Por José E. Muratti Toro

Esa mujer es una bárbara.  Me agarró, me embrujó, me dio de beber agua de los siete distritos, me envolvió como a pastel de masa y me desechó como a botas gastadas o gamuza llena de grasa, o el tubo vacío de goma explotá.

Nos conocimos en “Hell’s Drivers” un cafetín frecuentado por la ganga de Trujillo Alto en la entrada del Barrio Palmas en Cataño.

Llegó con sus mahones y jacket de cuero, la bandana roja amarrada sobre la cabeza anudada sobre un rabito de caballo que apenas le rozaba la nuca.  Llevaba gafas oscuras, guantes de cuero con las puntas de los dedos por fuera, uñas largas con las puntas negras, botas brilladas con los tacos enlodados, casco colgando del lateral izquierdo de las amplias caderas, piernas como troncos de ausubo, blusa negra escotada, revelando la voluptuosidad de unos senos que nunca han ido al calabozo, apenas contenidos por un sostén rojo que intentaba, sin mucho éxito, mantenerlos a raya ante una audiencia mixta deslumbrada por aquellos labios gruesos, que cegaban con su rojo lustroso y unos dientes que Pedro Flores hubiese descrito como perlas.

Todos nos viramos a verla.  Se hizo un silencio de esos que preceden los más temidos duelos, los encuentros más apasionados, las muertes más aterradoras, los que ocurren luego de un silbido seguido de un golpe de metano que nadie sospecha quién lo liberó.

Miró a toda la ganga de lado a lado, como estudiándolos.  Vino lentamente hacia mí.  Se detuvo frente a mi mesa.  Puso su bota lustrosa de talón enfangado en el borde de la silla entre mis piernas.  Sin retirarse las gafas sentí su mirada como un hierro de marcar ganado, tan caliente que el rojo se vuelve blanco.  Se acercó lo suficiente para que pudiera saborearme el olor a frambuesas de su boca.  Me desconcertó al decir: “No tengo bike.  Se me rajó el bloque subiendo Maravilla.  ¿Me puedo montar contigo?”

Todos los ojos se posaron en mí.  Mike “Hell-raiser” McCloskey, Bill “Pistones” Montañez y Papo “Chupatuercas” Castillo, acostumbrados a llevarse las guerrilleras, las macheteras y hasta las amazonas de Testosteronia, me miraron con hostilidad y una especie de sorprendido respeto.

Yo, Tuto “Mofle-de-acero” Panzardi no era el más alfa de la jauría.  Mi fama de “tumbador” se limitaba a Rita “la Pelúa” Oquendo y a María “Elena de Troya” Barroso, que después de nuestra vuelta a la isla en Sangivin del 2011, se habían despedido con lágrimas en los ojos ante mi negativa a que nos montáramos en una tricicla alemana Ural y nos fuéramos juntos hacia el horizonte de Cabo Rojo o Patillas o Costa Azul.  Rita y María Elena formaron su propia ganga de baikeras, que se llamaban a sí mismas las Valkirias – por las motos de Honda, no la ópera de Wagner – y habían acuñado el “nom de guerre” “Valkirias… sin mofle pero con cigüeñal” que había dado de qué hablar entre los guerreros de la doble rueda por toda la isla.

Todos los ojos puestos en mí, no me quedó más remedio que decirle: “Por supuesto… ¿cómo te dicen, centella?”

“Me llamo Noche, pero me dicen Diosa Lunar” me dijo acercándose tanto que pude distinguir la vodka mezclada con las frambuesas. Haló la silla a mi derecha, la viró con el espaldar hacia la audiencia turuleta y la montó como se monta una Triunfo del 76’.

