Por Peter M. Shepard

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana


            — Creo que esa es la última foto que le tomaron a don Chuma  — le contaba doña Beba a la turista de Orocovis, mientras sacaba de la manteca unos bacalaítos. — Así como lo ves en esa foto, así mismo era verlo todos los días. Vengo ahora mi’ja. —

            Mientras doña Beba atendía a unos clientes al otro lado del kiosco la turista de Orocovis observaba detalladamente la vieja foto en el marco lleno de polvo colgando sobre la registradora y justo debajo del letrero que anunciaba las mejores frituras de La Parguera. En la foto, un viejito humildemente vestido, con una pava y sentado en un banco de madera, velaba varias líneas de pesca ubicadas entre la arena. Una bicicleta de un azul raro estaba recostada de un árbol frondoso que le daba sombra al área del banquito. El pescador, más que mirando a las líneas de pesca, parecería que observaba fijamente a quien a su vez observara la foto. Las arrugas que surcaban la cara del modelo le daban una cierta dignidad pueblerina, tan boricua como el pionono que se estaba comiendo. Por la imagen, le pareció un doñito simpático con algo de melancolía en sus ojos.

               — Pues como te decía — continuó la friturera al regresar como si nunca se hubiera ido —  a Don Jesús Manuel Morales lo conocía todo el mundo en Lajas. Dicen por ahí que era un primo quinto de Jacobo Morales. Llegaba todos los días en su bicicleta, exactamente con la salida del sol; preparaba sus anzuelos, con pulpo que es la mejor carnada para atraer a los pargos, y tiraba sus líneas. Algunos días no pescaba na’, pero otros se llevaba un montón. Casi siempre, caída la tarde, y si había pescado, se sentaba ahí mismito donde tú estás, y me intercambiaba uno o dos pargos por unas frituras. Las alcapurrias de jueyes eran sus favoritas. ¡Ay las alcapurrias, mi’ja, que se me queman! —alcapurrias

            Doña Beba siguió narrándole de la vida de don Chuma mientras sacaba las alcapurrias con un gancho y las ponía a escurrir. Le contó que el pobre viejito vivía solo. — Te cuento que su señora, doña Marinita, había fallecido como dos años antes de tomar esa foto. Y de que de sus 11 hijos la última que le quedaba murió tres meses después que la difunta esposa.—  Le informó, mientras amasaba unas nuevas alcapurrias en una hoja de plátano y las echaba a freír, que posteriormente de la muerte de su hija la vida se le hizo muy difícil pues no sabía cocinarse, ni nada de las cosas del hogar.

            — ¿Quieres otra cerveza? — le ofreció a su interlocutora mientras ponía a freír un nuevo grupo de alcapurrias. — Aunque dicen que queda por ahí un hijo varón que se fue a vivir a San Juan. Pero nunca quiso que le avisaran que su madre había muerto o de que el viejo estaba solito. Yo no sé si alguien sabe de verdad donde encontrarlo. Dicen las malas lenguas que se fue peleado con su padre y que don Chuma anunció que para su familia él estaba muerto. Tenía como 35 años cuando se marchó y la gente del pueblo rumoraba cosas de él. Y ya tú sabes, en pueblo pequeño, campana grande. Todos decían que soltero maduro… Pues eso. De todas maneras el viejo estaba muy solito, la última vez que lo vi, se sentó a hablar conmigo, ahí mismito donde tú estás sentada, y me confió que ya no quería seguir viviendo con tanta tristeza en su casa vacía. Me dijo que tenía un plan, pero que necesitaba que yo y Pito, mi hijo, lo ayudáramos. Después que me lo relató, a mi me pareció razonable. Esa fue la última noche que lo vi. —

            Como dado por terminado el cuento la doña se viró y comenzó a rotar las alcapurrias para que se cocinaran por el otro lado. La turista de Orocovis tomó un sorbo de la cerveza esperando que continuara con la narración, pero doña Beba pareció distraerse en sus propios pensamientos.

            — Pero, ¿qué pasó con él? — casi le gritó la clienta antes de que la curiosidad la volviera loca.

            — Te lo voy a contar, pero si repites lo que te voy a confesar lo negaré aunque me torturen y me maten — dijo Doña Beba con voz pausada y susurrando como en secreteo mientras acercaba su cara brillosa de sudor y grasa a la cara de la turista. — Esa noche, como a las dos de la madrugada, Pito y yo lo recogimos y lo llevamos a la Laguna Cartagena, por el barrio Maguayo. Luego de parquearnos, Don Chuma nos dio un abrazo, cogió un bultito de ropa que había montado en el carro y se adentró en la maleza. Me pareció curioso que sus ojos ya no se veían tristes. Nosotros nos metimos en el carro para regresar, pero yo me bajé de nuevo porque el repentino sentido de culpa no me permitía dejarlo allí solito. Fue en ese momento que vi una luz rojiza en forma de huevo salir de la laguna elevándose sobre nosotros. Entonces un rayo brillante iluminó a don Chuma. ¡Te juro que en lo que pestañe ya no estaba! ¡Ay mi’ja, las alcapurrias, que se me queman…! —

Sobre el autor:

Peter M. Shepard
Peter M. Shepard

Peter M. Shepard nació un domingo 14 de septiembre de 1959 y es natural de Juncos, Puerto Rico. Obtiene un Bachillerato en Artes con concentración en turismo de la Universidad del Sagrado Corazón (USC) en Santurce, P.R. donde es reconocido con la Medalla Pórtico de Liderazgo en 1985. Como asistente de vuelo vive y conoce diferentes culturas en seis continentes. Su interés en el desarrollo comunitario, la sociedad civil y la igualdad de derechos de las personas en Puerto Rico lo llevó a terminar en julio 2006 estudios conducentes a una Maestría en Administración de Organizaciones sin Fines de Lucro en la USC. Actualmente es Director Programático de Coaí, Inc. una organización de base comunitaria dedicada a promover la prevención del VIH/SIDA y a educar en el área de sexualidad humana, aportando a erradicar el estigma y el discrimen en las minorías sexuales. Perteneció al Colectivo Literario Homoerótica. Ha publicado cuentos en las antologías Ó: Antología del Colectivo Literario Homoerótica y de pinga[zos] del Editorial La Tuerca. De cuando en vez publica en su blog Quien ríe el último, piensa más lento.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.