La bicicleta de Tino, de H Roberto Llanos

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

La mirada de don Celestino se pierde en la distancia. Siempre lo observo las veces que me escapo a la playa siendo niño al visitar a mis tíos en Naguabo. Lo veo con su camisa de mangas largas y su sombrero de paja. En casa me decían que no hablara con extraños.  Pero pasaba el tiempo  y las veces que iba a la playa me lo encontraba. Una  vez, me invitó a comer  hicacos que había recogido y los tenía  en una cubeta gris.  Me comentó que las recogía para que su esposa hiciera dulces y los vendiera en la calle.  Odiaba su nombre y prefería que lo llamaran Tino. Don Tino iba a la playa en bicicleta. Muchos de mis  primos  y yo nos sorprendía ver a un doncito  correr bicicleta. Lo veíamos como algo increíble. Nos íbamos a las carreras y nos  dejaba ganar. En mi curiosidad le pregunte una vez por que iba a la playa en bicicleta. Con una sonrisa me respondió que no le gustaba guiar, por una mala experiencia y disfrutaba del aire salado.  Mis primos me decían que era un loquito pero nunca hice caso. De hecho, por comentarios de ellos,  en casa se enteraron que tenía amistad con don Tino y las visitas a la playa me las restringieron aún más.  Me explicaron que no debía unirme a un viejo borrachón y problemático.   Los veranos de Naguabo dejaron de ser divertidos cuando mis primos crecieron y se fueron al ejército o a la universidad en Boston. Yo había también había crecido lo suficiente y quería aprovechar mi último verano antes de irme a estudiar a la UPR. Ese verano lo único que me divertía era ir a caminar por el malecón  y estar horas mirando el mar. Entendí  a don Tino con su mirada perdida. Lo vi por última vez y fue por un accidente.  Un borracho del malecón lo había atropellado  mientras corría bicicleta y se había dado a la fuga. La gente se aglomeró y decidí llamar a emergencias. En desespero monté la bicicleta en mi camión e iba a llevarme al moribundo, pero  la ambulancia llegó en ese instante.  Nadie quería ir a acompañarlo y decidí hacerme responsable. En el Hospital de Humacao preguntaron su información y le dije que solo sabía su nombre y que lo conocía de la playa. Encontraron su billetera y llamaron a los familiares.  Cuatro horas más tarde llegó uno de sus hijos. Me presenté  y le conté lo ocurrido. Me agradeció y me comentó que su padre se había escapado de la casa.

—    El viejo siempre se escapa de la casa y va directo a la playa. Yo creo que buscando a mi madre y  a los hicacos. El quedó mal desde su muerte hace muchos años  por  culpa de un choque.  Dejó de guiar y a todo va en una bicicleta.  Bebe mucho. Mucha gente le rehuye. Vine a vivir con él para atenderlo, pero ya ves…

Sus palabras crearon un nudo en la garganta. Un sentido de culpa me invadió el pecho y un frío sepulcral me erizó los vellos del cuello. Me sentí mal por no haber pasado más tiempo con don Tino. La noche en el hospital fue larga. Los médicos dijeron que no le daban mucho tiempo. Le pedí a su hijo si podía verlo. El accedió y lo vi. Escuche de sus labios un murmullo decir gracias. Le besé sus manos arrugadas y me fui del cuarto. Le comenté  al hijo de Tino sobre la bicicleta y me dijo que la botara. Al otro día fui a visitarlo, pero ya había muerto. Las lágrimas bajaron en cuentagotas.  Intenté buscar información acerca de su entierro, pero nadie sabía. Con el tiempo arreglé la bicicleta. Le di un retoque  de pintura color aguamarina.  Voy en las tardes por  el Condado corriendo en ella. Mientras corro bicicleta el aire de mar me provoca un  sentimiento de libertad. Siento la mirada de la gente invadiendo mi espacio y  les sonrío. Si supieran la historia de esta bicicleta, agarraban las suyas y correrían por amor a la vida.

Sobre el autor:

H Roberto Llanos
H Roberto Llanos

H. Roberto Llanos es  escritor y fotógrafo aficionado. Nació el 2 de mayo de 1978, en San Juan Puerto Rico. Cursó estudios universitarios en la Universidad del Este, obteniendo un bachillerato en gerencia hotelera. Tomó diversos talleres con reconocidos escritores quienes lo impulsaron a continuar con la exposición pública de sus trabajos.  Varios de sus cuentos han sido publicado como Exprimomangó cual apareció en la antología  de Origin EYaoiES ( peruano-españoles) mientras que su cuento Ceviche al Canibal se encuentra en la pagina de Di/verso en Argentina. Actualmente está trabajando en una colección de cuentos.

