentas

Laura Rentas-Giusti nació en 1977 en San Juan. Estudió periodismo y se encuentra trabajando en su tesis para completar un grado de maestría en Creación Literaria. Comparte su hogar con un hombre bueno, una niña luminosa y dos gatos escurridizos. Escribe.

 

 

 

 

 

Nota. Este escrito es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.