Por  José E. Muratti Toro

La muerte siempre llega de mano de quien menos la esperamos.

Llegamos en el vuelo 426 de Ciudad Panamá a Tegucigalpa.  La hermana Christine nos esperaba en el aeropuerto en una station wagon Ford con paneles simulando madera de 1976.  De camino nos contó todo lo que estaba sucediendo en el país, en el pueblito llamado Progreso al que solo el nombre había llegado, del centro para huérfanos en el cual ha trabajado en treinta de sus cincuenta y tres años.  Nos dio todos los detalles en perfecto español con ese leve acento, en su caso de Nebraska, que los estadounidenses nunca abandonan no importa cuántos años lleven en territorio de habla hispana.  Y nos entusiasmó como a dos chiquillos que se van por primera vez a hacer “trabajo misionero” lejos de las comodidades de la clase media-media que siente esa mezcla de agradecimiento existencial haberse librado de la pobreza y ese deseo de compartir ese agradecimiento mezclado con solidaridad con que se mira a los que están uno o dos escalafones por debajo sin que ninguno de los dos sepa por qué.

Llegamos a la hora de cenar.  Nos bañamos con agua fría por primera vez en no sé cuánto tiempo y nos sentamos a cenar plantillas de maíz, frijoles y muslos de pollo frito que los niños devoraron casi sin engrasarse los labios.  Esta era una cena suntuosa – nos enteramos después – porque habíamos llegado los “amigos de Puerto Rico” a hacer labor voluntaria.  El centro se llamaba Orfanato Hipólito Jiménez Juarbe, bautizado con el nombre del campesino que no había tenido hijos y lo fundó para que a su mujer se le diera el sueño de ser madre.  Sin que la hermana Cristina – ella insistió en que usáramos el nombre en español – se diera cuenta le fuimos pasando los muslos a los chicos a nuestro lado que, a su vez, los compartieron con los que quedaban más lejanos.  Pensándolo bien, creo que se dio cuenta y fue a buscar más agua y a llevar platos a la cocina para que pudiésemos compartirlos.  Compartir alimentos crea lazos duraderos y esa era la principal razón de nuestra visita.

 Fregamos obviando las protestas de la monja-vestida-de-civil, nos unimos a la conversación sobre los aprendizajes del día que se hacía todas las noches, seguida de la oración de gratitud antes de dormir.  Creo que hace más tiempo de que nos bañamos la última vez con agua fría que el que hace que participamos de una oración.

 Al otro día, desayunamos pan y café y nos dimos a las tareas que nos había preparado Cristina y Alicia, una inmigrante salvadoreña que se encargaba de todas las mejoras a la propiedad con una energía y un tesón que solo opacaba su silencio y la bondad en sus ojos.  Alicia tenía el rostro cubierto de cicatrices, de esas compuestas de pliegues de piel que quedan después de quemaduras de tercer grado.  Su esposo le había tirado el sartén de manteca hirviendo encima porque había vuelto a freír pollo y habían comido pollo la noche anterior.  Demás está decir que el marido no trabajaba y que era responsabilidad de Alicia conseguir la cena, cocinarla y conseguirle dinero lavando platos en una fonda cercana para él jugar cartas en el bar de la esquina y poder convidar a los amigos.

 Se nos hizo muy difícil no desearle la muerte en voz alta y dejar de mirar a Alicia con el corazón partido, lo cual Cristina nos suplicó no hiciéramos para no hacerla recordar y revivir la causa de nuestra desolación que jamás se acercaría a la de ella.

 Cuando salimos al patio todos los chicos nos rodearon queriendo conocernos.  Les dijimos nuestros nombres, nos dijeron los de ellos, sus edades las cuales más de la mitad no sabía y sus juegos favoritos que usualmente incluían conversar sobre las lecciones del día y la oración antes de acostarse.

