Sekai Maru II, por Antonio Miranda

Sekai Maru II

por Antonio Miranda

4ta Serie Intertextuales Fotografía de Zayra Taranto 5ta Semana
4ta Serie Intertextuales
Fotografía de Zayra Taranto
5ta Semana

Ella bailaba desenfrenadamente. Saltaba meciendo los brazos. Sonreía, o más bien gritaba con los ojos cerrados. Lucía feliz y yo quería ser feliz con ella. Creo que dejé mi bebida a un lado porque ya no la tenía en mis manos cuando comencé a dirigirme hacia la pista de baile. Tropecé varias veces y, sin embargo, sentía que iba flotando hacia ella. Mi corazón se había acelerado. Mi pecho era un amplificador y la música vibraba dentro de mi cuerpo. Esperé a que se diera la vuelta, asintió al seguirme el paso, le tomé la mano y vi explotar el caza número treinta cuatro de nuestro escuadrón. El sonido no puede atravesar el vacío del espacio, pero el destello abrumó por un segundo el brillo de todas las constelaciones. Estábamos bajo ataque enemigo. Por supuesto, no nos llamaban la tormenta de Júpiter por sucumbir ante la primera emboscada. Nuestro escuadrón era el mejor del crucero Sekai Maru II. El contraataque fue inmediato.

Solo uno de ellos logró escapar de nuestra furia. El superviviente se ocultó entre los asteroides del anillo interno de Júpiter, pero Segen lo persiguió hasta deshabilitarlo con una descarga electromagnética. Entonces pudimos arrastrar el caza enemigo y anclarlo al hangar del crucero. El plan era interrogarlo para saber si planeaban volver a atacarnos. Sin embargo, no contábamos con que las granadas análogas no son afectadas por las descargas electromagnéticas. Apenas arrancamos la escotilla del caza, el desgraciado haló del seguro de una granada que llevaba consigo y comenzó a llover agua sucia. Uno esperaría que un hidrante del acueducto viniera repleto de agua potable, pero aquella tarde de verano llovió lodo de la tubería. Por supuesto, como niño, ignoré la rareza y me zambullí de inmediato bajo el chorro. Sin embargo, al rato comencé a razonar que ese era el misma agua que tomábamos en casa. ¿Cómo se podía ver tan amarillo y oler a tierra revolcada? Le hice la pregunta a una de las señoras que nos velaba. Ella nos dijo que las plantas de tratamiento limpian el agua de los inodoros y la envían de vuelta por esas tuberías para que nosotros la podamos tomar.

La terriblemente equivocada revelación me inhibió de tomar agua del lavamanos durante toda una semana. Gasté la mesada en jugos y gaseosas, que son más baratos que una botella de agua destilada. Sin embargo, la necesidad de tomar agua fresca pronto me llevó a odiar la aversión que desarrollé. Me convencí de lo ridículo de mi obstinación al ver que todo el mundo en casa tomaba del agua que unos días antes habíamos visto venir sucia. El agua ya estaba limpia. Nadie se enfermaba ni se quejaba por el sabor o el olor o la apariencia.

Una noche, sin que nadie me viera, agarré un vaso limpio del fregadero, abrí la llave y salió el agua amarilla nuevamente. Lucía desagradable, tampoco olía bien; sin embargo, estaba decidido a dejar atrás el asco y la sed. Asomé los labios al borde del cristal y bebí. Mi boca se retorció. El sabor era ligeramente ácido, como el de una gaseosa, aunque sin la dulzura. El agua se derramó alrededor de mi boca y mojé todo mi cuello. Terminé escupiendo los cabellos.

Supongo que fue mala suerte, pero no volví a acostarme con un desconocido. Lo que hice aquella noche bajo la oscuridad de una habitación de crucero no lo quise hacer con mi novio cuando me lo pidió. Me sentí mal por negarle lo que ya le había dado a alguien que ni siquiera amaba. Por otro lado, ya sabía que no me iba a gustar hacerlo otra vez. ¿Para qué intentarlo de nuevo?

