Por Max Chárriez

Playa Sucia, Puerto Rico
Playa Sucia, Puerto Rico

El mundo  es un telón de teatro

tras el cual se esconden los secretos más profundos.

-Rabindranah Tagore

No lo sentí llegar. El ir y venir de las olas, los destellos del sol en el agua cristalina y la intensidad del azul caribeño me hacían fruncir el ceño mientras jugaba con mis pies en la arena a la orilla de la playa, hipnotizado.

Su sorpresivo abrazo me sacó de mi letargo; el beso húmedo y profundo despertó todos mis sentidos. Aspiré su olor a sudor agridulce mezclado con su perfume y el salitre de aquel pedazo de paraíso tropical, sentí sus cachetes húmedos, lo empujé por la nuca salpicada de cabellos mojados por la canícula de aquel miércoles de verano y le devolví el beso. Azul.

Había llegado temprano al poblado en un acto totalmente fuera de carácter para mí. Nadie en mi círculo de amistades creería el rumor que había viajado 3 horas en busca de una quimera que llevaba la forma de un cuerpo de estudiante de 19 años. Después de un semestre de miradas y sugerencias y dos semanas de  recorrer la ciudad, de bailar, de comer juntos y de tener sexo en cada rincón del apartamento y lugares inapropiados, mi cuerpo se negaba a su ausencia. Ya no era racional. Mi intención era buscar un cuarto de hotel en el que pudiera recibirlo cada vez que pudiera escaparse de su familia.

Lo llamé temprano, tan pronto crucé los límites del pueblo. Él contestó con una risita pícara y me dijo que los esperara en esta playa desierta. No esperó a que contestara, colgó. Acostumbrado a la intrepidez de sus hazañas, busqué el lugar con esta mezcla de excitación y aprehensión. ¿Qué tendría entre manos esta vez? No importaba.

Por supuesto, me hizo esperar. Yo me quité los zapatos, me enrollé los pantalones y dejé seducir por el paisaje.

Mientras me besaba fue halando la camisa hasta sacarla del pantalón. Lo sentí buscar enredar en mis vellos sus dedos niños, apretarse al bulto de mi barriga, su piel despertar al deseo de la mía. Se despegó lo suficiente para buscar desesperado los botones de mi camisa, casi arrancarlos, tirar de ella, quitarse su camisilla de rayas de colores y fusionarse otra vez a mi cuerpo.

Me dejé llevar, alucinante, mareado por la bellaquera y el calor, los besos húmedos de sudor y saliva. Me exploró la barba, el cuello, el pecho, mis pezones; lo sentí bajar por la barriga, lamer las gotas de sudor entre los vellos. Lo vi, ensimismado, mirarme a los ojos mientras me desabrochaba el pantalón, poner una sonrisa traviesa para tomarme en su boca…

Después me besó, como un reto, para que me probara a mí mismo en su boca, el dulce residuo del primer orgasmo playero. Nos reímos mientras yo me abrochaba los pantalones, me acomodaba la camisa y cobraba consciencia de estar en un lugar público. Se retiró de la orilla primero, yo terminé de acomodarme la ropa en su sitio y entonces me volteé a seguirlo…

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Lo vi alcanzar su bicicleta azul bajo el árbol, tomar el manubrio, moverla del árbol y subirse, le iba a gritar mi sorpresa, que a dónde iba, que me esperara, pero entonces, simultáneamente, noté al viejito sentado en un banco bajo el mismo árbol, muy quieto, mirando fijo al horizonte. Quedé paralizado, me penetró una vergüenza instintiva, un miedo primordial… ¿Nos vio? ¿Llamó a la policía? Mis manos trataron de cubrir mi cuerpo vestido, taparme la cara… Busque entre el palmar, en los árboles, en el agua por más gente, pero no había nadie. Fijé nuevamente y con disimulo, mi mirada en el viejito que seguía observando el horizonte, me volví hacia el mar buscando que miraba, pero no había nada más allá de la inmensidad del azul, ni tan siquiera una nube…

—Manuel, no te preocupes, es ciego —me indicó en un grito murmurado entre unas gríngolas de dedos.

Lo vi marcharse, dejándome allí, así, con una risita burlona. Lo vi alejarse en la bicicleta azul entre el verde y las sombras del camino desierto. Lo vi volverse y mirarme aún con la sonrisa burlona en los labios. Entonces algo me rosa el pie desnudo en el agua y es su camiseta de rayas de colores que flota en el agua. La recojo, la exprimo, la huelo, cierro los ojos mientras inhalo la mezcla de sal y perfume… azul.

El viejito seguía mirando su horizonte.

 

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Sobre el invitado:

Max Chárriez
Max Chárriez

Max Chárriez  nació el miércoles 16 de octubre de 1968 en Río Piedras. Creció en el Barrio Pájaros Candelaria de Toa Baja. Es maestro de español en la Escuela Vocacional Tomás C. Ongay y profesor del lengua y literatura en varias instituciones postsecundarias. Desde el 2010 modera el TallerQueer en Ciudad Seva. Obtuvo su grado de Maestría  en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón con concentración en Narrativa. Actualmente toma cursos conducentes al grado doctoral en Literatura puertorriqueña y del Caribe en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.Fue columnista del Puerto Rico Breeze, antigua publicación GLBTT bilingüe en Puerto Rico. Ha publicado en las revistas Nuevos Tiempos y Turismo Alternativo. En 2007 ganó el Primer Premio en el 13ro Certamen Literario UPPR con el cuento Conspiración. El cuento Belleza está incluido en Los otros cuerpos: Antología de temática gay, lésbica y queer desde Puerto Rico y su diáspora. En 2009 Aventis publicó Delirios de pasión y muerte. En en 2011 publicó Ojos como de hombre, la primera novela de la trilogía “Profecías”. El periódico El Nuevo Día la catalogó como uno “de los 10 mejores libros de ficción del 2011”. Vive con su pareja y una de sus dos hijas en Río Piedras, Puerto Rico.

Su página: Max Chárriez.

Nota. Este escrito es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.