 Enterrándonos las uñas y tragando gordo nos dispusimos a las tareas del día: arreglar el techo de la covacha de las herramientas, los varones, remendar ropa que hubiésemos usado para lavar las llantas del auto, las mujeres.  Nos mirábamos en cada oportunidad que teníamos para corroborar cuán estrujado teníamos el corazón, cuánto queríamos no comer para que ellos comieran nuestra porción, cuán materialistas y superficiales y necios nos sentíamos por nuestras frustraciones diarias con el tapón camino al trabajo a pesar de tener aire acondicionado en el auto del que solo nos quedaban veinticuatro pagos de trescientos ochenta dólares, o la falta de estacionamiento en la universidad por la noche a pesar de estar pagando doscientos dólares el crédito, o la espera en la oficina del médico a quien teníamos que dejarle diez dólares de deducible, o la indignación de tener que pagar casi cinco dólares por un jugo de naranja con gajitos en el supermercado, o la porquería de programación teníamos en los cinco canales locales y la mayoría de los dos cientos y pico de cable…

 Durante el almuerzo, en que distribuimos los nuestros en los platos aledaños ante las repetidas ausencias de Cristina, vi una niña de unos doce años al final de la mesa que no despegaba los ojos del plato.  Tenía el pelo tan corto – módico método anti-piojos – y era tan delgada que parecía un niño.  El trajecito color vino despintado y surcido, y las chancletitas rosas corroboré que era nena.  Al terminar el almuerzo, le llevé una galleta dulce que había sido mi postre y le dije: “Uff, estoy repleto, ¿quieres mi galleta?”

 Me miró asustada pero el hambre vieja pudo más y me arrancó la galleta de la mano.  Se la metió entera en la boca y salió corriendo a masticarla en el balcón mirando hacia las montañas coronadas de un abanico de verdes que rodeaban el asilo.  Me recosté del marco de la puerta a tratar de ver lo que miraba.  Al poco rato a mi espalda escuché la voz de Alicia por primera vez.

 – “Se llama Stephanie.  Está pensando en su hermanito.  Cuando la recogimos en el basurero detrás de la alcaldía, nos dijo que estaba buscando comida para su hermanito que estaba con su mamá en una choza al otro lado del pueblo.  Al llegar, encontramos la mamá estaba tirada en el piso, borracha.  El hermanito estaba llorando en un rincón en el piso de tierra.  Haría por lo menos dos días que no le cambiaban el culero de pedazos de sábana que tenía puesto. Cuando se lo sacamos, tenía gusanos entrándole por el ano, el pipí y en la carne viva donde la piel se le había quedado pegada al culero.  Se lo entregamos a las autoridades, pero no hemos sabido más de él.  Cada rato se escapa y llega al hospital a preguntar, pero nunca le dicen nada.  Siempre regresa con nosotras y a veces la escuchamos llorando en la madrugada.  Nada la consuela.  Baja la vista y llora o se pone a mirar hacia la cordillera como si esperara verlo venir con algún familiar por el camino que da al despeñadero”.

 Me volví a preguntar por qué no habían tratado de averiguar pero ya se había ido a recoger los platos de los trece niños y cinco adultos que habíamos ocupado la mesa.

 Hablamos con Cristina y un poco a regañadientes nos autorizó a ir al hospital a indagar sobre el hermanito de Stephanie.  La administradora que nos recibió puso la cara de fastidio de los empleados públicos que ven en los extranjeros que vienen haciendo preguntas que resultan en más trabajo que nadie aprecia y que rara vez tiene resultados.  Buscó en todos los posibles archivos de los pasados seis meses mientras esperamos pacientes en las sillas de madera de la sala de espera bajo un abanico cansado que daba vueltas porque la poca electricidad se lo exigía.

Cuando llegó de vuelta, tenía esa extraña expresión de los trabajadores de la salud que luchan por no dejar entrever su desolación al reconocer un caso desgarrador resultado más de la atrocidad de que somos capaces los seres humanos.  El padre de David, como se llamaba el niño, había venido al hospital a recogerlo porque él no necesitaba de la caridad del estado, que para eso tenía mujer que más valía que se encargara del muchacho.  La mujer que lo acompañaba, borracha, llena de moretones y laceraciones en la cara y los brazos, trató de sacar pecho y decir que ella podía encargarse de su hijo.  Y así se lo llevaron, con las llagas abiertas y la mirada famélica incrustada en los ojos apretados de un llanto inconsolable.

