Por Lynette Mabel Pérez  

Hoy comí carne de hombre. Más de una vez paseó por mi cerebro la idea, que no quise alimentar por repulsiva, pero después de muerto no había otra cosa por hacer más que comerlo.

Al principio del acto, parecía una tarde común. Las hienas, como siempre, se doblegaban con aparente facilidad y ejecutaban las piruetas que divertían al público.  Vestidas con faldas de tul reían, necias, al sonido de la silla contra el suelo.  Los niños derramaban las palomitas de maíz, al aplaudir regocijados.  Los adultos se mofaban de las falsas risas.  El domador levantaba los brazos, sonreía satisfecho en claro alarde de control sobre las fieras. Pero el ambiente comenzó a cambiar con la entrada de los chacales, que intransigentes se acostaron en el suelo. Al chasquido del látigo, los jaguares asumieron la posición de alerta.  Los leones rugieron su impotencia.  Ninguno se movía. Otra vez el látigo y la orden de sumisión, pero las fieras nacen para ser libres, y a pesar de los golpes, y a pesar del encierro, los nervios se rebelan.  Miraban con rencor al hombre de la silla y la fusta, quien cada vez se acercaba más a todos para estimularlos a la acción. Yo observaba desde la torre, no había llegado mi momento y aunque mi languidez de tigre podía aparentarle indiferencia al hombre, sentía el escozor de la sangre salvaje hirviendo en mis venas. Hubiera podido seguir allí, bostezando mi felino aburrimiento, de no ser por el olor a miedo que las axilas del hombre expelían. Lanzaba el látigo con furia, pero el terror de su soledad demostraba su pequeñez. No fue hasta ese momento, que me percaté de la fragilidad del dominador.  Los demás también olieron el pánico.  Los leones abrieron sus fauces; los bramidos ensordecían, la risa de las hienas perforaba los oídos, los colmillos de los jaguares relucían con las luces, los gritos del público, el llanto de los niños, todo un presagio que se cumplió con la caída del látigo sobre el rostro del león más fiero.

No tuvo una oportunidad. Fue derribado en segundos. Los empleados corrieron en busca de las mangas de presión, mientras las hienas tiraban, con fuerza, de las extremidades. Un pedazo cayó a mi lado. Mi pelaje blanco se tiñó de grana. No tenía tanta hambre, pero la idea volvió a mi cabeza, y antes de que me diera cuenta, mi lengua saboreaba con avidez la primera sangre.

Y no me resultó tan repulsiva.

4ta Serie de Intertextuales Fotografía de Zayra Taranto Cuarta Semana
4ta Serie de Intertextuales
Fotografía de Zayra Taranto
Cuarta Semana

Sobre la autora:

Lynette Mabel Pérez
Lynette Mabel Pérez

 Nació en Mayagüez, Puerto Rico, en el año 1976, pero se crió en el pueblo de Moca. Obtuvo su bachillerato en Educación Secundaria con una concentración en español de la Universidad Interamericana, Recinto de Aguadilla y su Maestría en Artes del lenguaje, de la Universidad Interamericana de Puerto Rico y una sub-especialidad en Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico. Pertenece a REMES. Ha sido premiada en los certámenes de la Universidad Politécnica de Puerto Rico, el Certamen Nacional José Gautier Benítez y el Certamen de Cuento Corto de la Latin Heritage Foundation. Es miembro de la junta del Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico. Ha publicado en las revistas literarias Zurde, Paxtiche, Cinosargo, Delirium Tremens, Palabras Diversas, Traspatio, Absenta, En la Orilla y Monolito. Fue incluida en las antologías Reflexiones literarias: De la creación al estudio (2005), Piernas Cruzadas (2010), Ejército de Rosas (2011) y Plomos (2012). Ha publicado el libro Imaginería (2010) y Fantasía Circense: antología de literatura contemporánea junto a Miranda Merced (2011). Ha sido poeta invitada en tres ocasiones al Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico y en dos ocasiones al Festival de la Palabra de Puerto Rico-New York. Trabaja su blog “Los rostros de Jano” (http://rostrosdejano.blogspot.com///).

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Cuarta semana.