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La bicicleta azul, de Amárilis Pagán Jiménez

 Por Amárilis Pagán Jiménez

bicleta azul

El fantasma de mi papá me persigue en una bicicleta azul.  No sé por qué.  Nunca lo vi corriendo bicicleta.  ¿Serán hipsters al lado de allá?

Lo veo en los sitios más inesperados.  A veces escucho el rechinar de la cadena mohosa de la bicicleta antes de verle a él pedaleando con dificultad.  Tenía más de 90 años al morir.  Ese rechinar me pone los pelos de punta.  Nadie más le escucha.  Nadie más le ve.  Solamente yo.

La primera vez que lo vi, no podía creerlo.  Hacía un calor tremendo y yo caminaba por una acera desnivelada y agrietada haciendo balance con mis zapatos de tacón alto.  Iba de camino a un pequeño bar cerca de mi trabajo y de repente, aparece este señor por el medio de la acera en esa destartalada bicicleta azul.  Me detuve molesta y preguntándome en voz alta cómo era que este señor se metía por la acera teniendo una calle para transitar.

Mis amigas me miraron extrañadas y me preguntaron que de qué señor les hablaba.  De ese señor, les dije.  Y entonces lo miré bien y me encontré con la mirada sonriente de mi papá.  La misma que usaba con la gente del barrio antes de entrar a nuestra casa a gritar y pelear.  Tropecé por la impresión.  Ellas se quedaron calladas y, luego de una pausa, una de ellas se atrevió a preguntarme si era una broma.  No había nadie allí, dijeron. Mi papá me hizo una guiñada y yo sentí cómo se me erizaba toda la piel.  Se me pegó un frío húmedo, vinieron las náuseas y hasta me desmayé.  Allí.  En una acera sucia por la que sabe dios quién pasaba y hasta escupía.  Mientras me hundía en el desmayo alcancé a preguntarme si alguien me aguantaría.  No les dio tiempo.  Caí al piso cuan larga soy… bueno, o corta.

A partir de ese día, no tuve paz.  Lo extraño es que Papi nunca intentó hablarme.  Me sonreía.  Me guiñaba un ojo.  A veces hasta se quitaba el sombrero en señal de saludo.  Llegué al punto en que se me hacía difícil entrar y salir de los sitios.  Salía del trabajo y lo veía.  Iba de fiesta al Viejo San Juan y allí, en una esquina, me esperaba.  A veces miraba de arriba a abajo a mis compañeras y compañeros de juerga. Cuando salía del cine, me velaba a la sombra nocturna de los árboles mustios que intentan adornar el estacionamiento del centro comercial.  Los cafés en la plaza ya no eran lo mismo para mí.  Hasta se detenía a ver los juegos de dominó de otros viejitos de la ciudad.  Hubo días en que pensé que todo viejo o vieja de la calle era también un fantasma que perseguía a alguien.

Con cada avistamiento mi miedo y mi ira crecían.  Cualquiera que viera a ese viejo sonriente pensaría que era de lo más adorable.  Esas cosas las hace la vejez.  Suaviza la violencia concentrada que alguna gente carga en sus años más tempranos.  El hombre imponente que nos golpeaba, vigilaba, gritaba y dominaba tenía que luchar bastante para abrirse paso en el cuerpo deteriorado de mi papá.  Aun así, su prepotencia nos hacía visitas frecuentes.  Había que cuidarlo a él y a la retahíla de animales que se empeñaba en tener en la casa.  Repetía, repetía y repetía sus insultos y acusaciones.  Sólo que con una boca desdentada y miles de arrugas alrededor de sus ojos.  Con las visitas, con las visitas, era otra cosa.  Sacaba su mejor sonrisa y hasta rezaba mansamente con sus hermanitos de la iglesia.  El día que amaneció muerto, mi madre lloró como una loca.  No sé si por dolor o alegría.  Espero que haya sido por lo segundo.  La noche antes, el viejo había estado especialmente insultante.  Por primera vez me pasó por la cabeza la idea de ahogarlo con una almohada para que se callara.  Ahogarlo mientras le decía unas cuantas verdades sobre lo repulsivo y perverso que en realidad era y sobre el infierno que debía estar esperándolo al otro lado.

