La bicicleta azul, de Amárilis Pagán Jiménez

 Por Amárilis Pagán Jiménez

bicleta azul

El fantasma de mi papá me persigue en una bicicleta azul.  No sé por qué.  Nunca lo vi corriendo bicicleta.  ¿Serán hipsters al lado de allá?

Lo veo en los sitios más inesperados.  A veces escucho el rechinar de la cadena mohosa de la bicicleta antes de verle a él pedaleando con dificultad.  Tenía más de 90 años al morir.  Ese rechinar me pone los pelos de punta.  Nadie más le escucha.  Nadie más le ve.  Solamente yo.

La primera vez que lo vi, no podía creerlo.  Hacía un calor tremendo y yo caminaba por una acera desnivelada y agrietada haciendo balance con mis zapatos de tacón alto.  Iba de camino a un pequeño bar cerca de mi trabajo y de repente, aparece este señor por el medio de la acera en esa destartalada bicicleta azul.  Me detuve molesta y preguntándome en voz alta cómo era que este señor se metía por la acera teniendo una calle para transitar.

Mis amigas me miraron extrañadas y me preguntaron que de qué señor les hablaba.  De ese señor, les dije.  Y entonces lo miré bien y me encontré con la mirada sonriente de mi papá.  La misma que usaba con la gente del barrio antes de entrar a nuestra casa a gritar y pelear.  Tropecé por la impresión.  Ellas se quedaron calladas y, luego de una pausa, una de ellas se atrevió a preguntarme si era una broma.  No había nadie allí, dijeron. Mi papá me hizo una guiñada y yo sentí cómo se me erizaba toda la piel.  Se me pegó un frío húmedo, vinieron las náuseas y hasta me desmayé.  Allí.  En una acera sucia por la que sabe dios quién pasaba y hasta escupía.  Mientras me hundía en el desmayo alcancé a preguntarme si alguien me aguantaría.  No les dio tiempo.  Caí al piso cuan larga soy… bueno, o corta.

A partir de ese día, no tuve paz.  Lo extraño es que Papi nunca intentó hablarme.  Me sonreía.  Me guiñaba un ojo.  A veces hasta se quitaba el sombrero en señal de saludo.  Llegué al punto en que se me hacía difícil entrar y salir de los sitios.  Salía del trabajo y lo veía.  Iba de fiesta al Viejo San Juan y allí, en una esquina, me esperaba.  A veces miraba de arriba a abajo a mis compañeras y compañeros de juerga. Cuando salía del cine, me velaba a la sombra nocturna de los árboles mustios que intentan adornar el estacionamiento del centro comercial.  Los cafés en la plaza ya no eran lo mismo para mí.  Hasta se detenía a ver los juegos de dominó de otros viejitos de la ciudad.  Hubo días en que pensé que todo viejo o vieja de la calle era también un fantasma que perseguía a alguien.

Con cada avistamiento mi miedo y mi ira crecían.  Cualquiera que viera a ese viejo sonriente pensaría que era de lo más adorable.  Esas cosas las hace la vejez.  Suaviza la violencia concentrada que alguna gente carga en sus años más tempranos.  El hombre imponente que nos golpeaba, vigilaba, gritaba y dominaba tenía que luchar bastante para abrirse paso en el cuerpo deteriorado de mi papá.  Aun así, su prepotencia nos hacía visitas frecuentes.  Había que cuidarlo a él y a la retahíla de animales que se empeñaba en tener en la casa.  Repetía, repetía y repetía sus insultos y acusaciones.  Sólo que con una boca desdentada y miles de arrugas alrededor de sus ojos.  Con las visitas, con las visitas, era otra cosa.  Sacaba su mejor sonrisa y hasta rezaba mansamente con sus hermanitos de la iglesia.  El día que amaneció muerto, mi madre lloró como una loca.  No sé si por dolor o alegría.  Espero que haya sido por lo segundo.  La noche antes, el viejo había estado especialmente insultante.  Por primera vez me pasó por la cabeza la idea de ahogarlo con una almohada para que se callara.  Ahogarlo mientras le decía unas cuantas verdades sobre lo repulsivo y perverso que en realidad era y sobre el infierno que debía estar esperándolo al otro lado.

