Por Anthony González Miranda

Fotografía de Zayra Taranto 4ta Serie Intertextual Segunda Semana
Fotografía de Zayra Taranto
4ta Serie Intertextual
Segunda Semana

Levanté lo que parecía ser una roca obsidiana enterrada en medio de la playa. Me decepcionó encontrar que se trataba de un carrete de pesca. Había un anzuelo clavado en la esquina del embobinado de nilón transparente y la pesa de plomo colgaba dando golpecitos contra el plástico negro. Sin embargo, me llamó la atención encontrar que un extremo del hilo todavía estaba enterrado.

Traté de levantarlo, pero continuaba a lo largo de la orilla hasta desaparecer debajo del oleaje. El carrete lucía repleto con el embobinado. Sin embargo, allá estaba el resto del hilo, en el mar. Si ya tenía el anzuelo y el carrete en mis manos, me pregunté qué podría haber en el otro extremo.

Seguí el hilo de nilón hasta llegar al agua. Valiéndome del tacto, me sumergí cuando ya no pude mantenerme sobre la superficie. Apenas podía ver algo bajo el agua, pero el hilo me llevó en una sola dirección. Era increíble que sobrara tanto hilo a partir del carrete.

Finalmente, me pareció ver algo al otro extremo, una silueta de algo grande al final del hilo, en el fondo del mar. Traté de subir, pero sentí un alón del otro. Solté el hilo para regresar. Después de todo, parecía estar fijo por ambos extremos. Solo tenía que buscar el carrete en la orilla de la playa y seguir de nuevo el hilo para regresar a aquél lugar misterioso.

Entonces vino el mordisco. La silueta había ascendido del fondo y me había atrapado entre sus fauces. Solo recuerdo el hamaqueo violento, el frío punzante en la cintura y la asfixia. Pudo haber sido un tiburón hambriento, o una aguaviva.

Sea lo que haya sido, abrí los ojos en un lugar totalmente oscuro. Sentí que estaba flotando en la nada. Pronto comencé a sentir el frío intenso, la presión en los oídos, el vacío en el pecho. Sentí desespero y comencé a nadar hacia arriba. El ascenso me pareció eterno. Si me detenía, la sensación de ahogo se hacía más intensa, así que continué con todas mis fuerzas. Cuando finalmente llegué a la superficie, me pareció que por un solo segundo no había perdido la vida.

Antes de abrir los ojos, tomé varias bocanadas profundas de aire fresco. Entonces caí en cuenta que el agua no estaba salada. El aire tenía un sabor dulce. Eché un vistazo al cielo. No había una sola nube. Tampoco vi el sol por ninguna parte. Sin embargo, el día era hermoso.

Busqué la orilla y nadé hasta toparme con un pequeño tablado. En lugar de palmeras, había algunos arbustos frondosos, lirios acuáticos y libélulas acopladas en pleno vuelo. Había algunas flores y cogollos tiernos en las ramas de los árboles más grandes. Francamente, era un lugar hermoso. En medio de todo aquello, al borde de un pequeño muelle de madera elevado sobre el agua, estaba sentado un pescador con su carrete negro que parecía de roca obsidiana.

–Has desperdiciado tu vida –anunció casualmente al verme, como si se tratara de una broma.

–¿Quién eres? –pregunté algo perturbado.

–Chuito. Chuito Nazario. Mucho gusto.

Por un momento pensé que había escuchado mal su primera declaración.

–¿Dónde estoy? –pregunté al verme en un lugar diferente a la playa.

–Estás en el lago –contestó el señor Nazario–. Al parecer, viniste del fondo.

–Entonces es verdad… –me dije a mí mismo.

–Eso parece –confirmó el pescador con suspicacia.

–Debo haber estado a la deriva durante mucho tiempo…

–¡Ya lo creo!

–Pero esto un lago…

–Ya te lo dije, viniste del fondo.

–Eso es imposible.

–¿Por qué es imposible?

–Porque yo estaba en una playa y ahora estoy en un lago.

–¿Estás seguro de eso?

–Definitivamente –contesté enseguida–. Estaba en la playa y encontré un carrete, como el suyo.

–¿Como este?

–Sí, como ese. Pensé que se trataba de una roca obsidiana, pero no fue así.

–Naturalmente –me interrumpió el pescador–. Las rocas obsidianas no se encuentran en la playa, sino en las montañas y zonas volcánicas.

–Alguien pudo haberla llevado hasta allá. Pero el punto no es ese.

–¿Por qué alguien llevaría una roca obsidiana a la playa?

–No lo sé. Tal vez como amuleto de la suerte. Tal vez como compañía. De todas maneras, eso no importa.

–¿Qué es lo que importa, entonces?

