Diario de una isla: Filos y cuchillos [02/10/2016]

Cuchillos

10 de febrero de 2016

Diario de una isla

Filos y cuchillos por Marlyn Centeno

Mi madre le tenía miedo a los cuchillos, tenía miedo a cortarse. La cocina estaba llena de hojas metálicas sin filo anexadas a cabos de madera. Cortar se volvió una proeza de maña y fuerza para obligar a la hoja metálica del cuchillo a atravesar lo que fuera. Empujar con todo el peso, darle golpecitos con el pilón de machacar los ajos, arrancar de cuajo y con las manos todo lo que no se lograra de otra manera.

Crecí para comprar todo troceado, majado y deshuesado casi sin cuestionarlo. No había relacionado esto con la realidad: estaba evitando abrir la gaveta de los cuchillos. Hasta que hace unos días, se rompió un cuchillo en casa de mi madre. Compré uno nuevo para sustituir el que pasó a mejor vida. Y entonces, sucedió. Se abrió una ventana a la memoria. Al ver el cuchillo nuevecito, mi madre santiguándose dijo: “con ese cuchillo filoso cualquiera se corta un dedo” y lo guardó cual objeto censurado en un cajón para el olvido. ¿Qué culpa tiene el cuchillo?

Corte 1
Chiffonade Las tiras de la chiffonade son mucho más finas. Se utiliza para picar hierbas hierbas, verduras de hoja, y otros ingredientes que se deben cortar en tiras muy finas.

La escena me revivió los miedos susurrados al oído de mi infancia. El cuchillo nuevo tiene una hoja lustrosa y un peso balanceado. Lo rescaté y lo puse en uso, ha resultado extremadamente útil. Qué gusto es poder atravesar una cebolla con la presión justa. ¡Fácil!, qué fácil fue la tarea. Quise cortar más y así se fueron los pimientos, uno que otro tomate y algunas papas. [Los dedos y las manos sin un solo rasguño].

¡Cuánto poder hay en tener las herramientas necesarias, no temer y ponerlas en uso!

cut 2
Juliana y bastones (julienne & bâtonnet) Son cortes largos y rectangulares. Las papas a la francesa tradicionales y las papas estilo allumette (fósforo o cerillo). La diferencia del corte es el tamaño final.

Mientras aprendía de cortes en un video de YouTube reflexionaba. Hay tantas otras herramientas que no usamos y que nos han dicho que son filosas y peligrosas; cosas no tan obvias como la hoja de un cuchillo. Tenemos derecho a la libre expresión, el derecho a reunirnos y el derecho a manifestarnos, pero nos han dicho que estas cosas son peligrosas. ¿Cuántas veces han escuchado eso de que es mejor no hablar de política y religión? Tenemos el derecho a expresarnos, pero lo ponemos en el cajón porque nos han susurrado que pensar, evaluar, discutir causará la herida de la división insalvable. Tenemos el derecho a la libre asociación y a manifestarnos, pero qué difícil se nos hace llegar a protestar en contra de la deuda del país, en contra del pago de la deuda y que nos mermen los servicios, a favor de los salarios justos, en fin, por nuestros derechos.

corte 3

Nuestras mentes y nuestra capacidad de acción nos hacen más filosos que un cuchillo y andamos con nuestras capacidades en la gaveta por que hace años nos susurraron que no podíamos, que no sabemos decidir por nosotros mismos o que no obtendremos resultados, que saldremos maltrechos. Pero me pregunto cuánto más fácil serían los cambios necesarios en nuestra sociedad si, cual filosos cuchillos, nos aplicáramos a ejercer todos nuestros derechos.

De atrevernos, seríamos peligrosos, justamente peligrosos para aquellos quienes nos laceran y nos hacen la vida difícil hace tantos años. Imagino lo hermosos, balanceados y filosos que seríamos los ciudadanos sin miedo.

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Ser mujer en transporte público de camino al festival

El viernes comenzó mi agenda para asistir al Festival de la Palabra en Puerto Rico. El festival se lleva a cabo en el Viejo San Juan, sus actividades se esparcen en los espacios de El Paseo La Princesa, el Arsenal de la Puntilla y el Teatro Tapia durante este año. Hay autores internacionales y nacionales participando de diálogos,debates, charlas, presentaciones de libros, carpas de editoriales con distintos ofrecimientos, música y otras tantas cosas libres de costo.

Mi amor a la palabra hace que esta sea una actividad que espero con anticipación. Aparte de que da espacio a reencontrarme con amigos con pasiones comunes y conocer gente nueva.

No les será difícil imaginar lo contenta que estaba de que fuera viernes, finalmente viernes. Después de dejar a mi chico en la escuela y atender unos asuntos temprano, comencé mi esfuerzo para llegar al Viejo San Juan. El sistema de tren de mi país es uno muy mal planificado, el ciudadano de a pie no tiene fácil acceso al mismo si no tiene auto para llegar a la estación.

Así que comencé mis treinta minutos de caminata hasta la estación de San Francisco, el sol estaba de playa y de seguro tengo las mejillas bronceadas.Tomé el tren de allí hasta la estación de Sagrado Corazón donde debo hacer un trasbordo para llegar al Viejo San Juan. La estación de Sagrado Corazón tiene dos salidas y dudo. Pregunto en voz alta cual salida debo usar y un joven de edad universitaria me dice que él va al Viejo San Juan y se ofrece a mostrarme donde tomar la guagua después de salir del área del tren. Le agradezco y le sigo. ¡Qué suerte!