Al principio me dijo que estaba bien, que también prefería tomar las cosas poco a poco. Nuestra relación no se vio afectada por eso, pero eventualmente el asunto resurgió como un fenómeno inevitable de la naturaleza humana. No fue una majadería pues ambos nos habíamos entregado al frenesí de la pasión. Olvidamos nuestros votos y prohibiciones y perdimos el sentido de la consciencia. Comencé a complacerlo sin evocar el repudio que me había marcado hace tiempo, en la habitación oscura del crucero. Aguardé el chorro con los ojos cerrados. La espuma y el calor se besaron sobre mi rostro. El leve olor del cloro me reconfortó. Durante muchas semanas calientes de verano tuve que observar a mis vecinos desde el balcón de mi casa mientras ellos corrían alrededor del hidrante abierto como si se tratara de la atracción principal en un parque de diversiones. La imagen se relacionaba de inmediato con el desagradable recuerdo del agua sucia. A su vez, la inescapable memoria se convertía en una sensación fantasmagórica que invadía mi olfato y gusto. Todo esto provocó que sintiera repugnancia por el agua fresca.

El verano se había acabado y la ola de calor ya no era tan intensa. Los bomberos abrieron por última vez el hidrante de nuestra calle. Mis vecinos, que aguardaban en los balcones, salieron corriendo tan pronto el oficial dio la señal de que era seguro acercarse. Todos se metieron debajo del chorro cristalino. De inmediato me invadió el asco. Incluso, comencé a sentir un odio inexplicable por mis propios amigos de la calle. En ese punto decidí que no me podía dejar consumir por aquella ridícula aversión.

Me concentré en el calor y en la sed inmensa que no podía saciar con jugos ni gaseosas. Me convencí, como por fe, de que el agua fresca no es igual que el agua sucia de los inodoros. La sonrisa de todos los niños me ayudó a lograr la reconquista de mis temores.  Después de todo, nadie podía ser tan feliz bajo un chorro de inmundicias. Finalmente me decidí. Esa tarde salté alrededor del hidrante con la misma emoción del que toma agua fresca luego de un largo viaje.

Terminé con la ropa empapada. Su hemorragia fue tan extensa que murió desangrada antes de que el equipo de respuesta médica la pudiera ayudar. En los últimos momentos de su vida sollozó mientras la sostuve entre mis brazos. Fue la única vez que la vi llorar. Probablemente sintió mucho miedo o dolor, pero yo prefiero recordarla como la mujer valiente que era, una piloto intrépida, obstinada, una supernova de incandescente energía y determinación a la defensa del Sekai Maru II. Aguardé hasta que su mirada perdió el brillo. No lloré hasta que supe que ella había exhalado su último aliento. Entonces cerré sus ojos y acerqué mis labios a los suyos para despedirme. Fue un beso simple y gentil, pero completo. Fue suficientemente largo como para que mi primera lágrima alcanzara su rostro. En el último momento ella me empujó y exclamó:

–¡Qué te pasa!

No fue una pregunta. Se apartó de mí con una expresión que no he vuelto a ver desde entonces. Era una amalgama entre perplejidad, asco y lástima. Actuó como si todo el universo nos hubiese sorprendido en aquél justo instante en que nos besamos. La verdad es que ni una sola persona se dio cuenta. Nadie vio lo que hicimos en la pista de baile. Sin embargo, ella no volvió a hablarme desde aquél entonces.

Salí del bullicio y busqué mi bebida en la mesa. Sabía que la había dejado cerca, pero alguien la tuvo que haber desechado porque ya no estaba allí. No insistí. Ni siquiera miré alrededor. Tampoco busqué una bebida nueva. Regresé a la pared del fondo, me encogí de hombros y oculté mi rostro de la luz.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Quinta Semana.

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Fuga en edad mayor, por Antonio Miranda

 

Quedo al fondo de cada viernes

contra una pared de la habitación.

Mi consciencia flota como un veneno

que arresta y confunde los sentidos.

 

Sepultura entre mis ropas interiores,

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextuales Tercera semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextuales
Tercera semana

claroscuro de ventanas entreabiertas,

hechizo de la existencia que perdura

por causa de brujas, traidores y anatemas.

