Continuidad en el lago, por Antonio Miranda

Fotografía: Zayra Taranto
Fotografía: Zayra Taranto

La mujer salió al balcón con un libro en la mano. Se sentó en la mecedora verde y contempló el pequeño lago antes de comenzar a leer el siguiente cuento:

La criatura la observaba bajo la superficie. Brenda caminaba lentamente alrededor de la orilla en dirección hacia su hogar. Iba embelesada con el panorama del lago. Salía todas las tardes, cuando ya no hacía tanto calor, y daba una vuelta alrededor del pequeño cuerpo de agua. Cruzaba los anturios del jardín de su casa. Luego arrancaba una flor de miramelindos cerca de la orilla, removía su cabellera negra con un pasar de la mano y la pillaba contra su oreja.

Brenda continuaba su caminata hasta llegar al área del puente de madera. Era breve arco se levantaba sobre la salida del lago y le permitía conseguir una mejor perspectiva del lugar. Desde allí veía el follaje de los árboles que se derramaba sobre la superficie del agua. Formaba una especie de túnel entre la orilla y los troncos. También se deleitaba con los colores de todas las flores que brillaban al otro extremo del lago. Un poco más allá surgía el techo agudo del chalet donde vivía. Del cielo solo veía la parte más lata, la más azul y brillante. Brenda admiraba el paisaje de todo aquello junto. Nunca imaginó que bajo la superficie tupida de naufragios de hojarasca una criatura la observaba todos los días.

Se detenía en la parte más elevada del puente y asomaba su cuerpo sobre la balaustrada. Removía la flor de su oreja y desgarraba los pétalos uno a uno, en silencio. Los dejaba caer sobre el agua y no continuaba su caminata hasta que la corriente lentamente se llevaba el último bajo el puente. Mientras tanto, bajo la superficie, unas pequeñas burbujas se escapaban de la boca de la criatura al entreabrir sus fauces. Ni siquiera imaginaba que su aliento terminaría en el mismo lugar inalcanzable que las flores de Brenda.

La criatura no comprendía qué hacía la mujer, pero igual sentía empatía por su triste gesto. Algo de ese cruel deshoje de pétalos le provocaba una melancolía imposible, a pesar de su naturaleza monstruosa. Era en esos momentos que recordaba algunas sensaciones que había creído perdidas desde hacía mucho tiempo. Sentía un escalofrío en la espalda, el cosquilleo en las entrañas, el pulso caliente dentro de su pecho… Eran estas cosas las que provocaban el instinto de la criatura todas las tardes.

Mujer en el lago.Brenda continuaba su caminata rutinaria. Cruzaba el puente de madera y regresaba al camino bajo los árboles. Cuando salía del chalet iba mirando el cielo, los árboles, las flores, el puente de madera… Sin embargo, durante la segunda mitad del tramo, cuando caminaba de regreso a su hogar, solo miraba la orilla. Daba cada paso sin despegar la mirada de la hojarasca putrefacta que se acumulaba alrededor del lago. Las ondas de la superficie del agua se desplazaban como una brisa fugaz a través de un pastizal tierno. Sin embargo, bajo las ramas de los árboles se formaba pequeños remolinos viscosos de sombras que desaparecían sin terminar un ciclo.

Aquél día, cuando estuvo cerca del chalet, Brenda decidió quitarse la ropa y meterse al agua. Se desplazó entre los juncos sujetando su cabellera larga. Sintió pavor cuando la hojarasca pegajosa se le adhirió a los muslos, al vientre, al abdomen, a los senos, pero no se detuvo hasta atravesar la podredumbre de la orilla. Cuando tuvo el agua hasta el cuello entonces soltó su cabello con la certeza de que ya no se le enredarían inmundicias. Era la primera vez que se bañaba en el lago.

Muy cerca y aferrada al lecho la criatura la observaba. Solo tenía que extender un brazo para agarrarla. Estaba tan cerca que, no solo podía ver la silueta de su cuerpo, sino también el tono cremoso de la piel, las curvas gemelas del pecho, el pequeño ombligo brotado, el tupido abismo de la entrepierna, sus dedillos hundidos en el lodo… Si Brenda se alejaba, la criatura se aceraba más; por otro lado, si la mujer se acercaba demasiado, su perseguidor echaba para atrás hasta alcanzar de nuevo una distancia prudente. Medía sus movimientos. Calculaba su belleza nunca antes vista bajo en el agua. Era una novedad irresistible.

Brenda estiró su cuerpo y se zambulló de cabeza. Abajo, la criatura se sobresaltó con el inusitado chapuzón. Sin embargo, ella no lo notó porque nadó en la dirección opuesta. La criatura no la persiguió por miedo a ser descubierto. Observó embargado mientras el cuerpo de la mujer se alejaba. Sin embargo, unos segundos más tarde ella surgió de nuevo en la superficie. En seguida recogió su cabellera y aspiró el aire fresco por la boca hasta recuperar el aliento. Entonces se tumbó de espalda sobre la corriente. Separó las piernas y los brazos, relajó el torso y dejó flotar su cuerpo desnudo.

Al verla de nuevo inmóvil, la criatura recuperó su audacia y reptó muy cerca del lecho hasta quedar justo debajo del cuerpo de la mujer. Un brazo se estiró desde las profundidades. La silueta de la mano abierta parecía sujetar el cuerpo flotante contra la luz del cielo.

Luego un rato, Brenda se sintió satisfecha y decidió regresar a tierra firme. Esta vez no se agarró la cabellera pues la tenía emplastada a lo largo de la espalda. Al salir a la orilla sintió el cuerpo más pesado, cosa que la asustó un poco. Se apuró a recoger la ropa del suelo y la hizo un pequeño bulto que apretó contra su pecho. Se sonrojó al sentir la brisa contra su piel mojada, por lo que se apuró a regresar finalmente al chalet.

El balcón de madera daba hacia el jardín de anturios que bordeaba la orilla del lago. Al llegar allí, Brenda dejó caer el montón de ropa al suelo. Paso seguido se recostó en la silla de playa donde acostumbraba descansar luego de los paseos. Cerró los ojos, relajó su cuerpo y trató de recordar la sensación del agua contra su espalda. Entonces escuchó emerger algo muy cerca.

Inmediatamente cerró el libro y vio la criatura surgir de la superficie del lago. No tenía cejas. Era lampiño y tenía los ojos completamente blancos. Una fina película de agua se desgarraba sobre su pellejo brilloso. No se movió de su sitio. Ni siquiera parpadeó. Apenas entreabrió su boca y asomaron unos dientes filosos y translúcidos.

La mujer se incorporó de un salto, lanzó el libro con todas sus fuerzas y corrió gritando hacia el interior de la casa. La criatura soltó un chillido prolongado tras el golpe y se tambaleó por unos segundos con la mirada perdida, como si buscara algo en el cielo. Entonces cayó de espalda y se hundió nuevamente entre la hojarasca de la superficie. Unas últimas burbujas quedaron atrapadas bajo el manto de la podredumbre.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

 

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.

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