Serenata para Eloísa, por H Roberto Llanos

Miró el reloj, apagó la alarma y volvió a cerrar los ojos.  Hipólito tenía un compromiso, pero sus ánimos era de seguir durmiendo. La puerta se abrió …

—     Vamos papi- le dijo  Víctor- dijiste que ibas conmigo.

—     10 minutos más chico- decía mientras hundía su cabeza en la almohada

—     Llevamos practicando par de meses y no podemos defraudarla esta vez.- continuó con tono de suplica

—     Mi ‘Jo es sábado y no se va a ir donde está.

—     Siempre dices lo mismo y nunca cumples…  ya son 10 años, ya es hora que lo superes.

El reclamo bajó frío y cortante como el agua fría. La fecha revolvía recuerdos agridulces.  Eloísa  se le fue muy  temprano.  Un cáncer agresivo esfumó su vida de forma súbdita. Los médicos intentaron todos los remedios.  La quimioterapia no funcionó. Descubrió muy tarde la medicina natural.  El día de su entierro Víctor tenía 8 años. No se separó de la mano de su padre. Hipólito lloró en silencio durante el servicio. Fue el último en salir. Mientras  descendía el ataúd,  prometió en silencio de cuidar a su hijo y no abandonarlo.  Pero no cumplió con la promesa.  La depresión lo sumió en el alcohol y otras drogas.  Las usaba como medio de escape, aunque siempre volvía al punto de partida.  Perdió la custodia de su hijo y se dejó llevar por el vicio. La visión de vida se le nubló,  solo quería estar con su amada lo antes  posible. En un intento fallido de suicidio, tuvo una visión. Escucho la voz de Eloísa, la cual le  reclamó por su hijo Víctor y su promesa. Despertó en su vómito y decidió aprovechar esta nueva oportunidad. Se internó en una clínica de rehabilitación. Llevaba  siempre consigo la foto de su hijo y desde entonces, se empeñó  en cumplir. Limpio su vida. Luchó la custodia de su hijo la cual adquirió a tiempo parcial.   Recuperó poco a poco la confianza de su hijo a pasos lentos. Aunque Víctor resintió su llegada. La música fue el imán que los volvió a unir.  Víctor practicaba el violín en la escuela de música, mientras Hipólito volvió educar a los jóvenes por medio de la guitarra y el canto.  Formaron un dúo en una actividad familiar. Ambos  recibieron  una ovación  general la cual llenó sus pechos de orgullo. Hipólito sintió que  empezaba a cumplir con su palabra.  Víctor le sugirió cantar en el aniversario de partida de su madre.  Intentó hacerlo desistir de la idea pero al final tuvo que acceder. 

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextuales Tercera semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextuales
Tercera semana

Así que hoy se levantó de la cama, se vistió y ambos llegaron al cementerio.  Desde la muerte de Eloísa, evitaba el lugar.  Tardaron un rato en encontrar la tumba. Víctor vio a lo lejos un banquito en forma de ataúd. Su abuelo lo había hecho para descansar y tener un lugar donde hablar con su difunta hija.  Vio una lápida blanquísima con las letras doradas que leían Eloísa Vargas, hija ejemplar, esposa amada y madre inolvidable. Hipólito llevaba en sus manos un arreglo de rosas blancas, azucenas y gardenias. Lo acomodó frente a la lápida.  Una brisa tenue espacio el perfume floral. Sacó su guitarra mientras su hijo acomodaba los dedos en el violín.  Hipólito cerró sus ojos, acomodó sus dedos en la cuerda y comenzó la serenata.