La empleada nos dijo dónde habían sepultado al niño unos días después de habérselo llevado.  Una de las familias acaudaladas del pueblo, a quien el médico del hospital le contó la tragedia, tenía un pequeño sarcófago que había usado para su propio hijo que había muerto de cólera veinte años antes.  Le dijeron que usaran la tumba, que ellos no tendrían nietos y qué mejor que darle una última posada a aquel pobre angelito.

Cuando se lo contamos a Cristina, a pesar de más de treinta años tragando tragedia, no pudo contener el llanto.

– “Creo que se lo debemos decir a Stephanie”, dijo después de un rato.  “Estas cosas es mejor enterrarlas para que no amarren a uno a un pasado que no debe ocupar nuestros recuerdos”.

Al día siguiente llevamos a Stephanie al cementerio.  Cuando llegamos frente al pequeño sarcófago, para nuestra sorpresa no lloró.  Se sentó sobre sus pantorrillas al lado del ataúd de hormigón y comenzó un diálogo con su hermanito tan susurrado que sólo él la escuchó.  Nos alejamos un poco dizque para darle privacidad, pero en realidad fue para no dejar que nuestros jipíos la afligieran más.  Después de un largo rato, se puso de pie, abrió una desteñida carterita que siempre llevaba colgada del hombro, y sacó una figurita de plástico que colocó en la cabecera de la tumba.

Vino hasta donde estábamos, nos miró con los ojos claros como las mañanas sin lluvia que despejan de neblina los montes tras el Progreso, y nos dijo: “Quiero volver a nuestra casa”. Bajó la vista, me tomó la mano y regresamos sin decir palabra todo el camino de vuelta.

Al llegar corrió hasta donde estaban los otros niños y ayudó a levantar a un pequeño de unos dieciocho meses que apenas se podía sostener en pie pero que, corajudo, se empecinaba en levantarse y caminar con el resto de los niños más grandes.  Stephanie lo agarró por las manitas y lo ayudó a caminar hasta donde estaban los demás.  Por un momento me pareció que miró hacia donde yo estaba y me sonrió.  Pero pudo haber sido que se estaba alejando moscas de la cara.

Regresamos después de las tres semanas en el Progreso.  Nuestras amistades ya se cansaron de nuestro estado de ánimo parco, sosegado, introspectivo.  Tratamos de explicar todo lo que sentimos en aquellos dieciocho días, pero algunos nos miran con esa extrañeza de los que piensan que tuvimos una experiencia extra-sensorial.  Otros se deprimen y dejan de llamarnos por semanas.

Mañana llenamos los formularios de solicitud para regresar al Progreso el verano que viene.  Nunca pensé que desearía que llegara el verano para sentir que la vida tenía algún sentido.  No creo que convenzamos a mucha gente para que nos acompañe, pero no importa.  Stephanie se alegrará y eso es lo importante.

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextuales Tercera semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextuales
Tercera semana

 

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Sobre el autor:

José E. Muratti
José E. Muratti

José E. Muratti-Toro nació en Mayagüez, Puerto Rico. Posee un Bachillerato de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras; una Maestría en Educación de City University of New York en Staten Island; y cursos conducentes al doctorado en Sociología en State University of New York en Stonybrook. Actualmente cursa estudios conducentes al doctorado en Historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

En el campo de las artes, trabajó en teatro y representaciones musicales en la UPR en la década de los 70, con Teatro del Sesenta en los 80, y publicó poesía en la Revista Cupey de la Universidad Metropolitana, así como en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Su cuento “La víbora del desierto de Kavir” recibió el Premio de Escritor Inédito en el Certamen de Cuento de El Nuevo Día del 2012. El mismo forma parte del libro de cuentos del mismo nombre publicado por Isla Negra en 2012.

José trabaja actualmente en dos poemarios: “Morada de Miradas” y “Utopías descifradas”.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Tercera semana.