Digo que es una suerte porque hay paradas alrededor de toda la estación y ninguna está identificada. Prácticamente si no tienes a alguien que sepa, tendrás que adivinar o esperar que pase un chofer para preguntarle donde debes esperar la guagua que necesitas en un proceso “trial and error”.

Le pregunto al joven cómo está identificada la guagua que debemos tomar a Viejo San Juan, tarda un poco en contestar y un señor de unos 50 años (que podría ser mi papá)  interviene muy animado. Nos dice cuál y procede a hacer conversación de la nada. Eso es algo muy normal en las paradas de la guagua, cháchara espontánea durante la espera, solicitada o no. El señor se mueve a un lado y me cede asiento en una banca en la que caben como cuatro personas y estaba ocupando mucho espacio. Le agradezco y me siento. El muchacho hace un agradecimiento a mi nombre. “Gracias por dejar que se siente.” Así como si fuera mi jevo, marido o manager. El señor le dice que no es nada.

-¿A donde va con su esposo? -me pregunta el don.
-Vamos a Viejo San Juan -contesta el joven.

-El joven no es mi esposo-intervengo.

-¡Ah bueno! Van de paseo.-continúa el señor.

-No vamos. No andamos juntos.-aclaro finalmente.

El joven me mira sorprendido, su cara muestra real consternación. Se pone unos audífonos y se mueve a otra parada. Estoy un poco confundida con esa actitud. ¿Por qué ese joven está sorprendido de que aclare que no somos pareja?

El señor no ha parado de hablar. Al final me pregunta que hay en San Juan.

-Hay un festival. Un festival de literatura y otras actividades hasta el domingo.

-¡Con lo mucho que me gustan los festivales, qué bien!

Llega la guagua y tomo mi asiento en ella. El señor se sienta en la silla junto a mí. Sigue hablando casi solo, de lo mucho que le gustan los libros, que toma una clase de redacción en la universidad… Le contesto en monosílabos. Realmente apreciaría algo de silencio.

-Bueno, pero primero vamos a almorzar y luego vemos el festival.-Escucho decir al señor.

-¿Cómo dice?

-Ya es casi mediodía, almorzamos primero y luego nos vamos a ver el festival.

Mi cara de sorpresa…

-No te preocupes que te estoy invitando, yo conozco un sitio bueno allí.

-No, gracias. Le digo.

-Pues entonces nos vamos directo, pero te digo que el sitio es bueno.

¡No me puedo creer a este hombre!

-Usted puede ir al festival si gusta. El festival es gratuito y abierto al público, pero no conmigo.

-Pero, ¿una mujer sola por ahí? Deja que te acompañe. ¿Tienes esposo?

-No se preocupe por mí, que ya tengo planes hechos. Váyase a almorzar tranquilo.

El silencio cae sobre el señor por primera vez en todo el camino. En las guaguas públicas no hay manera de tener una conversación así sin que la escuche el área de pasajeros inmediata. El señor se ve visiblemente ofendido, presiona el aviso de parada. Me desea buenas tardes, para mi alivio se baja en la siguiente parada. La señora del asiento de al frente se voltea y me dice “mija hay hombres así, no se les puede dar mucha conversación”.

Las mujeres deberíamos poder viajar solas y tranquilas.  Esa señora ha dicho en entre línea que, quizás, yo he provocado la actitud de este señor ¡por hablarle! El señor seguro pensó que sola es igual, en su cabeza, a mujer disponible para él. El joven quizás pensó algo similar.

Vivo en un país que pide a gritos la educación con perspectiva de género a todos los niveles.

Foto tomada de la Web
Foto tomada de la Web

La guagua llega a la parada del Viejo San Juan, mi destino. Bajo de la guagua y hay una línea de hombres taxistas que debo cruzar para pasar. Uno de ellos se coloca en la acera interviniendo mi paso. “Buenos díasssss” dice arrastrando la s. “Permiso” digo…sin poderme creer que este día no avanza.

Mis pies siguen los adoquines hasta el Paseo La Princesa,en la primera mesa que me encuentro me entregan el programa del Festival.  Miro un debate que hay a las 3:00 pm. El título del debate dice: “La libertad tiene cuerpo de mujer: Literatura  y miradas políticas sobre el cuerpo femenino.” Estoy de acuerdo, hay mucho por debatir y mucho, pero mucho por hacer…

[Anotaciones de festival. Viernes. La experiencia pa’ llegar.]

Gracias por pasar a leer,

Marlyn Centeno

La bicicleta azul, de Amárilis Pagán Jiménez

 Por Amárilis Pagán Jiménez

bicleta azul

El fantasma de mi papá me persigue en una bicicleta azul.  No sé por qué.  Nunca lo vi corriendo bicicleta.  ¿Serán hipsters al lado de allá?

Lo veo en los sitios más inesperados.  A veces escucho el rechinar de la cadena mohosa de la bicicleta antes de verle a él pedaleando con dificultad.  Tenía más de 90 años al morir.  Ese rechinar me pone los pelos de punta.  Nadie más le escucha.  Nadie más le ve.  Solamente yo.

La primera vez que lo vi, no podía creerlo.  Hacía un calor tremendo y yo caminaba por una acera desnivelada y agrietada haciendo balance con mis zapatos de tacón alto.  Iba de camino a un pequeño bar cerca de mi trabajo y de repente, aparece este señor por el medio de la acera en esa destartalada bicicleta azul.  Me detuve molesta y preguntándome en voz alta cómo era que este señor se metía por la acera teniendo una calle para transitar.

