Por José E. Muratti

Imagen 1 Intertextuales Serie 4 Fotografía: Zayra Taranto
Imagen 1
Intertextuales Serie 4
Fotografía: Zayra Taranto

Hay días tan claros que se puede ver el pasado escondiéndose entre las sombras.

Ayer renuncié a buscar motivos.  Son demasiados los ecos que escarban los mismos pliegos para hallar a las mismas respuestas, las mismas fauces abiertas gruñéndole a la misma estupidez.

Me acomodé en el sillón que da a ese pedazo de cielo.  Descorché el bordeaux que he guardado para esa ocasión exclusiva de la que no me arrepentiría después por no haberla guardado para otra más especial…

Son muy oscuras las cavernas de la memoria donde archivamos las novatadas, las faltas de juicio, los aciertos, las fórmulas que funcionaron una y otra vez, los relojes atragantados de tiempo que no anuncian salidas ni cancelan llegadas; el rostro de ella.

La niebla se disuelve y revela los retos de hacerse hombre, los puños de “Aguja” en la cancha, los hippies de la contienda, el rifle enlodado, el sabor a sangre que siembra el hambre de metales, de pólvora, del olor a muerte humeando del esternón abierto de un enemigo más valiente pero desarmado.

Fueron tan imprevistos los pasos que me llevaron a ascender, como los fueron los adversarios que dejaron de serlo.  Fui disciplinado.  Seguí todas las órdenes al pie de la letra.  Logré que los blandos de corazón me entregaran sus mejores secretos.  Penetré las sociedades proscritas.  Seduje las mujeres dispuestas a renunciar a sí mismas a cambio de esa pasión que todo lo calcina y no deja que nada más crezca.  Sin embargo, pareciera que no ha transcurrido el tiempo.

Solo queda la satisfacción de haber cumplido.  Cumplí.  Cumplí con todo lo que me exigieron, lo que di de buena gana, lo que haría otra vez.  Solo cumplen los confiables. Y nadie es confiable si tiene algo que piensa que necesita, sin lo que cree no podría vivir.  Pocos lo descubren o se lo imaginan.  Se aferran a nacer y en ocasiones encontrar con quien dormir antes de entregarse a una larga existencia que nunca les tiene sentido, y morir.

Es fatal saberse una pieza intercambiable en un escenario de mil hilos que penden de otras manos.  No se trata de que gente agachada en cuartos oscuros trame grandes esquemas, aunque lo hicimos, aunque la hay.  Son los códigos con que se arma este andamiaje a prueba de cambios.

Los dados están cargados.  Se reclutan las mejores mentes precisamente para diseñar e implantar sistemas, instrumentos, programas superlativos para que todo ocurra lo más cercanamente posible al concepto, al modelo, al esquema de la continuidad.  Cuando descubrimos que somos una pieza más, más sofisticada, de gran maleabilidad, pero otra pieza más del andamiaje, ya es demasiado tarde.  Algunos tienen familia y quieren protegerla o la necesitan para refugiarse y tratar de darle sentido a su propia existencia en la de los que dependen de ellos, pues sabemos, lo hemos confirmado, que los demás no cuentan.  Y todos los demás son eso: los demás.  También estamos los otros, los que en mayor o menor grado nunca pensamos mucho en ellos, sean como nosotros o tan distintos como un aborigen de Australia y una Rapunzel de la Alta Lusacia.  Literalmente nos importa un escarabajo los demás.  No se trata de que seamos extraños o que nuestros padres fallaron en su crianza o que tuvimos un tío malévolo que nos enseñó a arrancarles las alas a las moscas.

Tuve una niñez normal.  No hubo monstruos debajo de mi cama ni en pesadillas.  Nunca he tenido pesadillas.  Simplemente jamás sentí nada.  Ni miedo, ni alegría, ni compasión.  Mis padres me parecieron huecos, desconectados entre sí y de mí.  Sentí que no sabían lo que hacían y sin embargo se escudaban en reglas que violaban a espaldas de todo el que no se acomodara a sus preceptos, a sus amuletos de seguridad contra todo lo que fuera distinto.  Quizás por eso tampoco creí todo lo que me enseñaron en los lugares a que me enviaron.  Aprendí a hacer lo que funcionaba.  Todo lo demás lo deseché.  Me propuse llegar al tope.  Estudié.  Observé.  Entrené.  Aprendí lenguas, costumbres, formas de lograr resultados sin el inconveniente de lo que pensara nadie, excepto mis superiores.

