Sekai Maru II

por Antonio Miranda

4ta Serie Intertextuales Fotografía de Zayra Taranto 5ta Semana
4ta Serie Intertextuales
Fotografía de Zayra Taranto
5ta Semana

Ella bailaba desenfrenadamente. Saltaba meciendo los brazos. Sonreía, o más bien gritaba con los ojos cerrados. Lucía feliz y yo quería ser feliz con ella. Creo que dejé mi bebida a un lado porque ya no la tenía en mis manos cuando comencé a dirigirme hacia la pista de baile. Tropecé varias veces y, sin embargo, sentía que iba flotando hacia ella. Mi corazón se había acelerado. Mi pecho era un amplificador y la música vibraba dentro de mi cuerpo. Esperé a que se diera la vuelta, asintió al seguirme el paso, le tomé la mano y vi explotar el caza número treinta cuatro de nuestro escuadrón. El sonido no puede atravesar el vacío del espacio, pero el destello abrumó por un segundo el brillo de todas las constelaciones. Estábamos bajo ataque enemigo. Por supuesto, no nos llamaban la tormenta de Júpiter por sucumbir ante la primera emboscada. Nuestro escuadrón era el mejor del crucero Sekai Maru II. El contraataque fue inmediato.

Solo uno de ellos logró escapar de nuestra furia. El superviviente se ocultó entre los asteroides del anillo interno de Júpiter, pero Segen lo persiguió hasta deshabilitarlo con una descarga electromagnética. Entonces pudimos arrastrar el caza enemigo y anclarlo al hangar del crucero. El plan era interrogarlo para saber si planeaban volver a atacarnos. Sin embargo, no contábamos con que las granadas análogas no son afectadas por las descargas electromagnéticas. Apenas arrancamos la escotilla del caza, el desgraciado haló del seguro de una granada que llevaba consigo y comenzó a llover agua sucia. Uno esperaría que un hidrante del acueducto viniera repleto de agua potable, pero aquella tarde de verano llovió lodo de la tubería. Por supuesto, como niño, ignoré la rareza y me zambullí de inmediato bajo el chorro. Sin embargo, al rato comencé a razonar que ese era el misma agua que tomábamos en casa. ¿Cómo se podía ver tan amarillo y oler a tierra revolcada? Le hice la pregunta a una de las señoras que nos velaba. Ella nos dijo que las plantas de tratamiento limpian el agua de los inodoros y la envían de vuelta por esas tuberías para que nosotros la podamos tomar.

La terriblemente equivocada revelación me inhibió de tomar agua del lavamanos durante toda una semana. Gasté la mesada en jugos y gaseosas, que son más baratos que una botella de agua destilada. Sin embargo, la necesidad de tomar agua fresca pronto me llevó a odiar la aversión que desarrollé. Me convencí de lo ridículo de mi obstinación al ver que todo el mundo en casa tomaba del agua que unos días antes habíamos visto venir sucia. El agua ya estaba limpia. Nadie se enfermaba ni se quejaba por el sabor o el olor o la apariencia.

Una noche, sin que nadie me viera, agarré un vaso limpio del fregadero, abrí la llave y salió el agua amarilla nuevamente. Lucía desagradable, tampoco olía bien; sin embargo, estaba decidido a dejar atrás el asco y la sed. Asomé los labios al borde del cristal y bebí. Mi boca se retorció. El sabor era ligeramente ácido, como el de una gaseosa, aunque sin la dulzura. El agua se derramó alrededor de mi boca y mojé todo mi cuello. Terminé escupiendo los cabellos.

Supongo que fue mala suerte, pero no volví a acostarme con un desconocido. Lo que hice aquella noche bajo la oscuridad de una habitación de crucero no lo quise hacer con mi novio cuando me lo pidió. Me sentí mal por negarle lo que ya le había dado a alguien que ni siquiera amaba. Por otro lado, ya sabía que no me iba a gustar hacerlo otra vez. ¿Para qué intentarlo de nuevo?

Al principio me dijo que estaba bien, que también prefería tomar las cosas poco a poco. Nuestra relación no se vio afectada por eso, pero eventualmente el asunto resurgió como un fenómeno inevitable de la naturaleza humana. No fue una majadería pues ambos nos habíamos entregado al frenesí de la pasión. Olvidamos nuestros votos y prohibiciones y perdimos el sentido de la consciencia. Comencé a complacerlo sin evocar el repudio que me había marcado hace tiempo, en la habitación oscura del crucero. Aguardé el chorro con los ojos cerrados. La espuma y el calor se besaron sobre mi rostro. El leve olor del cloro me reconfortó. Durante muchas semanas calientes de verano tuve que observar a mis vecinos desde el balcón de mi casa mientras ellos corrían alrededor del hidrante abierto como si se tratara de la atracción principal en un parque de diversiones. La imagen se relacionaba de inmediato con el desagradable recuerdo del agua sucia. A su vez, la inescapable memoria se convertía en una sensación fantasmagórica que invadía mi olfato y gusto. Todo esto provocó que sintiera repugnancia por el agua fresca.

El verano se había acabado y la ola de calor ya no era tan intensa. Los bomberos abrieron por última vez el hidrante de nuestra calle. Mis vecinos, que aguardaban en los balcones, salieron corriendo tan pronto el oficial dio la señal de que era seguro acercarse. Todos se metieron debajo del chorro cristalino. De inmediato me invadió el asco. Incluso, comencé a sentir un odio inexplicable por mis propios amigos de la calle. En ese punto decidí que no me podía dejar consumir por aquella ridícula aversión.

Me concentré en el calor y en la sed inmensa que no podía saciar con jugos ni gaseosas. Me convencí, como por fe, de que el agua fresca no es igual que el agua sucia de los inodoros. La sonrisa de todos los niños me ayudó a lograr la reconquista de mis temores.  Después de todo, nadie podía ser tan feliz bajo un chorro de inmundicias. Finalmente me decidí. Esa tarde salté alrededor del hidrante con la misma emoción del que toma agua fresca luego de un largo viaje.

Terminé con la ropa empapada. Su hemorragia fue tan extensa que murió desangrada antes de que el equipo de respuesta médica la pudiera ayudar. En los últimos momentos de su vida sollozó mientras la sostuve entre mis brazos. Fue la única vez que la vi llorar. Probablemente sintió mucho miedo o dolor, pero yo prefiero recordarla como la mujer valiente que era, una piloto intrépida, obstinada, una supernova de incandescente energía y determinación a la defensa del Sekai Maru II. Aguardé hasta que su mirada perdió el brillo. No lloré hasta que supe que ella había exhalado su último aliento. Entonces cerré sus ojos y acerqué mis labios a los suyos para despedirme. Fue un beso simple y gentil, pero completo. Fue suficientemente largo como para que mi primera lágrima alcanzara su rostro. En el último momento ella me empujó y exclamó:

–¡Qué te pasa!

No fue una pregunta. Se apartó de mí con una expresión que no he vuelto a ver desde entonces. Era una amalgama entre perplejidad, asco y lástima. Actuó como si todo el universo nos hubiese sorprendido en aquél justo instante en que nos besamos. La verdad es que ni una sola persona se dio cuenta. Nadie vio lo que hicimos en la pista de baile. Sin embargo, ella no volvió a hablarme desde aquél entonces.

Salí del bullicio y busqué mi bebida en la mesa. Sabía que la había dejado cerca, pero alguien la tuvo que haber desechado porque ya no estaba allí. No insistí. Ni siquiera miré alrededor. Tampoco busqué una bebida nueva. Regresé a la pared del fondo, me encogí de hombros y oculté mi rostro de la luz.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Quinta Semana.