Cuando mi papá decidió comenzar sus visitas por el mundo de los vivos, en mi vida ocurrían otras cosas que me hacían suponer que ya había superado su paso por ella.  No sé cómo me encontró porque acababa de mudarme a una nueva ciudad.  Atrás había dejado la casa familiar en la cual crecí y a la cual me sentía atada por su enfermedad.  No quería saber de casas grandes o llenas de cosas.  Buscaba un lugar simple en el cual no tuviera que pensar en más cosa que el mero trabajo y la diversión.  Ni siquiera quería mascotas de las cuales tener que encargarme.  Eché a volar sus pájaros enjaulados.  Regalé perras.  Busqué hogar para una gata.  Dejé a mi madre instalada en una cómoda soledad.  Es cierto que aún arrastraba algunas ideas vagas que me torturaban en cuanto a lo que debe ser el orden de las cosas, pero estaba haciendo mi mejor esfuerzo.  Hacía más de un año que Papi había muerto y con él se habían ido unas cuantas pesadillas cristianas de unidad familiar.  Ya no sería necesario quedarme en aquel pueblo pequeño ni sonreír a la gente de su iglesia.  Por años fue una tarea difícil ir a los servicios religiosos y hacerlo quedar bien a pesar de las tundas que todavía de adulta me daba.

El día que murió yo supe que ahora él sólo sería gusanos y polvo.  Nada de ser un ángel que toca arpa y cuida a la gente que se queda viva.  No lo hizo en vida.  No imagino por qué querría hacerlo una vez muerto.  Además, no hay cielo al cual volar y no hay espíritu que vuele.  Si existe algo será su infierno.  Pero él, con su terquedad, decidió demostrarme lo contrario.  Es la única razón por la cual puede estar pasándome algo así.  Por eso siempre anda tan sonriente y confiado.  Por eso su fantasma se especializa en aparecerse justo cuando estoy en medio de una buena pachanga o comienzo a moverle las pestañas a una buena y potencial amante.  Sí.  También era homofóbico mi papá.  No sé qué es peor: bregar con un viejo inválido y quejoso que se esforzaba para alcanzarme la cara con un buen pescozón o bregar con un fantasma con capacidad de omnipresencia.

No le he contado a más nadie sobre este fantasma.  Creerán que estoy loca.  Me tranquiliza un poco la idea de que parece estar atado a su bicicleta azul y que nunca me lo encuentro en espacios cerrados.  Eso me facilita un poco la cosa.  Basta con entrar y salir velozmente de los sitios.  Si escucho el rechinar de la bicicleta, acelero el paso.  Si veo el celaje azul de la bici, busco en qué entretener la mirada.  Así evito el contacto visual.

Esta mañana, sin embargo, algo pasó.  Salí muy temprano para visitar una amiga.  Sabía que Papi no la aprobaría, así que me deslizaba por una de las paredes laterales de mi edificio de camino a mi auto y miraba a lado y lado para ver si estaba por ahí.  El asunto es que al llegar a la esquina del edificio, y de sopetón, me encontré frente a frente con él. Papi trató de hablarme.  Cuando abrió la boca corrí despavorida escaleras arriba.  ¿Qué tendría que decirme?  No quiero saber.  Tal vez viene a recriminarme algo.  ¡A estas alturas!  Pero si soy una adulta.  Bastante vieja además.  Lo dejé con la palabra en la boca.

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Cuando llegué al apartamento gateé hasta la ventana, me asomé y allí estaba.  Sentado en un banco cogiendo fresco. Esta vez miró directamente a mi ventana y se sonrió malévolamente.  Me dijo adiós con la mano y se montó en su bicicleta azul.  ¡Se fue!  ¡Por fin se fue!  ¿Se iría para siempre?  Comencé a llorar de felicidad.  Era libre.  Luego, cuando pude tranquilizarme, fui a mirarme al espejo para tratar de arreglarme un poco.  Tal vez estaba a tiempo de ver a mi amiga.  Iba de lo más sonreída hacia el espejo… hasta que me miré en él y lo reconocí.  Allí estaba yo, con su misma expresión.  Al fondo de mi habitación también estaba mi bicicleta azul.

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Sobre Amárilis Pagán Jiménez:

Amárilis Pagán Jiménez
Amárilis Pagán Jiménez

En 140 caracteres: “Soy mujer y bisexual, abogada, activista, escritora, pintora, mamá, compañera (¡amante!), hija, hermana, bruja y rebelde. Soy mil cosas, pero en esencia: HUMANA”.

Más: Cofundadora de Proyecto Matria, integrante de Comité Amplio para la Búsqueda de Equidad (CABE) y de otras iniciativas de derechos humanos.  Columnista de la Revista Digital Cruce y de 80 Grados, así como de El Nuevo Día.  Últimamente está trabajando en una agenda de destrucción social que publicará en su blog de Brujas y Rebeldes.

Blogs: Diosas en Fuga y Brujas y Rebeldes

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.