Donde tú estés

Mientras dure el planeta

Voy a pensar

Siempre en ti

Se me escapó

Como soplo tu aroma

Volándose en tu risa casi infantil

Donde tú estés

Gobernando mi estrella

Yo espero no olvides que aquí

Yo te sigo amando

Como el primer día cuando te vi…

 

Sintió un taco en la garganta que lo atravesaba en forma vertical. No podía cantar, llenándose de impotencia. Irrumpió  en sollozos, soltando la guitarra.  Los sentimientos acumulados por 10 años escaparon de su encierro. Lloró a moco tendido el coraje, la frustración, el vacío que le había provocado su partida. Lloró el haber recurrido a las drogas como visa a un sueño infernal. Sintió un abrazo en sus ojos. Vio a Víctor  con ojos llorosos. Ambos se secaron las lágrimas y terminaron de cantar al unísono…

 

Lo mejor de ti

Me lo he quedado yo

Lo que nadie tuvo de tu amor…

Lo mejor de mí

Se lo he prestado a Dios

Lo mejor eres

Tú mi amor.

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Sobre el autor:

H Roberto Llanos
H Roberto Llanos

H. Roberto Llanos es  escritor y fotógrafo aficionado. Nació el 2 de mayo de 1978, en San Juan Puerto Rico. Cursó estudios universitarios en la Universidad del Este, obteniendo un bachillerato en gerencia hotelera. Tomó diversos talleres con reconocidos escritores quienes lo impulsaron a continuar con la exposición pública de sus trabajos.  Varios de sus cuentos han sido publicado como Exprimomangó cual apareció en la antología  de Origin EYaoiES ( peruano-españoles) mientras que su cuento Ceviche al Canibal se encuentra en la pagina de Di/verso en Argentina. Actualmente está trabajando en una colección de cuentos.

Nota. Este texto es una colaboración para la serie de escritura creativa “Intertextuales”. Tercera semana.

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Continuidad en el lago, por Antonio Miranda

Fotografía: Zayra Taranto
Fotografía: Zayra Taranto

La mujer salió al balcón con un libro en la mano. Se sentó en la mecedora verde y contempló el pequeño lago antes de comenzar a leer el siguiente cuento:

La criatura la observaba bajo la superficie. Brenda caminaba lentamente alrededor de la orilla en dirección hacia su hogar. Iba embelesada con el panorama del lago. Salía todas las tardes, cuando ya no hacía tanto calor, y daba una vuelta alrededor del pequeño cuerpo de agua. Cruzaba los anturios del jardín de su casa. Luego arrancaba una flor de miramelindos cerca de la orilla, removía su cabellera negra con un pasar de la mano y la pillaba contra su oreja.

Brenda continuaba su caminata hasta llegar al área del puente de madera. Era breve arco se levantaba sobre la salida del lago y le permitía conseguir una mejor perspectiva del lugar. Desde allí veía el follaje de los árboles que se derramaba sobre la superficie del agua. Formaba una especie de túnel entre la orilla y los troncos. También se deleitaba con los colores de todas las flores que brillaban al otro extremo del lago. Un poco más allá surgía el techo agudo del chalet donde vivía. Del cielo solo veía la parte más lata, la más azul y brillante. Brenda admiraba el paisaje de todo aquello junto. Nunca imaginó que bajo la superficie tupida de naufragios de hojarasca una criatura la observaba todos los días.

Se detenía en la parte más elevada del puente y asomaba su cuerpo sobre la balaustrada. Removía la flor de su oreja y desgarraba los pétalos uno a uno, en silencio. Los dejaba caer sobre el agua y no continuaba su caminata hasta que la corriente lentamente se llevaba el último bajo el puente. Mientras tanto, bajo la superficie, unas pequeñas burbujas se escapaban de la boca de la criatura al entreabrir sus fauces. Ni siquiera imaginaba que su aliento terminaría en el mismo lugar inalcanzable que las flores de Brenda.

La criatura no comprendía qué hacía la mujer, pero igual sentía empatía por su triste gesto. Algo de ese cruel deshoje de pétalos le provocaba una melancolía imposible, a pesar de su naturaleza monstruosa. Era en esos momentos que recordaba algunas sensaciones que había creído perdidas desde hacía mucho tiempo. Sentía un escalofrío en la espalda, el cosquilleo en las entrañas, el pulso caliente dentro de su pecho… Eran estas cosas las que provocaban el instinto de la criatura todas las tardes.