Cuando mi papá decidió comenzar sus visitas por el mundo de los vivos, en mi vida ocurrían otras cosas que me hacían suponer que ya había superado su paso por ella.  No sé cómo me encontró porque acababa de mudarme a una nueva ciudad.  Atrás había dejado la casa familiar en la cual crecí y a la cual me sentía atada por su enfermedad.  No quería saber de casas grandes o llenas de cosas.  Buscaba un lugar simple en el cual no tuviera que pensar en más cosa que el mero trabajo y la diversión.  Ni siquiera quería mascotas de las cuales tener que encargarme.  Eché a volar sus pájaros enjaulados.  Regalé perras.  Busqué hogar para una gata.  Dejé a mi madre instalada en una cómoda soledad.  Es cierto que aún arrastraba algunas ideas vagas que me torturaban en cuanto a lo que debe ser el orden de las cosas, pero estaba haciendo mi mejor esfuerzo.  Hacía más de un año que Papi había muerto y con él se habían ido unas cuantas pesadillas cristianas de unidad familiar.  Ya no sería necesario quedarme en aquel pueblo pequeño ni sonreír a la gente de su iglesia.  Por años fue una tarea difícil ir a los servicios religiosos y hacerlo quedar bien a pesar de las tundas que todavía de adulta me daba.

El día que murió yo supe que ahora él sólo sería gusanos y polvo.  Nada de ser un ángel que toca arpa y cuida a la gente que se queda viva.  No lo hizo en vida.  No imagino por qué querría hacerlo una vez muerto.  Además, no hay cielo al cual volar y no hay espíritu que vuele.  Si existe algo será su infierno.  Pero él, con su terquedad, decidió demostrarme lo contrario.  Es la única razón por la cual puede estar pasándome algo así.  Por eso siempre anda tan sonriente y confiado.  Por eso su fantasma se especializa en aparecerse justo cuando estoy en medio de una buena pachanga o comienzo a moverle las pestañas a una buena y potencial amante.  Sí.  También era homofóbico mi papá.  No sé qué es peor: bregar con un viejo inválido y quejoso que se esforzaba para alcanzarme la cara con un buen pescozón o bregar con un fantasma con capacidad de omnipresencia.

No le he contado a más nadie sobre este fantasma.  Creerán que estoy loca.  Me tranquiliza un poco la idea de que parece estar atado a su bicicleta azul y que nunca me lo encuentro en espacios cerrados.  Eso me facilita un poco la cosa.  Basta con entrar y salir velozmente de los sitios.  Si escucho el rechinar de la bicicleta, acelero el paso.  Si veo el celaje azul de la bici, busco en qué entretener la mirada.  Así evito el contacto visual.

Esta mañana, sin embargo, algo pasó.  Salí muy temprano para visitar una amiga.  Sabía que Papi no la aprobaría, así que me deslizaba por una de las paredes laterales de mi edificio de camino a mi auto y miraba a lado y lado para ver si estaba por ahí.  El asunto es que al llegar a la esquina del edificio, y de sopetón, me encontré frente a frente con él. Papi trató de hablarme.  Cuando abrió la boca corrí despavorida escaleras arriba.  ¿Qué tendría que decirme?  No quiero saber.  Tal vez viene a recriminarme algo.  ¡A estas alturas!  Pero si soy una adulta.  Bastante vieja además.  Lo dejé con la palabra en la boca.

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Cuando llegué al apartamento gateé hasta la ventana, me asomé y allí estaba.  Sentado en un banco cogiendo fresco. Esta vez miró directamente a mi ventana y se sonrió malévolamente.  Me dijo adiós con la mano y se montó en su bicicleta azul.  ¡Se fue!  ¡Por fin se fue!  ¿Se iría para siempre?  Comencé a llorar de felicidad.  Era libre.  Luego, cuando pude tranquilizarme, fui a mirarme al espejo para tratar de arreglarme un poco.  Tal vez estaba a tiempo de ver a mi amiga.  Iba de lo más sonreída hacia el espejo… hasta que me miré en él y lo reconocí.  Allí estaba yo, con su misma expresión.  Al fondo de mi habitación también estaba mi bicicleta azul.

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Sobre Amárilis Pagán Jiménez:

Amárilis Pagán Jiménez
Amárilis Pagán Jiménez

En 140 caracteres: “Soy mujer y bisexual, abogada, activista, escritora, pintora, mamá, compañera (¡amante!), hija, hermana, bruja y rebelde. Soy mil cosas, pero en esencia: HUMANA”.

Más: Cofundadora de Proyecto Matria, integrante de Comité Amplio para la Búsqueda de Equidad (CABE) y de otras iniciativas de derechos humanos.  Columnista de la Revista Digital Cruce y de 80 Grados, así como de El Nuevo Día.  Últimamente está trabajando en una agenda de destrucción social que publicará en su blog de Brujas y Rebeldes.