Mis amigas me miraron extrañadas y me preguntaron que de qué señor les hablaba.  De ese señor, les dije.  Y entonces lo miré bien y me encontré con la mirada sonriente de mi papá.  La misma que usaba con la gente del barrio antes de entrar a nuestra casa a gritar y pelear.  Tropecé por la impresión.  Ellas se quedaron calladas y, luego de una pausa, una de ellas se atrevió a preguntarme si era una broma.  No había nadie allí, dijeron. Mi papá me hizo una guiñada y yo sentí cómo se me erizaba toda la piel.  Se me pegó un frío húmedo, vinieron las náuseas y hasta me desmayé.  Allí.  En una acera sucia por la que sabe dios quién pasaba y hasta escupía.  Mientras me hundía en el desmayo alcancé a preguntarme si alguien me aguantaría.  No les dio tiempo.  Caí al piso cuan larga soy… bueno, o corta.

A partir de ese día, no tuve paz.  Lo extraño es que Papi nunca intentó hablarme.  Me sonreía.  Me guiñaba un ojo.  A veces hasta se quitaba el sombrero en señal de saludo.  Llegué al punto en que se me hacía difícil entrar y salir de los sitios.  Salía del trabajo y lo veía.  Iba de fiesta al Viejo San Juan y allí, en una esquina, me esperaba.  A veces miraba de arriba a abajo a mis compañeras y compañeros de juerga. Cuando salía del cine, me velaba a la sombra nocturna de los árboles mustios que intentan adornar el estacionamiento del centro comercial.  Los cafés en la plaza ya no eran lo mismo para mí.  Hasta se detenía a ver los juegos de dominó de otros viejitos de la ciudad.  Hubo días en que pensé que todo viejo o vieja de la calle era también un fantasma que perseguía a alguien.

Con cada avistamiento mi miedo y mi ira crecían.  Cualquiera que viera a ese viejo sonriente pensaría que era de lo más adorable.  Esas cosas las hace la vejez.  Suaviza la violencia concentrada que alguna gente carga en sus años más tempranos.  El hombre imponente que nos golpeaba, vigilaba, gritaba y dominaba tenía que luchar bastante para abrirse paso en el cuerpo deteriorado de mi papá.  Aun así, su prepotencia nos hacía visitas frecuentes.  Había que cuidarlo a él y a la retahíla de animales que se empeñaba en tener en la casa.  Repetía, repetía y repetía sus insultos y acusaciones.  Sólo que con una boca desdentada y miles de arrugas alrededor de sus ojos.  Con las visitas, con las visitas, era otra cosa.  Sacaba su mejor sonrisa y hasta rezaba mansamente con sus hermanitos de la iglesia.  El día que amaneció muerto, mi madre lloró como una loca.  No sé si por dolor o alegría.  Espero que haya sido por lo segundo.  La noche antes, el viejo había estado especialmente insultante.  Por primera vez me pasó por la cabeza la idea de ahogarlo con una almohada para que se callara.  Ahogarlo mientras le decía unas cuantas verdades sobre lo repulsivo y perverso que en realidad era y sobre el infierno que debía estar esperándolo al otro lado.

Cuando mi papá decidió comenzar sus visitas por el mundo de los vivos, en mi vida ocurrían otras cosas que me hacían suponer que ya había superado su paso por ella.  No sé cómo me encontró porque acababa de mudarme a una nueva ciudad.  Atrás había dejado la casa familiar en la cual crecí y a la cual me sentía atada por su enfermedad.  No quería saber de casas grandes o llenas de cosas.  Buscaba un lugar simple en el cual no tuviera que pensar en más cosa que el mero trabajo y la diversión.  Ni siquiera quería mascotas de las cuales tener que encargarme.  Eché a volar sus pájaros enjaulados.  Regalé perras.  Busqué hogar para una gata.  Dejé a mi madre instalada en una cómoda soledad.  Es cierto que aún arrastraba algunas ideas vagas que me torturaban en cuanto a lo que debe ser el orden de las cosas, pero estaba haciendo mi mejor esfuerzo.  Hacía más de un año que Papi había muerto y con él se habían ido unas cuantas pesadillas cristianas de unidad familiar.  Ya no sería necesario quedarme en aquel pueblo pequeño ni sonreír a la gente de su iglesia.  Por años fue una tarea difícil ir a los servicios religiosos y hacerlo quedar bien a pesar de las tundas que todavía de adulta me daba.

El día que murió yo supe que ahora él sólo sería gusanos y polvo.  Nada de ser un ángel que toca arpa y cuida a la gente que se queda viva.  No lo hizo en vida.  No imagino por qué querría hacerlo una vez muerto.  Además, no hay cielo al cual volar y no hay espíritu que vuele.  Si existe algo será su infierno.  Pero él, con su terquedad, decidió demostrarme lo contrario.  Es la única razón por la cual puede estar pasándome algo así.  Por eso siempre anda tan sonriente y confiado.  Por eso su fantasma se especializa en aparecerse justo cuando estoy en medio de una buena pachanga o comienzo a moverle las pestañas a una buena y potencial amante.  Sí.  También era homofóbico mi papá.  No sé qué es peor: bregar con un viejo inválido y quejoso que se esforzaba para alcanzarme la cara con un buen pescozón o bregar con un fantasma con capacidad de omnipresencia.