 

Un océano de fantasías se evapora

con mi último aliento previo al despertar.

El calor meridiano ilumina los instantes

que extravié imaginando una sonrisa.

 

La irresolución de mis semanas

—como dios que ofrece su propio sacrificio—

es verdugo atroz de mi voluntad

durante los milenios de una sola tarde.

 

Y es que el cinismo me lleva a cada ironía

de una vida que se consume despacio

entre caprichos efímeros que recuerdo

eternamente, al fondo de cada viernes.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Tercera Semana.

El carrete de Chuito Nazario, por Anthony González Miranda

Por Anthony González Miranda

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Levanté lo que parecía ser una roca obsidiana enterrada en medio de la playa. Me decepcionó encontrar que se trataba de un carrete de pesca. Había un anzuelo clavado en la esquina del embobinado de nilón transparente y la pesa de plomo colgaba dando golpecitos contra el plástico negro. Sin embargo, me llamó la atención encontrar que un extremo del hilo todavía estaba enterrado.

Traté de levantarlo, pero continuaba a lo largo de la orilla hasta desaparecer debajo del oleaje. El carrete lucía repleto con el embobinado. Sin embargo, allá estaba el resto del hilo, en el mar. Si ya tenía el anzuelo y el carrete en mis manos, me pregunté qué podría haber en el otro extremo.

Seguí el hilo de nilón hasta llegar al agua. Valiéndome del tacto, me sumergí cuando ya no pude mantenerme sobre la superficie. Apenas podía ver algo bajo el agua, pero el hilo me llevó en una sola dirección. Era increíble que sobrara tanto hilo a partir del carrete.

Finalmente, me pareció ver algo al otro extremo, una silueta de algo grande al final del hilo, en el fondo del mar. Traté de subir, pero sentí un alón del otro. Solté el hilo para regresar. Después de todo, parecía estar fijo por ambos extremos. Solo tenía que buscar el carrete en la orilla de la playa y seguir de nuevo el hilo para regresar a aquél lugar misterioso.

Entonces vino el mordisco. La silueta había ascendido del fondo y me había atrapado entre sus fauces. Solo recuerdo el hamaqueo violento, el frío punzante en la cintura y la asfixia. Pudo haber sido un tiburón hambriento, o una aguaviva.

Sea lo que haya sido, abrí los ojos en un lugar totalmente oscuro. Sentí que estaba flotando en la nada. Pronto comencé a sentir el frío intenso, la presión en los oídos, el vacío en el pecho. Sentí desespero y comencé a nadar hacia arriba. El ascenso me pareció eterno. Si me detenía, la sensación de ahogo se hacía más intensa, así que continué con todas mis fuerzas. Cuando finalmente llegué a la superficie, me pareció que por un solo segundo no había perdido la vida.

Antes de abrir los ojos, tomé varias bocanadas profundas de aire fresco. Entonces caí en cuenta que el agua no estaba salada. El aire tenía un sabor dulce. Eché un vistazo al cielo. No había una sola nube. Tampoco vi el sol por ninguna parte. Sin embargo, el día era hermoso.

Busqué la orilla y nadé hasta toparme con un pequeño tablado. En lugar de palmeras, había algunos arbustos frondosos, lirios acuáticos y libélulas acopladas en pleno vuelo. Había algunas flores y cogollos tiernos en las ramas de los árboles más grandes. Francamente, era un lugar hermoso. En medio de todo aquello, al borde de un pequeño muelle de madera elevado sobre el agua, estaba sentado un pescador con su carrete negro que parecía de roca obsidiana.

–Has desperdiciado tu vida –anunció casualmente al verme, como si se tratara de una broma.

–¿Quién eres? –pregunté algo perturbado.

–Chuito. Chuito Nazario. Mucho gusto.

Por un momento pensé que había escuchado mal su primera declaración.

–¿Dónde estoy? –pregunté al verme en un lugar diferente a la playa.

–Estás en el lago –contestó el señor Nazario–. Al parecer, viniste del fondo.

–Entonces es verdad… –me dije a mí mismo.

–Eso parece –confirmó el pescador con suspicacia.