Blogs: Diosas en Fuga y Brujas y Rebeldes

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.

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Carta a una amante vampira, de Amárilis Pagán Jiménez

 Por Amárilis Pagán Jiménez

“I close my eyes

Only for a moment and the moment’s gone

All my dreams

Pass before my eyes with curiosity

 

Dust in the wind

All they are is dust in the wind…”

KANSAS – DUST IN THE WIND

Imagen 1 Intertextuales Serie 4 Fotografía: Zayra Taranto
Imagen 1
Intertextuales Serie 4
Fotografía: Zayra Taranto

Te escribo esta carta sentada a la orilla del mundo y meciéndome suavemente entre suspiro y suspiro. Estoy bañándome de sol.  Cierro los ojos y las hojas de los árboles se escuchan como un mar.  Un mar verde y dorado que se balancea con la respiración del bosque.  Respiro yo también.  Aguzo mis oídos y escucho cómo mi sangre late en una carrera desbocada por mi cuerpo.

Llevo días y días en silencio.  Pero hoy te escribo.  Solté el bolígrafo un momento para estirar mis brazos y mirar mis manos.  Llevo las uñas azules.  Mi hermana bromeó cuando me vio pintándomelas: “¿Uñas de verano?”  “Uñas de muerta que camina”, pensé yo.  Pero sé que no estoy muerta.  Recuperé el calor de mi piel y puedo sentir cada parte de mi cuerpo agradeciendo el sol.  Siento la brisa que mueve el polvo de algún camino en la lejanía…

Esta mañana me atreví a mirarme en el espejo.  El espejo ése del que te hablé y que lleva años en mi familia.  Su marco está teñido de rojo y dorado.  Un rojo sospechoso, ahora que lo pienso.  Demasiado parecido a la sangre.  Demasiado intenso.  Con la extraña cualidad de cambiar su tono según quién se mira en él.

Por eso te escribo.  Me vi y me reconocí. Y cuando me reconocí, recordé lo que es pasar de largo frente a hileras de espejos incapaces de reflejarme.  Recordé cómo me obligaba a pasar frente a ellos en los extraños bares que frecuentaba contigo y me estremecí.  El rojo del espejo se hizo casi negro.  Me mordí los labios hasta hacerlos sangrar porque quería ver mi sangre casi negra.  Quería saber que la tenía.  También la quería saborear.

Mi hermana mayor es paciente.  La segunda, no tanto.  Aun así, ambas me alimentan, me bañan y me peinan todos los días desde que llegué acá.  Una de ellas, tararea canciones que sabe que me gustan.  Dejaron de hacerme preguntas casi desde el primer día que me trajeron.  No fui muy cooperadora.  Quería morderlas.  No por hambre.  Por rabia.  Porque me separaron de ti.  Porque sabía que, para colmo, muy probablemente tenían razón en todo lo que decían.

¿Recuerdas cómo me gustaba “Dust in the Wind”?  ¡Cómo amaba hacer el amor contigo escuchando el violín nostálgico de esa canción!  Imaginar el paso del tiempo, y sentir que era imposible convertirnos en polvo efímero porque éramos eternas!  Las noches eran largas, pero los días a la sombra de la vida lo eran más…  Días tan largos que hicieron venir del otro lado del mundo a mis hermanas para ver qué era de mí en medio de un silencio ciego y espeso que me ocultaba a su vista.

Yo me reí como una loca la primera vez que las escuché decir que eres una vampira.  Les pregunté si ese era su último recurso para traerme a casa.  Si me creían tan idiota como para tratar de venderme una historia imposible.  ¡Vampira!

Pero a pesar de mi risa, algo de mi fe en ti se resquebrajó.  Como cuando ya una copa está rota y la grieta que comenzó como una fina línea que podemos pasar por alto de momento se transforma en la grieta que amenaza con partir todo a la mitad y derramar el vino.  Por esa grieta se colaron los recuerdos de tus deslealtades.  Las pequeñas y las grandes.  Las que una insiste en no mirar.  Recordé las cartas que enviabas a tu amante y que firmabas como “Vampira Fugitiva”.  Así las firmabas, claro que sí.  Sólo que la firma no me había importado.  El helado con Baileys y las narraciones de encuentros furtivos en días lluviosos me impactaron más que esa firma ridícula y oscuramente kitsch.