Recorrí la vista por todo el local, con actitud, como diciéndoles: “Me llevé la monstra y qué”.  Poco a poco todos regresaron a sus tragos y a sus cuentos de esquivar caballos en las curvas de Morovis, y las escapadas de la jara en las cuestas de Maricao y las 130 millas por hora en el expreso de Guánica… de noche… con las luces apagadas… una noche de luna… con los monos cruzando la carretera…

Bebimos y hablamos mierda toda la noche.  A las seis de la mañana, nos pusimos los cascos y salimos.  Arecibo, Utuado, Jayuya.  El cielo es el límite de nuestras máquinas y nuestras rutas, nuestros brindis con chichaíto y carme frita, con pitorro y longaniza, con Jack Daniels con agua de coco y Don Q con parcha en Junior’s en Corozal.

Harley Davidson FX Super Glide de 1971
Harley Davidson FX Super Glide de 1971

Camino de regreso comenzamos a hablar.  “Bueno y ¿qué haces cuando no estás brillando cuero?” le dije bajo el ronroneo del motor 1,200 cc de mi bestia, una Harley Davidson FX Super Glide de 1971, la número 149 que salió de la línea de producción.

– “Soy maestra de inglés en Guaynabo. ¿Por qué, me imaginabas higienista dental en San Pablo o Técnica de Emergencias Médicas en San Lorenzo?”, preguntó con actitud.

– “No” le contesté con más arrogancia que valor.  “Solo quería saber a quién voy a llevar a conocer los confines del cielo” le solté con inflada confianza.

– “Veremos” me contestó con desafío.  “El que derrote al otro en la cama, se queda con la bike” me dijo mirándome a los ojos.

– “Pregúntame si estoy preocupado” le dije sin titubear.  Error.  Salto al vacío sin póliza balloon contra terceros y liability all enclosed.

En la cabaña ejecutiva de “La Hamaca”, me la llevé por el medio y le di con todo lo que tenía sin lograr que se inmutara.  Yo, “Mofle-de-acero” Panzardi, la última Medalla en la subida hacia Guilarte, no había logrado sacudir a la maestrita de inglés que me miraba con cara de “¿ya?” como en la canción de Sabina.

Me miró con cara de Madre Teresa en latex de dominatrix y me dijo: “la llave está en el  bolsillo izquierdo de tu jacket, ¿verdad?” y se tomó su tiempo en vestirse, menear las llaves mirándome con cara de “qué pescaíto eres”, se tiró el jacket sobre el hombro a la James Dean, y me dijo, “Ciao, Panzardi.  Te veo en Cataño”.  Dio la media vuelta, encendió mi montura y se alejó en la noche de mi infortunio.

Mañana voy a la 26, a Cycle Sports Center, a ver qué tienen en remate pues no puedo continuar en esta Schwin verde menta que parece de mariquita o de universitario con guille de ciclista.

Ella volverá.  Lo sé.  Nadie pasa una noche con Tuto “mofle-de-acero” Panzardi y se queda como si nada.  La cuestión va a ser llegar a “Hell’s Drivers” en algo inferior a la Harley.  Hay humillaciones de las cuales uno no se recobra, no importa cuán buena estuviese la condená.  Pero ya verán.  Yo regreso.  Como MacArthur.

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

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Sobre el autor:

José E. Muratti
José E. Muratti

José E. Muratti-Toro nació en Mayagüez, Puerto Rico. Posee un Bachillerato de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras; una Maestría en Educación de City University of New York en Staten Island; y cursos conducentes al doctorado en Sociología en State University of New York en Stonybrook. Actualmente cursa estudios conducentes al doctorado en Historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

En el campo de las artes, trabajó en teatro y representaciones musicales en la UPR en la década de los 70, con Teatro del Sesenta en los 80, y publicó poesía en la Revista Cupey de la Universidad Metropolitana, así como en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Su cuento “La víbora del desierto de Kavir” recibió el Premio de Escritor Inédito en el Certamen de Cuento de El Nuevo Día del 2012. El mismo forma parte del libro de cuentos del mismo nombre publicado por Isla Negra en 2012.

José trabaja actualmente en dos poemarios: “Morada de Miradas” y “Utopías descifradas”.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.