No le he contado a más nadie sobre este fantasma.  Creerán que estoy loca.  Me tranquiliza un poco la idea de que parece estar atado a su bicicleta azul y que nunca me lo encuentro en espacios cerrados.  Eso me facilita un poco la cosa.  Basta con entrar y salir velozmente de los sitios.  Si escucho el rechinar de la bicicleta, acelero el paso.  Si veo el celaje azul de la bici, busco en qué entretener la mirada.  Así evito el contacto visual.

Esta mañana, sin embargo, algo pasó.  Salí muy temprano para visitar una amiga.  Sabía que Papi no la aprobaría, así que me deslizaba por una de las paredes laterales de mi edificio de camino a mi auto y miraba a lado y lado para ver si estaba por ahí.  El asunto es que al llegar a la esquina del edificio, y de sopetón, me encontré frente a frente con él. Papi trató de hablarme.  Cuando abrió la boca corrí despavorida escaleras arriba.  ¿Qué tendría que decirme?  No quiero saber.  Tal vez viene a recriminarme algo.  ¡A estas alturas!  Pero si soy una adulta.  Bastante vieja además.  Lo dejé con la palabra en la boca.

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Cuando llegué al apartamento gateé hasta la ventana, me asomé y allí estaba.  Sentado en un banco cogiendo fresco. Esta vez miró directamente a mi ventana y se sonrió malévolamente.  Me dijo adiós con la mano y se montó en su bicicleta azul.  ¡Se fue!  ¡Por fin se fue!  ¿Se iría para siempre?  Comencé a llorar de felicidad.  Era libre.  Luego, cuando pude tranquilizarme, fui a mirarme al espejo para tratar de arreglarme un poco.  Tal vez estaba a tiempo de ver a mi amiga.  Iba de lo más sonreída hacia el espejo… hasta que me miré en él y lo reconocí.  Allí estaba yo, con su misma expresión.  Al fondo de mi habitación también estaba mi bicicleta azul.

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Sobre Amárilis Pagán Jiménez:

Amárilis Pagán Jiménez
Amárilis Pagán Jiménez

En 140 caracteres: “Soy mujer y bisexual, abogada, activista, escritora, pintora, mamá, compañera (¡amante!), hija, hermana, bruja y rebelde. Soy mil cosas, pero en esencia: HUMANA”.

Más: Cofundadora de Proyecto Matria, integrante de Comité Amplio para la Búsqueda de Equidad (CABE) y de otras iniciativas de derechos humanos.  Columnista de la Revista Digital Cruce y de 80 Grados, así como de El Nuevo Día.  Últimamente está trabajando en una agenda de destrucción social que publicará en su blog de Brujas y Rebeldes.

Blogs: Diosas en Fuga y Brujas y Rebeldes

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.

Carta a una amante vampira, de Amárilis Pagán Jiménez

 Por Amárilis Pagán Jiménez

“I close my eyes

Only for a moment and the moment’s gone

All my dreams

Pass before my eyes with curiosity

 

Dust in the wind

All they are is dust in the wind…”

KANSAS – DUST IN THE WIND

Imagen 1 Intertextuales Serie 4 Fotografía: Zayra Taranto
Imagen 1
Intertextuales Serie 4
Fotografía: Zayra Taranto

Te escribo esta carta sentada a la orilla del mundo y meciéndome suavemente entre suspiro y suspiro. Estoy bañándome de sol.  Cierro los ojos y las hojas de los árboles se escuchan como un mar.  Un mar verde y dorado que se balancea con la respiración del bosque.  Respiro yo también.  Aguzo mis oídos y escucho cómo mi sangre late en una carrera desbocada por mi cuerpo.

Llevo días y días en silencio.  Pero hoy te escribo.  Solté el bolígrafo un momento para estirar mis brazos y mirar mis manos.  Llevo las uñas azules.  Mi hermana bromeó cuando me vio pintándomelas: “¿Uñas de verano?”  “Uñas de muerta que camina”, pensé yo.  Pero sé que no estoy muerta.  Recuperé el calor de mi piel y puedo sentir cada parte de mi cuerpo agradeciendo el sol.  Siento la brisa que mueve el polvo de algún camino en la lejanía…

Esta mañana me atreví a mirarme en el espejo.  El espejo ése del que te hablé y que lleva años en mi familia.  Su marco está teñido de rojo y dorado.  Un rojo sospechoso, ahora que lo pienso.  Demasiado parecido a la sangre.  Demasiado intenso.  Con la extraña cualidad de cambiar su tono según quién se mira en él.

Por eso te escribo.  Me vi y me reconocí. Y cuando me reconocí, recordé lo que es pasar de largo frente a hileras de espejos incapaces de reflejarme.  Recordé cómo me obligaba a pasar frente a ellos en los extraños bares que frecuentaba contigo y me estremecí.  El rojo del espejo se hizo casi negro.  Me mordí los labios hasta hacerlos sangrar porque quería ver mi sangre casi negra.  Quería saber que la tenía.  También la quería saborear.

Mi hermana mayor es paciente.  La segunda, no tanto.  Aun así, ambas me alimentan, me bañan y me peinan todos los días desde que llegué acá.  Una de ellas, tararea canciones que sabe que me gustan.  Dejaron de hacerme preguntas casi desde el primer día que me trajeron.  No fui muy cooperadora.  Quería morderlas.  No por hambre.  Por rabia.  Porque me separaron de ti.  Porque sabía que, para colmo, muy probablemente tenían razón en todo lo que decían.