Mujer en el lago.Brenda continuaba su caminata rutinaria. Cruzaba el puente de madera y regresaba al camino bajo los árboles. Cuando salía del chalet iba mirando el cielo, los árboles, las flores, el puente de madera… Sin embargo, durante la segunda mitad del tramo, cuando caminaba de regreso a su hogar, solo miraba la orilla. Daba cada paso sin despegar la mirada de la hojarasca putrefacta que se acumulaba alrededor del lago. Las ondas de la superficie del agua se desplazaban como una brisa fugaz a través de un pastizal tierno. Sin embargo, bajo las ramas de los árboles se formaba pequeños remolinos viscosos de sombras que desaparecían sin terminar un ciclo.

Aquél día, cuando estuvo cerca del chalet, Brenda decidió quitarse la ropa y meterse al agua. Se desplazó entre los juncos sujetando su cabellera larga. Sintió pavor cuando la hojarasca pegajosa se le adhirió a los muslos, al vientre, al abdomen, a los senos, pero no se detuvo hasta atravesar la podredumbre de la orilla. Cuando tuvo el agua hasta el cuello entonces soltó su cabello con la certeza de que ya no se le enredarían inmundicias. Era la primera vez que se bañaba en el lago.

Muy cerca y aferrada al lecho la criatura la observaba. Solo tenía que extender un brazo para agarrarla. Estaba tan cerca que, no solo podía ver la silueta de su cuerpo, sino también el tono cremoso de la piel, las curvas gemelas del pecho, el pequeño ombligo brotado, el tupido abismo de la entrepierna, sus dedillos hundidos en el lodo… Si Brenda se alejaba, la criatura se aceraba más; por otro lado, si la mujer se acercaba demasiado, su perseguidor echaba para atrás hasta alcanzar de nuevo una distancia prudente. Medía sus movimientos. Calculaba su belleza nunca antes vista bajo en el agua. Era una novedad irresistible.

Brenda estiró su cuerpo y se zambulló de cabeza. Abajo, la criatura se sobresaltó con el inusitado chapuzón. Sin embargo, ella no lo notó porque nadó en la dirección opuesta. La criatura no la persiguió por miedo a ser descubierto. Observó embargado mientras el cuerpo de la mujer se alejaba. Sin embargo, unos segundos más tarde ella surgió de nuevo en la superficie. En seguida recogió su cabellera y aspiró el aire fresco por la boca hasta recuperar el aliento. Entonces se tumbó de espalda sobre la corriente. Separó las piernas y los brazos, relajó el torso y dejó flotar su cuerpo desnudo.

Al verla de nuevo inmóvil, la criatura recuperó su audacia y reptó muy cerca del lecho hasta quedar justo debajo del cuerpo de la mujer. Un brazo se estiró desde las profundidades. La silueta de la mano abierta parecía sujetar el cuerpo flotante contra la luz del cielo.

Luego un rato, Brenda se sintió satisfecha y decidió regresar a tierra firme. Esta vez no se agarró la cabellera pues la tenía emplastada a lo largo de la espalda. Al salir a la orilla sintió el cuerpo más pesado, cosa que la asustó un poco. Se apuró a recoger la ropa del suelo y la hizo un pequeño bulto que apretó contra su pecho. Se sonrojó al sentir la brisa contra su piel mojada, por lo que se apuró a regresar finalmente al chalet.

El balcón de madera daba hacia el jardín de anturios que bordeaba la orilla del lago. Al llegar allí, Brenda dejó caer el montón de ropa al suelo. Paso seguido se recostó en la silla de playa donde acostumbraba descansar luego de los paseos. Cerró los ojos, relajó su cuerpo y trató de recordar la sensación del agua contra su espalda. Entonces escuchó emerger algo muy cerca.

Inmediatamente cerró el libro y vio la criatura surgir de la superficie del lago. No tenía cejas. Era lampiño y tenía los ojos completamente blancos. Una fina película de agua se desgarraba sobre su pellejo brilloso. No se movió de su sitio. Ni siquiera parpadeó. Apenas entreabrió su boca y asomaron unos dientes filosos y translúcidos.