–Debo haber estado a la deriva durante mucho tiempo…

–¡Ya lo creo!

–Pero esto un lago…

–Ya te lo dije, viniste del fondo.

–Eso es imposible.

–¿Por qué es imposible?

–Porque yo estaba en una playa y ahora estoy en un lago.

–¿Estás seguro de eso?

–Definitivamente –contesté enseguida–. Estaba en la playa y encontré un carrete, como el suyo.

–¿Como este?

–Sí, como ese. Pensé que se trataba de una roca obsidiana, pero no fue así.

–Naturalmente –me interrumpió el pescador–. Las rocas obsidianas no se encuentran en la playa, sino en las montañas y zonas volcánicas.

–Alguien pudo haberla llevado hasta allá. Pero el punto no es ese.

–¿Por qué alguien llevaría una roca obsidiana a la playa?

–No lo sé. Tal vez como amuleto de la suerte. Tal vez como compañía. De todas maneras, eso no importa.

–¿Qué es lo que importa, entonces?

–Para empezar, el anzuelo estaba pinchado en el borde del carrete, de manera que el hilo ya había sido embobinado. Sin embargo, uno de los extremos seguía enterrado en la arena. Traté de levantarlo, pero continuaba hasta la orilla y allí se perdía bajo el agua. Lo seguí con el tacto, me sumergí, perseguí su pista hasta dar con una sombra en las profundidades. No sé cuán lejos estaba de mí, así que no pude determinar cuán grande era aquello. Necesitaba un tanque de oxígeno para bajar más. Necesitaba quizás un gancho o una cadena para levantarlo. Fue entonces cuando decidí regresar a la orilla. Conseguiría los recursos para dilucidar aquél misterio en el fondo del mar y regresaría mejor preparado. Comencé a subir, pero fue entonces cuando algo me interceptó. Probablemente fue un tiburón. O quizás fue un aguaviva que me paralizó, ya que no tengo ninguna herida. La verdad, no sé qué me sucedió exactamente, pero debí estar a la deriva durante algún tiempo, hasta llegar acá.

–Pero todo eso que me cuentas es muy absurdo –ripostó el pescador con cierto dejo de condescendencia. Te habrías ahogado si te desmallabas bajo el agua.

–Cuando lo pones de esa manera, quizás sí, pero yo estoy seguro de lo que pasó, al menos hasta el momento en el que intenté regresar a la superficie.

–Está bien. Hay gente que disfruta de inventar historias. Yo prefiero atrapar mi presa con la línea de pescar.

–No estoy inventando nada –riposté–. Tú, por el contrario, no has atrapado nada, por lo que veo.

–El hilo de pescar solo es tan fuerte como la paciencia del pescador.

–La paciencia del pescador puede ser eterna, pero sin una buena carnada jamás enganchará lo que busca.

–La carnada no importa. A veces utilizo un carrete… una roca obsidiana… la verdad ya no lo recuerdo. Creo que cualquier cosa sin sentido puede funcionar. Lo más importante sobre la carnada es que llame la atención del pez que buscas. No tiene que llegar a picar. Con tan solo hacerlo perseguir la carnada puedes traerlo justo hasta tus manos.

De repente me sentí incómodo, ansioso. Estaba hablando con un lunático.

–Ya quiero regresar –dije cortando la conversación–. ¿Me puedes decir cuán lejos está la playa?

–Realmente no está tan lejos –contestó mirando más allá, sobre mí–, pero es imposible regresar.

–¿Cómo que es imposible regresar? –pregunté alarmado–. ¿De qué hablas?

–Ya te lo dije. Has desperdiciado tu vida –repitió al ponerse de pie–. Encontraste a Chuito Nazario y perdiste el resto del mundo. No hay a donde regresar. Se acabó tu vida. Es el fin. Ahora, ven, sal del agua. Enfrenta tu destino a mi lado.

–¡Estás loco! ¡Pero qué cosas dices!

–¡Sal del agua, hombre!