¿Recuerdas cómo me gustaba “Dust in the Wind”?  ¡Cómo amaba hacer el amor contigo escuchando el violín nostálgico de esa canción!  Imaginar el paso del tiempo, y sentir que era imposible convertirnos en polvo efímero porque éramos eternas!  Las noches eran largas, pero los días a la sombra de la vida lo eran más…  Días tan largos que hicieron venir del otro lado del mundo a mis hermanas para ver qué era de mí en medio de un silencio ciego y espeso que me ocultaba a su vista.

Yo me reí como una loca la primera vez que las escuché decir que eres una vampira.  Les pregunté si ese era su último recurso para traerme a casa.  Si me creían tan idiota como para tratar de venderme una historia imposible.  ¡Vampira!

Pero a pesar de mi risa, algo de mi fe en ti se resquebrajó.  Como cuando ya una copa está rota y la grieta que comenzó como una fina línea que podemos pasar por alto de momento se transforma en la grieta que amenaza con partir todo a la mitad y derramar el vino.  Por esa grieta se colaron los recuerdos de tus deslealtades.  Las pequeñas y las grandes.  Las que una insiste en no mirar.  Recordé las cartas que enviabas a tu amante y que firmabas como “Vampira Fugitiva”.  Así las firmabas, claro que sí.  Sólo que la firma no me había importado.  El helado con Baileys y las narraciones de encuentros furtivos en días lluviosos me impactaron más que esa firma ridícula y oscuramente kitsch.

Yo debí reconocerte y reconocerme desde el principio.  Tu insistencia en la oscuridad, tus desapariciones diurnas, tu hambre insaciable de todo lo que representara vida y vuelos de libélulas apalabradas…

No me asustaba saber que el mundo entero volaba a una velocidad vertiginosa fuera de nuestra ventana.  La luz te daba dolor de cabeza. I'm Fine. Te asustaba la gente que me rodeaba.  Eran demonios, decías. Pasabas de la fragilidad que rayaba en la inutilidad a la violencia de quien se impone a como dé lugar. Llegué a creer que sin mí perecerías, que ambas pereceríamos y, de momento, todo en mi mundo eras tú.  Todo fue noche.  Todo fue canción… “Dust in the wind… all we are is dust in the wind…”, un violín que se repetía, el hambre insaciable, el cansancio de la vida de afuera, la mente confusa, el deambular en multitudes como si no estuviera en mi cuerpo, evadir los espejos, evadir el sol, huir de mis hermanas, poner el teléfono en silencio, dejar de comer, dejar de reír, sentir una amargura culpable por querer abandonarte, sentir una ternura infinita al abrazarte, querer protegerte, tenerte miedo, pedirte que no me dejaras cada vez que amenazabas con irte como un aleteo de mariposa nocturna, jadear que te amaba cuando me devorabas, querer devorarte, querer rasgarme en dos para huir de ti y a la vez querer fundirme en ti, querer poseerte, torturarme con dudas, torturarte con dudas, el olor a mirra, tu lengua lamiendo mis muñecas sangrientas, la somnolencia, la fiebre, las pesadillas contigo sentada a la cabecera de la cama de manera imposible mientras me mirabas dormir.  ¡Estaba muriendo!  Estaba muriendo y tú lo sabías.  No te importaba, ¿verdad?

Mis hermanas creyeron que me estaba automutilando.  Que me estaba volviendo loca.  Hasta que te conocieron.  Te estuvieron observando un tiempo.  Ya no eras tan encantadora cuando te miraron de cerca.  Reconocieron tu rostro porque es el rostro del hambre de energía que no se sacia.  Ya te habían conocido ellas mismas.  Todas te conocían menos yo.  Me visitaban en tus ausencias.  No sé cómo logré guardar sus consejos en el fondo de mi mente.  Ni siquiera quería creerles.  Sólo sé que yo era tu prisionera y que era incapaz de abandonarte.  Hasta que poco a poco se fue formando en mi mente la idea, la convicción, de que serías tú quien me abandonaría.  Esa era mi puerta de escape.  Mis hermanas lo sabían.  Y estaban esperando el momento.  Mientras, yo comencé a desaparecer.  Aunque me mirara en los espejos no me veía.  Esperaba, esperaba y rezaba para que estuviera equivocada, para que mis hermanas estuvieran equivocadas, para no tener que escuchar tus palabras de adiós.

espejoLos días se fueron haciendo más cortos y las noches más largas.  Ya apenas tenía con qué alimentarte.  Tú me recriminabas.  La culpa fue mía.  Y dijiste que te ibas.  No te detuve.  Todo fue oscuridad por días y días.  Cuando mis hermanas llegaron a buscarme, grité, pateé, escupí como una loca.  Mi hermana mayor me dejó gritar y retorcerme hasta dormirme tirada por el piso.  Me bañó, me vistió, me peinó y me alimentó mientras me cantaba canciones de Los Beatles.  Esas también nos gustaban.  Bueno, no sé si te gustaban de verdad porque en esas cosas como en otras, parecías ser mi espejo y borrar tus propios gustos.  Encendió velas y esperó al solsticio de verano.

Y ya.  Hoy pude mirarme en el espejo.  Escucho mi corazón latiendo, miro el sol esparcir sombras y luces sobre mi piel mientras me baña y te escribo esta carta que será polvo al viento porque nunca te la enviaré.

