Por Noel Ernesto

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

—Juan de Peñuelas.

—Odio que me griten.

Fue lo primero en decirle a la voz de la radio. Aquello le fascinaba.

Por un tiempo fantaseó con la idea mientras corría bicicleta gritando saludos por  su megáfono. El mismo le había costado dieciocho dólares, pero pagó veinte porque el vendedor del pulguero no tenía cambio. La bicicleta le salió más cara y la perdió en un accidente de auto.  No se la repusieron porque, alegadamente, no hizo el “pare” al virar a la derecha. Lo raro es que no recordaba esa curva y tampoco estaba seguro de que hubiera un “pare”. Así que las siguientes bicicletas fueron más baratas. Las dichosas ya le habían salido muy caras, contando el riñón. Tuvo que operarse por los continuos y forzados pedaleos por las cuestas que ondulaban el camino, como si fueran un látigo que nunca culminaban de dar fuete.

Tuvo que vender el megáfono en la ferretería por trece dólares. Pidió quince (ya estaba usado) pero el encargado, después de convencerlo de que era muy peligroso correr la bicicleta usándolo,  le ofreció comprárselo.   —Es lo mejor que un amigo puede hacer —le dijo. Así que salió sin megáfono cuando su intención era comprar un velcro para sujetarlo al manubrio.

—¡Saludos, Juan de Peñuelas!  Pero, ¿quién te grita, hermanito? —respondió la voz de la radio.  El diminutivo no le sorprendía,  todos lo achiquitaban y no por su edad pues ya contaba con más de cuarenta y pico en ese entonces. Quizás porque era bajito o más seguro aún, por ser tartamudo.  Sentía que todos le hablaban como maestras a niños especiales. La gente se reía de sus comentarios como si fuera un comediante, después apaciguaban la risa tocándole el hombro, o con un “ay Juanito”. El también reía, ya había aprendido que con la risa todo duele menos.

—Las per-per-personas que que van, por la ca-calle. —Había practicado la primera línea, pero no estaba preparado para una ronda de preguntas.

—¿Por qué? ¿Tú te la pasas en la calle?

—Sí.  —Quiso añadir “en bicicleta”, pero era muy difícil pronunciar esa palabra. Hubo un silencio incómodo, como en espera de un comentario jocoso que al locutor no se le ocurrió.

—Pues… gracias por llamar.  —Cuando escuchó ese gracias alargado se apresuró a decir:

—Y que no me griten.

Colgó el teléfono.  Se sintió tan orgulloso, como si le hubiera hablado  a todos en la cara, sobre todo a Joe, que guiaba sin licencia pues no tenía más de 15 años.  A Joe lo perdonaba siempre por ser el hijo de su madre, su hermosa madre, la de las piernas gordas, la de las  nalgas grandes, la que si sube por las escaleras se asoman a verla todas las cervezas del bar “El Maestro”. Ella a veces le escribía cosas para él. Así podía hacer sus diligencias entregando tarjetas. Era una gran estrategia y se le había ocurrido a él solo.

Ahora contaba con 66 o 67, esos números siempre le daban problemas, será porque los dos los pensaba con z.

“Nunca se es muy viejo” pensó Juan, por eso todavía corría bicicleta. Evitaba algunas cuestas, pero aun podía hacer sus diligencias.

Pasaba muchas horas en el parque. Todo después de aquella promesa. De la chiringa solo quedaban unas tiras entre las enredaderas, pero aun podía ver algunos colores, aunque mucho más opacos. Aquel niño era único. Le hablaba como si fuera un adulto. Todavía le daba vergüenza el pensar que cuando el niño lo invitó a jugar con su chiringa, él se emocionó tanto que no se la devolvió hasta que la enredó en el árbol. Trato de sacarla pero lo enredó aún más.

—Te la bajaré y  la llevaré a tu casa —recordaba haber dicho, aunque tardó mucho en terminar la frase.  No solo por el tartamudeo, también por vergüenza.

—Para cuando puedas soltarla, ya estaré viejo y no me gustarán las chiringas.

El niño vio su error en el gesto que le marcó la cara.

—Nun, nu nunca…

—… se es demasiado viejo —termino el niño, ofreciéndole su mano.  —Tienes razón  Un placer conocerte, Juan.

Ya no sabía dónde vivía aquel niño, pero aun veía las tiras de la chiringa, eso debía ser una señal. Se la hubiera podido llevar a tiempo si no fuera por el otro Joe.  A todos los que se burlaban de él, los llamaba Joe, porque a todos los perdonaba aunque no fueran hijos de las nalgas que tanto amaba. Y no era   para menos, era un muy buen par de nalgas.

Se había pasado semanas tratando de desenredar la chiringa sin dañarla. Si alguien le hubiera dicho que no tenía que desenredar el hilo hubiera sido un acto piadoso.  Con un  “Juan, se le puede poner otro hilo” hubiera sido suficiente. Pero a nadie le gusta cortar un buen chiste. En una ocasión, estuvo a punto de desenredarlo. Quizás Joe pensó que si lo lograba, la vida de Juan ya no tendría sentido o quizás solo quiso estirar el chiste. Así que se le ocurrió enredar todo tipo de hilos entre las ramas del árbol. Parecía que el árbol era la colonia madre de una invasión de arañas extraterrestres. Cuando Juan lo encontró al otro día no lo entendió pero supo que algo se había roto dentro de él. Podía jurar que hasta escuchó el “crash”, o el “click” o el “prac”… no estaba seguro. Lloró mucho, tanto que la veintena de personas reunidas allí para reírse de su reacción, no lo consideró gracioso. Se acercaron y lo consolaron. El consuelo es algo cultural en Puerto Rico. Todos sentimos las penas de cualquiera, por más tontas que sean.

Juan sigue sentándose en el banco bajo el árbol, donde ahora hay una plaza.  Va allí después de pasar por una charca virgen que, gracias a su tartamudeo, nadie conoce aún. Hubiera querido contarles que encontró camarones pero ya estaba harto de las dificultades que pasaba para comunicarse. Total,  los que se tomaban el tiempo de escucharlo,  se reían de un chiste secreto que todos, menos él, conocían.

No perdía la esperanza de que algún día el niño apareciera y él pudiera disculparse por enredarle  la chiringa, por no haber podido desenredarla, por no haberla devuelto, y sobre todo, por ponerse viejo y ya no poder llegar a las ramas. Pero al menos podría asegurarle que él, que sí era joven y fuerte, era capaz de hacerlo, ya que ahora sabía que no tenía que desenredar el hilo, solo bajarla. Además le aclararía que hay cosas para las que uno estaba muy viejo, como subir cuestas o trepar árboles.  Pero nunca se es demasiado viejo para aprender algo nuevo. Se lo diría, ¡claro que se lo diría! De hoy en adelante estaría practicando para ese encuentro, como lo hizo  aquel lejano día en que pudo hablar por la radio.  Nunca se es demasiado viejo para aprender algo nuevo.  Nunca se es demasiado viejo.  Nunca.

Sobre el autor:

Noel ErnestoNoel Ernesto es director y actor de teatro. Criado en Vega Baja y actualmente residente en San Juan. Comparte sus letras en el blog: Con mis dedos torpes.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.