La mujer se incorporó de un salto, lanzó el libro con todas sus fuerzas y corrió gritando hacia el interior de la casa. La criatura soltó un chillido prolongado tras el golpe y se tambaleó por unos segundos con la mirada perdida, como si buscara algo en el cielo. Entonces cayó de espalda y se hundió nuevamente entre la hojarasca de la superficie. Unas últimas burbujas quedaron atrapadas bajo el manto de la podredumbre.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

 

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.

Amárilis Pagán para el tema: El último heterosexual del planeta (Intertextuales por invitación)

El carnicero feliz

Microhistorias retorcidas hechas a la parrilla

(A veces sólo tenemos tiempo para crear universos que viven por cinco segundos)

 

1.  Colocó la carne sobre la mesa de “stainless steel”.  Roja.  Con unas venas blancas que centelleaban bajo la luz fosforescente… Y cuidadosamente, con su mejor cuchillo fue abriéndola desde el centro.  Como si esculpiera una flor.  Capa a capa, labio a labio… Hasta tener sobre su mesa a la mujer de sus sueños.

2.  “Dos libras de carne molida, por favor.  Empacadas separadas”, dijo una voz de mujer desde el otro lado del mostrador.  Alzó la vista de los perniles traseros que estaba empacando y se encontró con una mirada maquillada de kohl.  La mujer le sonrió nerviosa.  Acababa de darse cuenta de que el carnicero tenía una erección.

3.  Llegaron los cerdos que estaba esperando para las navidades.  El muchacho que los trajo le ayudó a meterlos en el almacén refrigado y allí, cuidadosamente, los fueron enganchando en los garfios de metal de los cuales colgarían por un tiempo.  El olor de carne cruda le hizo expandir las fosas nasales con placer.  Al despedirse del muchacho, no pudo evitar sentir el olor que se le había impregando en la ropa.  Le dió un apretón de manos mientras pensaba con disgusto cómo se vería este chamaco colgado en uno de sus garfios.

4. Una bandada de adolescentes inundó la carnicería.  Mascaban chicle, se reían, algunos venían tomados de la mano.  Alguno que otra se besaron frente a él.  Tenían un “pool party” al día siguiente y vinieron a comprar costillas para un “barbiquiú”.  “¿Pero ya no queda gente normal en este planeta?”, se preguntó mientras miraba a unas nenas dándose un chupete monumental.  Les vendió las costillas.  Puso el rótulo de “Regreso en 10 minutos” y se fue a la trastienda a masturbarse.

5.  La carne de cabro era difícil de manejar.  Si al animal no lo supieron escoger y matar, la carne llegaba con un olor fuerte y penetrante.  Insoportable.  Invendible.  Miró el cabro que tenía hecho pedazos sobre mesa.  Miró el dron de deperdicios.  Miró el reloj en la pared.  Casi sintió las moscas de la podredumbre zumbar a su alrededor y decidió refrigerar el cadáver para luego bregar con él.  Se le hacía tarde para llegar al Condado.

 

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Sobre la autora:

En 140 caracteres: Soy mujer y lesbiana, abogada, activista, escritora, pintora, mamá, compañera (¡amante!), hija, hermana, bruja y rebelde. Soy mil cosas, pero en esencia: HUMANA.  Si le sumo algo le sumo lo siguiente: Autora de columnas de opinión que recientemente han sido publicadas en una selección que abarca algunas los años 2006 al 2011 bajo el título: Brujas y Rebeldes.  Ese mismo nombre lleva uno de sus blogs.  Es confundadora de Proyecto Matria.
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En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”. Consiste en un tema semanal escogido por un escritor invitado distinto durante un periodo de diez semanas.  A partir del tema semanal, se compartirán textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta.
Puede escribir a: marlyncruzcenteno@gmail.com

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Gracias por pasar a leer,

Marlyn Cruz-Centeno