Yo debí reconocerte y reconocerme desde el principio.  Tu insistencia en la oscuridad, tus desapariciones diurnas, tu hambre insaciable de todo lo que representara vida y vuelos de libélulas apalabradas…

No me asustaba saber que el mundo entero volaba a una velocidad vertiginosa fuera de nuestra ventana.  La luz te daba dolor de cabeza. I'm Fine. Te asustaba la gente que me rodeaba.  Eran demonios, decías. Pasabas de la fragilidad que rayaba en la inutilidad a la violencia de quien se impone a como dé lugar. Llegué a creer que sin mí perecerías, que ambas pereceríamos y, de momento, todo en mi mundo eras tú.  Todo fue noche.  Todo fue canción… “Dust in the wind… all we are is dust in the wind…”, un violín que se repetía, el hambre insaciable, el cansancio de la vida de afuera, la mente confusa, el deambular en multitudes como si no estuviera en mi cuerpo, evadir los espejos, evadir el sol, huir de mis hermanas, poner el teléfono en silencio, dejar de comer, dejar de reír, sentir una amargura culpable por querer abandonarte, sentir una ternura infinita al abrazarte, querer protegerte, tenerte miedo, pedirte que no me dejaras cada vez que amenazabas con irte como un aleteo de mariposa nocturna, jadear que te amaba cuando me devorabas, querer devorarte, querer rasgarme en dos para huir de ti y a la vez querer fundirme en ti, querer poseerte, torturarme con dudas, torturarte con dudas, el olor a mirra, tu lengua lamiendo mis muñecas sangrientas, la somnolencia, la fiebre, las pesadillas contigo sentada a la cabecera de la cama de manera imposible mientras me mirabas dormir.  ¡Estaba muriendo!  Estaba muriendo y tú lo sabías.  No te importaba, ¿verdad?

Mis hermanas creyeron que me estaba automutilando.  Que me estaba volviendo loca.  Hasta que te conocieron.  Te estuvieron observando un tiempo.  Ya no eras tan encantadora cuando te miraron de cerca.  Reconocieron tu rostro porque es el rostro del hambre de energía que no se sacia.  Ya te habían conocido ellas mismas.  Todas te conocían menos yo.  Me visitaban en tus ausencias.  No sé cómo logré guardar sus consejos en el fondo de mi mente.  Ni siquiera quería creerles.  Sólo sé que yo era tu prisionera y que era incapaz de abandonarte.  Hasta que poco a poco se fue formando en mi mente la idea, la convicción, de que serías tú quien me abandonaría.  Esa era mi puerta de escape.  Mis hermanas lo sabían.  Y estaban esperando el momento.  Mientras, yo comencé a desaparecer.  Aunque me mirara en los espejos no me veía.  Esperaba, esperaba y rezaba para que estuviera equivocada, para que mis hermanas estuvieran equivocadas, para no tener que escuchar tus palabras de adiós.

espejoLos días se fueron haciendo más cortos y las noches más largas.  Ya apenas tenía con qué alimentarte.  Tú me recriminabas.  La culpa fue mía.  Y dijiste que te ibas.  No te detuve.  Todo fue oscuridad por días y días.  Cuando mis hermanas llegaron a buscarme, grité, pateé, escupí como una loca.  Mi hermana mayor me dejó gritar y retorcerme hasta dormirme tirada por el piso.  Me bañó, me vistió, me peinó y me alimentó mientras me cantaba canciones de Los Beatles.  Esas también nos gustaban.  Bueno, no sé si te gustaban de verdad porque en esas cosas como en otras, parecías ser mi espejo y borrar tus propios gustos.  Encendió velas y esperó al solsticio de verano.

Y ya.  Hoy pude mirarme en el espejo.  Escucho mi corazón latiendo, miro el sol esparcir sombras y luces sobre mi piel mientras me baña y te escribo esta carta que será polvo al viento porque nunca te la enviaré.

Sobre Amárilis Pagán Jiménez:

Amárilis Pagán Jiménez
Amárilis Pagán Jiménez
En 140 caracteres: Soy mujer y lesbiana, abogada, activista, escritora, pintora, mamá, compañera (¡amante!), hija, hermana, bruja y rebelde. Soy mil cosas, pero en esencia: HUMANA.  Si le sumo algo le sumo lo siguiente: Autora de columnas de opinión que recientemente han sido publicadas en una selección que abarca algunas los años 2006 al 2011 bajo el título: Brujas y Rebeldes.
Es cofundadora de Proyecto Matria.

Blog: Brujas y Rebeldes

 

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Primera semana.