Vi que todavía sujetaba el carrete, así que halé fuertemente del hilo. El pescador cayó en el lago. Sus gritos y manoteos me indicaron que no sabía nadar, pero cuando fui a rescatarlo se abalanzó sobre mí y trató de ahogarme. Me sujetó por el cuello con ambas manos y no me permitió sacar la cabeza fuera del agua. Sabía que estaba perdido, así que lo agarré por las muñecas y me dejé hundir con él.

El pescador luchó por zafarse de mí, pero con el esfuerzo solo logró desperdiciar el poco aire que quedaba en su pecho. Lo llevé conmigo hasta el fondo. De espaldas contra el lecho, finalmente me soltó el cuello, para ya era tarde para regresar a la superficie. Mi boca se abrió involuntariamente buscando el aire que nunca encontraría debajo del agua. Sentí que el lago me llenó el cuerpo. Perdí la consciencia.

Al abrir los ojos nuevamente volví a encontrar las nubes ralas de la costa y el sol deslumbrante justo al ápice del cielo. Estaba acostado entre las espumas de las olas que rompen a la orilla de la playa. Clavé los dedos en la arena mojada para incorporarme. Me pareció sentir el hilo, pero no lo he vuelto a encontrar.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio González Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.

Continuidad en el lago, por Antonio Miranda

Fotografía: Zayra Taranto
Fotografía: Zayra Taranto

La mujer salió al balcón con un libro en la mano. Se sentó en la mecedora verde y contempló el pequeño lago antes de comenzar a leer el siguiente cuento:

La criatura la observaba bajo la superficie. Brenda caminaba lentamente alrededor de la orilla en dirección hacia su hogar. Iba embelesada con el panorama del lago. Salía todas las tardes, cuando ya no hacía tanto calor, y daba una vuelta alrededor del pequeño cuerpo de agua. Cruzaba los anturios del jardín de su casa. Luego arrancaba una flor de miramelindos cerca de la orilla, removía su cabellera negra con un pasar de la mano y la pillaba contra su oreja.

Brenda continuaba su caminata hasta llegar al área del puente de madera. Era breve arco se levantaba sobre la salida del lago y le permitía conseguir una mejor perspectiva del lugar. Desde allí veía el follaje de los árboles que se derramaba sobre la superficie del agua. Formaba una especie de túnel entre la orilla y los troncos. También se deleitaba con los colores de todas las flores que brillaban al otro extremo del lago. Un poco más allá surgía el techo agudo del chalet donde vivía. Del cielo solo veía la parte más lata, la más azul y brillante. Brenda admiraba el paisaje de todo aquello junto. Nunca imaginó que bajo la superficie tupida de naufragios de hojarasca una criatura la observaba todos los días.

Se detenía en la parte más elevada del puente y asomaba su cuerpo sobre la balaustrada. Removía la flor de su oreja y desgarraba los pétalos uno a uno, en silencio. Los dejaba caer sobre el agua y no continuaba su caminata hasta que la corriente lentamente se llevaba el último bajo el puente. Mientras tanto, bajo la superficie, unas pequeñas burbujas se escapaban de la boca de la criatura al entreabrir sus fauces. Ni siquiera imaginaba que su aliento terminaría en el mismo lugar inalcanzable que las flores de Brenda.

La criatura no comprendía qué hacía la mujer, pero igual sentía empatía por su triste gesto. Algo de ese cruel deshoje de pétalos le provocaba una melancolía imposible, a pesar de su naturaleza monstruosa. Era en esos momentos que recordaba algunas sensaciones que había creído perdidas desde hacía mucho tiempo. Sentía un escalofrío en la espalda, el cosquilleo en las entrañas, el pulso caliente dentro de su pecho… Eran estas cosas las que provocaban el instinto de la criatura todas las tardes.

Mujer en el lago.Brenda continuaba su caminata rutinaria. Cruzaba el puente de madera y regresaba al camino bajo los árboles. Cuando salía del chalet iba mirando el cielo, los árboles, las flores, el puente de madera… Sin embargo, durante la segunda mitad del tramo, cuando caminaba de regreso a su hogar, solo miraba la orilla. Daba cada paso sin despegar la mirada de la hojarasca putrefacta que se acumulaba alrededor del lago. Las ondas de la superficie del agua se desplazaban como una brisa fugaz a través de un pastizal tierno. Sin embargo, bajo las ramas de los árboles se formaba pequeños remolinos viscosos de sombras que desaparecían sin terminar un ciclo.