Sé que fui de los mejores.  Realicé las funciones que permitían mi trasfondo y mis talentos.  Sobre todo mi trasfondo.  Las raíces lo son todo.  El resto estamos a su servicio.  Han tenido sus traspiés.  En algunos momentos unos pocos de gran carisma han logrado trastocar temporeramente el tablado.  Pero las aguas siempre regresan a su nivel.  Los que quieren el cambio, con escasas excepciones, lo desean para obtener lo que sus raíces le imposibilitan.  El resto somos “tontos útiles” como decía el hipócrita burgués de Carlos Marx.  Lo que ni él imaginó fue a los niveles a que podemos llegar los utensilios de los verdaderos maestros del tablero.  Hasta que nos volvemos obsoletos frente a la nueva camada.  Los más jóvenes, más ágiles, expertos en sistemas más sofisticados, sin el inconveniente de la experiencia que permite tratar de entender el tablero completo.  Les conceden misiones claves que ejecutan con precisión láser, sin importar el contexto o las repercusiones, porque no tendrán que regresar a limpiar la mierda que crean con sus ataques ciegos.

No entender la totalidad del tablero es parte del juego.  Cuando entendemos solo parte nunca sabemos suficiente para alterarlo.  Los que creen entender son unos imbéciles.  Creen que porque se les permite patalear y gritar y fruncir el ceño como suponen que hacen los que tienen el poder de descalabrarlo todo, van a poder cambiar las cosas.  Pero lo usan a sabiendas para reclutar a otros más imbéciles que ellos y acostarse con sus hermanas, novias y hasta sus madres.  Los que saben no hablan y los que hablan, no saben.  Así de fácil es descartarlos y enfocarse en los que son verdaderamente peligrosos.

Pero esos tiempos pasaron.  Sueno como un viejo mamón que sigue creyendo que a alguien le importa lo que piensa.

***

No planifiqué este momento. Me regalé este balcón para un retiro que nunca pensé que llegaría.  No construí nada más.  De todas formas deben estar por llegar.  Sabemos montar una escena para que parezca real.  No puede haber cabos sueltos.  Demasiados datos, demasiados secretos, demasiadas muertes.  Quizás es mejor así.  La vida solo transcurre en la acción.  Todo lo demás es preparación o retirada.

Hace días no me puedo sacar de la mente a Richard Harris tratando de descifrar por qué “after all the loves of my life, I keep thinking of you and wondering… why?” Pero de nada sirve.  Por más que lo intenté nunca entendió. Tampoco entendí como alguien puede quedarse instalada en la memoria para siempre, como un holograma que no cambia y repite los mismos movimientos y la misma sonrisa y aquellos ojos y aquellas manos con que nunca dijo adiós.

Siempre quise una Krieghoff K 80 pump action calibre 12, no la mierda de W. & C. Scott & Son que usó Hemingway.  Y ahora que la tengo me doy cuenta que nunca la usé para cazar.  Sin embargo, qué mejor regalo… qué mejor regalo.

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Sobre el autor:

José E. Muratti
José E. Muratti

José E. Muratti-Toro nació en Mayagüez, Puerto Rico. Posee un Bachillerato de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras; una Maestría en Educación de City University of New York en Staten Island; y cursos conducentes al doctorado en Sociología en State University of New York en Stonybrook. Actualmente cursa estudios conducentes al doctorado en Historia en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

En el campo de las artes, trabajó en teatro y representaciones musicales en la UPR en la década de los 70, con Teatro del Sesenta en los 80, y publicó poesía en la Revista Cupey de la Universidad Metropolitana, así como en la Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

Su cuento “La víbora del desierto de Kavir” recibió el Premio de Escritor Inédito en el Certamen de Cuento de El Nuevo Día del 2012. El mismo forma parte del libro de cuentos del mismo nombre publicado por Isla Negra en 2012.

José trabaja actualmente en dos poemarios: “Morada de Miradas” y “Utopías descifradas”.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Primera semana.