Sobre Amárilis Pagán Jiménez:

Amárilis Pagán Jiménez
Amárilis Pagán Jiménez
En 140 caracteres: Soy mujer y lesbiana, abogada, activista, escritora, pintora, mamá, compañera (¡amante!), hija, hermana, bruja y rebelde. Soy mil cosas, pero en esencia: HUMANA.  Si le sumo algo le sumo lo siguiente: Autora de columnas de opinión que recientemente han sido publicadas en una selección que abarca algunas los años 2006 al 2011 bajo el título: Brujas y Rebeldes.
Es cofundadora de Proyecto Matria.

Blog: Brujas y Rebeldes

 

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Primera semana.

Continuidad en el lago, por Antonio Miranda

Fotografía: Zayra Taranto
Fotografía: Zayra Taranto

La mujer salió al balcón con un libro en la mano. Se sentó en la mecedora verde y contempló el pequeño lago antes de comenzar a leer el siguiente cuento:

La criatura la observaba bajo la superficie. Brenda caminaba lentamente alrededor de la orilla en dirección hacia su hogar. Iba embelesada con el panorama del lago. Salía todas las tardes, cuando ya no hacía tanto calor, y daba una vuelta alrededor del pequeño cuerpo de agua. Cruzaba los anturios del jardín de su casa. Luego arrancaba una flor de miramelindos cerca de la orilla, removía su cabellera negra con un pasar de la mano y la pillaba contra su oreja.

Brenda continuaba su caminata hasta llegar al área del puente de madera. Era breve arco se levantaba sobre la salida del lago y le permitía conseguir una mejor perspectiva del lugar. Desde allí veía el follaje de los árboles que se derramaba sobre la superficie del agua. Formaba una especie de túnel entre la orilla y los troncos. También se deleitaba con los colores de todas las flores que brillaban al otro extremo del lago. Un poco más allá surgía el techo agudo del chalet donde vivía. Del cielo solo veía la parte más lata, la más azul y brillante. Brenda admiraba el paisaje de todo aquello junto. Nunca imaginó que bajo la superficie tupida de naufragios de hojarasca una criatura la observaba todos los días.

Se detenía en la parte más elevada del puente y asomaba su cuerpo sobre la balaustrada. Removía la flor de su oreja y desgarraba los pétalos uno a uno, en silencio. Los dejaba caer sobre el agua y no continuaba su caminata hasta que la corriente lentamente se llevaba el último bajo el puente. Mientras tanto, bajo la superficie, unas pequeñas burbujas se escapaban de la boca de la criatura al entreabrir sus fauces. Ni siquiera imaginaba que su aliento terminaría en el mismo lugar inalcanzable que las flores de Brenda.

La criatura no comprendía qué hacía la mujer, pero igual sentía empatía por su triste gesto. Algo de ese cruel deshoje de pétalos le provocaba una melancolía imposible, a pesar de su naturaleza monstruosa. Era en esos momentos que recordaba algunas sensaciones que había creído perdidas desde hacía mucho tiempo. Sentía un escalofrío en la espalda, el cosquilleo en las entrañas, el pulso caliente dentro de su pecho… Eran estas cosas las que provocaban el instinto de la criatura todas las tardes.

Mujer en el lago.Brenda continuaba su caminata rutinaria. Cruzaba el puente de madera y regresaba al camino bajo los árboles. Cuando salía del chalet iba mirando el cielo, los árboles, las flores, el puente de madera… Sin embargo, durante la segunda mitad del tramo, cuando caminaba de regreso a su hogar, solo miraba la orilla. Daba cada paso sin despegar la mirada de la hojarasca putrefacta que se acumulaba alrededor del lago. Las ondas de la superficie del agua se desplazaban como una brisa fugaz a través de un pastizal tierno. Sin embargo, bajo las ramas de los árboles se formaba pequeños remolinos viscosos de sombras que desaparecían sin terminar un ciclo.

Aquél día, cuando estuvo cerca del chalet, Brenda decidió quitarse la ropa y meterse al agua. Se desplazó entre los juncos sujetando su cabellera larga. Sintió pavor cuando la hojarasca pegajosa se le adhirió a los muslos, al vientre, al abdomen, a los senos, pero no se detuvo hasta atravesar la podredumbre de la orilla. Cuando tuvo el agua hasta el cuello entonces soltó su cabello con la certeza de que ya no se le enredarían inmundicias. Era la primera vez que se bañaba en el lago.

Muy cerca y aferrada al lecho la criatura la observaba. Solo tenía que extender un brazo para agarrarla. Estaba tan cerca que, no solo podía ver la silueta de su cuerpo, sino también el tono cremoso de la piel, las curvas gemelas del pecho, el pequeño ombligo brotado, el tupido abismo de la entrepierna, sus dedillos hundidos en el lodo… Si Brenda se alejaba, la criatura se aceraba más; por otro lado, si la mujer se acercaba demasiado, su perseguidor echaba para atrás hasta alcanzar de nuevo una distancia prudente. Medía sus movimientos. Calculaba su belleza nunca antes vista bajo en el agua. Era una novedad irresistible.

Brenda estiró su cuerpo y se zambulló de cabeza. Abajo, la criatura se sobresaltó con el inusitado chapuzón. Sin embargo, ella no lo notó porque nadó en la dirección opuesta. La criatura no la persiguió por miedo a ser descubierto. Observó embargado mientras el cuerpo de la mujer se alejaba. Sin embargo, unos segundos más tarde ella surgió de nuevo en la superficie. En seguida recogió su cabellera y aspiró el aire fresco por la boca hasta recuperar el aliento. Entonces se tumbó de espalda sobre la corriente. Separó las piernas y los brazos, relajó el torso y dejó flotar su cuerpo desnudo.