Aquél día, cuando estuvo cerca del chalet, Brenda decidió quitarse la ropa y meterse al agua. Se desplazó entre los juncos sujetando su cabellera larga. Sintió pavor cuando la hojarasca pegajosa se le adhirió a los muslos, al vientre, al abdomen, a los senos, pero no se detuvo hasta atravesar la podredumbre de la orilla. Cuando tuvo el agua hasta el cuello entonces soltó su cabello con la certeza de que ya no se le enredarían inmundicias. Era la primera vez que se bañaba en el lago.

Muy cerca y aferrada al lecho la criatura la observaba. Solo tenía que extender un brazo para agarrarla. Estaba tan cerca que, no solo podía ver la silueta de su cuerpo, sino también el tono cremoso de la piel, las curvas gemelas del pecho, el pequeño ombligo brotado, el tupido abismo de la entrepierna, sus dedillos hundidos en el lodo… Si Brenda se alejaba, la criatura se aceraba más; por otro lado, si la mujer se acercaba demasiado, su perseguidor echaba para atrás hasta alcanzar de nuevo una distancia prudente. Medía sus movimientos. Calculaba su belleza nunca antes vista bajo en el agua. Era una novedad irresistible.

Brenda estiró su cuerpo y se zambulló de cabeza. Abajo, la criatura se sobresaltó con el inusitado chapuzón. Sin embargo, ella no lo notó porque nadó en la dirección opuesta. La criatura no la persiguió por miedo a ser descubierto. Observó embargado mientras el cuerpo de la mujer se alejaba. Sin embargo, unos segundos más tarde ella surgió de nuevo en la superficie. En seguida recogió su cabellera y aspiró el aire fresco por la boca hasta recuperar el aliento. Entonces se tumbó de espalda sobre la corriente. Separó las piernas y los brazos, relajó el torso y dejó flotar su cuerpo desnudo.

Al verla de nuevo inmóvil, la criatura recuperó su audacia y reptó muy cerca del lecho hasta quedar justo debajo del cuerpo de la mujer. Un brazo se estiró desde las profundidades. La silueta de la mano abierta parecía sujetar el cuerpo flotante contra la luz del cielo.

Luego un rato, Brenda se sintió satisfecha y decidió regresar a tierra firme. Esta vez no se agarró la cabellera pues la tenía emplastada a lo largo de la espalda. Al salir a la orilla sintió el cuerpo más pesado, cosa que la asustó un poco. Se apuró a recoger la ropa del suelo y la hizo un pequeño bulto que apretó contra su pecho. Se sonrojó al sentir la brisa contra su piel mojada, por lo que se apuró a regresar finalmente al chalet.

El balcón de madera daba hacia el jardín de anturios que bordeaba la orilla del lago. Al llegar allí, Brenda dejó caer el montón de ropa al suelo. Paso seguido se recostó en la silla de playa donde acostumbraba descansar luego de los paseos. Cerró los ojos, relajó su cuerpo y trató de recordar la sensación del agua contra su espalda. Entonces escuchó emerger algo muy cerca.

Inmediatamente cerró el libro y vio la criatura surgir de la superficie del lago. No tenía cejas. Era lampiño y tenía los ojos completamente blancos. Una fina película de agua se desgarraba sobre su pellejo brilloso. No se movió de su sitio. Ni siquiera parpadeó. Apenas entreabrió su boca y asomaron unos dientes filosos y translúcidos.

La mujer se incorporó de un salto, lanzó el libro con todas sus fuerzas y corrió gritando hacia el interior de la casa. La criatura soltó un chillido prolongado tras el golpe y se tambaleó por unos segundos con la mirada perdida, como si buscara algo en el cielo. Entonces cayó de espalda y se hundió nuevamente entre la hojarasca de la superficie. Unas últimas burbujas quedaron atrapadas bajo el manto de la podredumbre.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

 

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.