–Para empezar, el anzuelo estaba pinchado en el borde del carrete, de manera que el hilo ya había sido embobinado. Sin embargo, uno de los extremos seguía enterrado en la arena. Traté de levantarlo, pero continuaba hasta la orilla y allí se perdía bajo el agua. Lo seguí con el tacto, me sumergí, perseguí su pista hasta dar con una sombra en las profundidades. No sé cuán lejos estaba de mí, así que no pude determinar cuán grande era aquello. Necesitaba un tanque de oxígeno para bajar más. Necesitaba quizás un gancho o una cadena para levantarlo. Fue entonces cuando decidí regresar a la orilla. Conseguiría los recursos para dilucidar aquél misterio en el fondo del mar y regresaría mejor preparado. Comencé a subir, pero fue entonces cuando algo me interceptó. Probablemente fue un tiburón. O quizás fue un aguaviva que me paralizó, ya que no tengo ninguna herida. La verdad, no sé qué me sucedió exactamente, pero debí estar a la deriva durante algún tiempo, hasta llegar acá.

–Pero todo eso que me cuentas es muy absurdo –ripostó el pescador con cierto dejo de condescendencia. Te habrías ahogado si te desmallabas bajo el agua.

–Cuando lo pones de esa manera, quizás sí, pero yo estoy seguro de lo que pasó, al menos hasta el momento en el que intenté regresar a la superficie.

–Está bien. Hay gente que disfruta de inventar historias. Yo prefiero atrapar mi presa con la línea de pescar.

–No estoy inventando nada –riposté–. Tú, por el contrario, no has atrapado nada, por lo que veo.

–El hilo de pescar solo es tan fuerte como la paciencia del pescador.

–La paciencia del pescador puede ser eterna, pero sin una buena carnada jamás enganchará lo que busca.

–La carnada no importa. A veces utilizo un carrete… una roca obsidiana… la verdad ya no lo recuerdo. Creo que cualquier cosa sin sentido puede funcionar. Lo más importante sobre la carnada es que llame la atención del pez que buscas. No tiene que llegar a picar. Con tan solo hacerlo perseguir la carnada puedes traerlo justo hasta tus manos.

De repente me sentí incómodo, ansioso. Estaba hablando con un lunático.

–Ya quiero regresar –dije cortando la conversación–. ¿Me puedes decir cuán lejos está la playa?

–Realmente no está tan lejos –contestó mirando más allá, sobre mí–, pero es imposible regresar.

–¿Cómo que es imposible regresar? –pregunté alarmado–. ¿De qué hablas?

–Ya te lo dije. Has desperdiciado tu vida –repitió al ponerse de pie–. Encontraste a Chuito Nazario y perdiste el resto del mundo. No hay a donde regresar. Se acabó tu vida. Es el fin. Ahora, ven, sal del agua. Enfrenta tu destino a mi lado.

–¡Estás loco! ¡Pero qué cosas dices!

–¡Sal del agua, hombre!

Vi que todavía sujetaba el carrete, así que halé fuertemente del hilo. El pescador cayó en el lago. Sus gritos y manoteos me indicaron que no sabía nadar, pero cuando fui a rescatarlo se abalanzó sobre mí y trató de ahogarme. Me sujetó por el cuello con ambas manos y no me permitió sacar la cabeza fuera del agua. Sabía que estaba perdido, así que lo agarré por las muñecas y me dejé hundir con él.

El pescador luchó por zafarse de mí, pero con el esfuerzo solo logró desperdiciar el poco aire que quedaba en su pecho. Lo llevé conmigo hasta el fondo. De espaldas contra el lecho, finalmente me soltó el cuello, para ya era tarde para regresar a la superficie. Mi boca se abrió involuntariamente buscando el aire que nunca encontraría debajo del agua. Sentí que el lago me llenó el cuerpo. Perdí la consciencia.

Al abrir los ojos nuevamente volví a encontrar las nubes ralas de la costa y el sol deslumbrante justo al ápice del cielo. Estaba acostado entre las espumas de las olas que rompen a la orilla de la playa. Clavé los dedos en la arena mojada para incorporarme. Me pareció sentir el hilo, pero no lo he vuelto a encontrar.

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Sobre el autor:

Antonio Miranda
Antonio Miranda

Antonio González Miranda nace en Jayuya, Puerto Rico, 1988. Es químico licenciado y estudiante de Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón de Puerto Rico. Ha ganado tres primeros lugares en cuento de varios certámenes literarios locales y universitarios, además de algunas menciones honoríficas. Publicó su primer libro de cuentos, Queridos hermanos…, en Puerto Rico, 2012, como una edición de autor. Su primer cuento antologado, ‘Ecos en el anfiteatro’, formará parte de la Antología MetaLenguaje —Literatura y escena metalera— (Santiago de Chile, 2013). También es moderador del blog de discusión literaria ‘De cuentos (vivo) queriendo ser escritor’ bajo el infame seudónimo de Rey Brujo.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Segunda semana.