Al verla de nuevo inmóvil, la criatura recuperó su audacia y reptó muy cerca del lecho hasta quedar justo debajo del cuerpo de la mujer. Un brazo se estiró desde las profundidades. La silueta de la mano abierta parecía sujetar el cuerpo flotante contra la luz del cielo.

Luego un rato, Brenda se sintió satisfecha y decidió regresar a tierra firme. Esta vez no se agarró la cabellera pues la tenía emplastada a lo largo de la espalda. Al salir a la orilla sintió el cuerpo más pesado, cosa que la asustó un poco. Se apuró a recoger la ropa del suelo y la hizo un pequeño bulto que apretó contra su pecho. Se sonrojó al sentir la brisa contra su piel mojada, por lo que se apuró a regresar finalmente al chalet.

El balcón de madera daba hacia el jardín de anturios que bordeaba la orilla del lago. Al llegar allí, Brenda dejó caer el montón de ropa al suelo. Paso seguido se recostó en la silla de playa donde acostumbraba descansar luego de los paseos. Cerró los ojos, relajó su cuerpo y trató de recordar la sensación del agua contra su espalda. Entonces escuchó emerger algo muy cerca.

Inmediatamente cerró el libro y vio la criatura surgir de la superficie del lago. No tenía cejas. Era lampiño y tenía los ojos completamente blancos. Una fina película de agua se desgarraba sobre su pellejo brilloso. No se movió de su sitio. Ni siquiera parpadeó. Apenas entreabrió su boca y asomaron unos dientes filosos y translúcidos.

La mujer se incorporó de un salto, lanzó el libro con todas sus fuerzas y corrió gritando hacia el interior de la casa. La criatura soltó un chillido prolongado tras el golpe y se tambaleó por unos segundos con la mirada perdida, como si buscara algo en el cielo. Entonces cayó de espalda y se hundió nuevamente entre la hojarasca de la superficie. Unas últimas burbujas quedaron atrapadas bajo el manto de la podredumbre.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

 

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.

Post mortem, de Laura Rentas-Giusti

Por Laura Rentas-Giusti

Imagen 1 Intertextuales Serie 4 Fotografía: Zayra Taranto
Imagen 1
Intertextuales Serie 4
Fotografía: Zayra Taranto

Despertó de una larga siesta y, para su alivio, se halló solo en la casa. Descalzo, salió al balcón a desperezarse. De todos los rincones de la casa, prefería aquella esquina donde la vista de la montaña coronada de nubes solía reconstituirlo.  Ya saliendo de su sopor, miró alrededor y descubrió, horrorizado, que donde antes estuvo su hamaca había ahora un sillón nuevo y lustroso. De la hamaca solo quedaban los ganchos oxidados prendidos con tornillos a las columnas de madera. Aunque se había acostumbrado a esperar cualquier clase de acto inexplicable de la mujer con quien compartía su casa, la desaparición de la hamaca le pareció peligrosa afrenta. Su respiración se había vuelto entrecortada y un rubor caliente se apoderaba de su rostro y de sus orejas. Volvió a arrepentirse del día en que le abrió la puerta a aquel nido de rizos de cobre con falda larga y sandalias. Fijó la mirada sobre el piso de madera, recordó las horas que dedicó a instalarlo. Fue a la habitación, sacó algunas piezas de vestir del gavetero y las arregló sobre la cama. Extrajo del botiquín su colonia, su desodorante, su rasuradora y su cepillo de dientes. Con una pasmosa calma, abrió el armario donde guardaba su valija de cuero. No la encontró.

Sobre la autora: 

Laura Rentas

Laura Rentas-Giusti nació en 1977 en San Juan. Estudió periodismo y se encuentra trabajando en su tesis para completar un grado de maestría en Creación Literaria. Comparte su hogar con un hombre bueno, una niña luminosa y dos gatos escurridizos. Escribe.

 

 

 

 

 

Nota. Este escrito es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.

Giselle E. Mena para el tema: La partícula de dios o Higgs boson (Intertextuales por invitación)

Microrrelatos sobre “La Partícula de Dios”

Por: Giselle E. Mena
I
Dios vino a la tierra, para explorar él mismo, el caos. Los zombies sin distinción, no desperdiciaron el olor de una carne gloriosa. El zombie que parecía tener un diente de oro, llevaba entre la coja mandíbula, la última partícula de dios.
II
 
Con el hallazgo de la “partícula de dios”, iniciaron la creación de un planeta nuevo, dentro de una probeta. Pasados los días, transfirieron la partícula a una piscina, incluyendo todos los elementos atómicos para su formación.  La partícula creció tanto, que se tragó en un estornudo al planeta Tierra.
 
III
 
Durante el maratón por el amor de Venus, un limpiabotas lustraba sandalias con la oferta de “dos dioses x el precio de uno”. En la carrera final, nadie esperaba que el limpiabotas corriera y ganara.  Al premiarlo, Venus le lamió las manos y descubrió las miles de partículas de otros dioses, guardadas en su piel.

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Sobre la autora:

Mujer pájaro. Trotamundos del interior. Duerme poco, ama mucho. Tiene una gata viajera y una mochila lista a la mano. Es vegetariana fallida pero perseverante. Se desenvuelve como Comunicadora Social, Escritora y en Proyectos Altruistas. Ha publicado varios escritos en la Revista Juaveler, de México, en el Diario Noticias en Perú y La Voz Hispana de Nueva York.

