Por Edigio Colón Archilla

 

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextuales Tercera semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextuales
Tercera semana

Mis abuelos, su hijo y dos hermanas solteras de mi abuela componían el centro de mi vida. Con ellos viví y crecí.

De esas sabias tías abuelas me dejé seducir por los deliciosos dulces y refrescos de frutas tropicales de la mayor.  Su “isla flotante” me ponía las encías a fibrilar, sus upsidedown cakes de piña me dejaban relamido y esos limbels de tamarindo eran una delicia.

También disfrutaba su otro don: era una cuentera innata. Cuando me invitaba a su cuarto y me sentaba en su sillón especial, sabía que me esperaban unas historias maravillosas que yo reviviría en mi memoria.   Desde el borde de la cama me deleitaba con la saga de sus vivencias: Su vida en la hacienda de sus padres, arrullada por viejas esclavas, su decisión de  estudiar enfermería en el Hospital Presbiteriano, motivada por sus hermanos convertidos a la fe protestante; su viaje a Venezuela a trabajar con los pobres en Maracaibo; su labor casi apostólica en el Leprosorio, aquella isla donde llevaban a los leprosos a morir despedazados por el virus.

Un día fatídico se armó de valor, entornó sus grandes ojos pardos y me refirió, entre lágrimas, el episodio más significativo de su vida.  El amor la estremeció al ver frente a si aquella enfermera, joven y hermosa que la llenó de esperanzas y sueños.  Más tarde  la destrozaría cuando abandonó la Isla Hospital sin siquiera despedirse.  Entendía que debería ser ella quien me revelara aquel secreto a voces que la condenaba ante su familia.  Quedé impactado por aquella historia de amores torcidos. Temía verme reflejado en sus ojos y que descubriese mi secreto.  Allí decidí no entrar más a ese cuarto, ni oír más sus historias y, menos, mirarme en sus ojos.

Al pasar de los años, cuando regresé de mis estudios en el extranjero, enfermó de muerte y pidió que la visitara al hospital.  Rondé el pasillo frente a su puerta, pero no pude entrar. El secreto de mi Tía me había obligado a enfrentarme a mis propias ansias ocultas. No tuve el valor de despedirme de ella.

Todos los aniversarios de su muerte, visito su tumba.  Me siento a su diestra y lloro de rabia y vergüenza.  Mi traición me acompañará toda la vida. Moriré despedazado por mi consciencia, sin el arrullo de flanes de calabaza y dulce de grosella.

Sobre el autor

Egidio Colón Archilla

Egidio Colón Archilla
Egidio Colón Archilla

Nacido en el Hospital Presbiteriano, el 14 de agosto del 1944. Egidio vivió de cerca las maravillas de un mundo santurcino ya desaparecido.  Luego de una carrera en hotelera de más de 20 años, en su retiro decidió tomar un curso por Internet de redacción de cuentos con el destacado escritor Max Chárriez.  Producto de esta vivencia nació la novela inédita “Los Sones de María Antonia,”  homenaje a la gran diva española Sara Montiel, de la cual nos comparte uno de sus sones.  Hoy día Egidio vive rodeado del amor de sus hijas gemelas, sus nietas y bisnietas, su familia, sus amigos, su compañero de 30 años el periodista y poeta Armindo Núñez Miranda y su perra Dafne.

Nota. Este texto es una colaboración para la serie de “Intertextuales”. Tercera imagen.