Lea más sobre la escritora en: Giselle E. Mena, Creatividad Internacional

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En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”. Consiste en un tema semanal escogido por un escritor invitado distinto durante un periodo de diez semanas. A partir del tema semanal, se compartirán textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta.

********************************************* No te quedes sin leer las entradas para los nueve temas previos de esta serie: Intertextuales por invitación.

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Gracias por pasar a leer,

Marlyn Cruz-Centeno

Intertextuales por invitación- Tema #10

Invitada Intertextual: Giselle E. Mena

Temática del 8 al 14 de octubre de 2012:

La partícula de dios o el Higgs Boson

Sobre la invitada:

Mujer pájaro. Trotamundos del interior. Duerme poco, ama mucho. Tiene una gata viajera y una mochila lista a la mano. Es vegetariana fallida pero perseverante. Se desenvuelve como Comunicadora Social, Escritora y en Proyectos Altruistas. Ha publicado varios escritos en la Revista Juaveler, de México, en el Diario Noticias en Perú y La Voz Hispana de Nueva York.

Lea más sobre la escritora en: Giselle E. Mena, Creatividad Internacional

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En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”. Consiste en un tema semanal escogido por un escritor invitado distinto durante un periodo de diez semanas. A partir del tema semanal, se compartirán textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta.

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Marlyn Cruz-Centeno

Giselle E. Mena para el tema: Desde el día que te fuiste (Intertextuales por invitación)

Instrucciones para leer: (1) Lea el poema en su totalidad (2) Re-lea sólo las palabras marcadas en rojo.

Desde el día que te fuiste

Desde el día que te fuiste,

un eclipse roba la sombra de los objetos

y los tiñe de horas sonámbulas,

sin ganas de dormir o despertar.

La ventana de tu lado de la cama

se amamanta de un cielo inverso.

La noción la arropa el limbo.

Desde ese día,

enjaule las mariposas

para no sentir una muerte tan sola.

Morirme con ellas,

es morir con tu amor.

Vagueo en caminos camaleónicos

angulados  a tus coordenadas.

Guiada por la retina nublada,

naufrago en calores impostores de ti.

Un aire enlodado recubre mi pulmón.

Sobre este cuerpo cascarón

brota el moho-poema,

donde una compota de insectos

nutre la coraza emergente.

Zoomorfa sintomática,

me crece una cabeza arponea tiburón,

para  traspasar hasta el desangre

el reflejo que mendiga

de aquel día en que se fue contigo

la mujer alegre que me habitaba.

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Sobre el autor:

Mujer pájaro. Trotamundos del interior. Duerme poco, ama mucho. Tiene una gata viajera y una mochila lista a la mano. Es vegetariana fallida pero perseverante. Se desenvuelve como Comunicadora Social, Escritora y en Proyectos Altruistas. Ha publicado varios escritos en la Revista Juaveler, de México, en el Diario Noticias en Perú y La Voz Hispana de Nueva York.

Lea más sobre la escritora en: Giselle E. Mena, Creatividad Internacional

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********************************************* No te quedes sin leer las entradas previas para el tema Obsesión, Cosas encontradas en los bolsillos, Evocar desde el gusto, (Re) escribir el cuerpo y La Changuería todas disponibles en el área de archivo en los meses de agosto- septiembre.

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Gracias por pasar a leer,

Marlyn Cruz-Centeno

Marlyn Cruz-Centeno para el tema: (Re) escribir el cuerpo (Intertextuales por invitación)

“dios  es un vacío que tuvo que tener vagina”*

Yolanda Arroyo Pizarro

tengo miedo de que se me descosan los labios

perder los ocho puntos que reconstruyen mi sonrisa guardada

miedo de no volver a conocerte luego de parirme 

luego de  llover los pechos esta canción de cuna

tengo miedo a deshilarme

miro mi cuerpo  desde  la sutura del espejo de tu hambre

te amarran mis piernas con una fe temblorosa  

siento las paredes que se tumban alrededor de tus pulgadas

un océano grande  moja en la orilla

me olvido de la  cuna y de los pechos que gotean

olvido los ochos puntos de sutura

me  olvido de mis  miedos…

*Gracias a Mairym Cruz Bernal por darme a conocer la cita que utilizo de epígrafe.

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Si desean leer más de la autora quédese y rebusque en este blog, están en mi casa.

Marlyn Cruz-Centeno es poeta y narradora puertorriqueña. Administra el blog de escritura creativa Marlyn Cé (www.marlynce.wordpress.com). Sus escritos son reflejos de las experiencias que se adquieren al vivir y sobrevivir en una isla del Caribe.  Ha colaborado con sus escritos creativos en publicaciones como: el semanario Claridad, la Antología de poetas y escritoras puertorriqueñas Cachaperismos 2010  compilado por Yolanda Arroyo Pizarro y en otros espacios virtuales. Colaboró como editora de la revista cultural Corpóreo. Ha cursado  talleres de escritura  creativa con la escritora Yolanda Arroyo Pizarro y  la poeta Mairym Cruz Bernal. Prepara su primer poemario con fecha  de publicación en octubre 2013.

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En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”. Consiste en un tema semanal escogido por un escritor invitado distinto durante un periodo de diez semanas.  A partir del tema semanal, se compartirán textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta.

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 No te quedes sin leer  las entradas previas para el tema Cosas encontradas en el bolsillo,  Obsesión y Evocar desde el gusto todas disponibles en el área de archivo en el mes de agosto.

Gracias por pasar a leer,

Marlyn Cruz-Centeno