Por Miranda Merced

Me enamoré de la vieja casona, tan pronto vi las fotos que el vendedor me mostró en la oficina. No podía creer el precio que me ofrecían y me apresuré a pagar un depósito no reembolsable, aún antes de visitarla. Fui a conocerla solo, y así me quedé, tras atender la historia contada por la esposa del hombre que reparaba el portón de entrada. Escéptico desde niño, acepté escuchar el cuento de la mujer; un poco por aburrimiento y otro poco por mera cortesía.

No se sabe con exactitud la fecha, pero sí que era otoño. El calor cedía su azote despiadado, dejando atrás esa humedad eterna que alimenta el musgo en las raíces expuestas.  La solitaria casa se medio asomaba a través de la arboleda. Parecía querer invitar a alguien más, que el médico o el sacerdote que al principio la frecuentaban, pero que dejaron de llegar desde hacía mucho tiempo. Ningún vecino se aventuró a cruzar la alambrada desde la desaparición de Jerónimo, el hijo del capataz. Ninguno de los pocos obreros que quedaban en la hacienda salía a la intemperie tras la puesta del sol. Si algún mandado llegaba, se recibía por el portón trasero de la casa, el que daba acceso directo a la cocina y al dormitorio del servicio. No se recibían visitas.

Para entonces, Anarú tendría unos dieciséis años y sus formas se podían adivinar a través de una vestimenta de amplios faldones, como de chiquilla. La belleza se convirtió en su maldición, según repitiera una y otra vez Don Gonzalo, su padre, dueño de la hacienda y último en conocer la turbulenta pasión que se adueñaba del pecho de los dos jóvenes. Cuentan, y no se sabe de seguro su certeza, que cada atardecer Jerónimo salía a hurtadillas de la casucha del servicio, cruzaba los jardines y se escondía entre los arbustos en espera del talar de la noche.  Aseguran también que la niña acostumbraba a reposar la cena, sentada en la mecedora que miraba al río, cuando no había nada más que ver que el sol mientras escapaba al otro lado del planeta.  La servidumbre escuchaba el chirriar de la madera del suelo, cada vez que el sillón, cual péndulo del tiempo, se mecía. No se explicaban el porqué, pero aquel sonido les erizaba la piel desde el principio, y sus miradas se encontraban y escondían en concierto, sin que mediara palabra. Hay quien dice que les asustaba el chillar de los gatos en celo, justo después que se detenía el sonido de la mecedora. No hay un alma que lo jure, pero murmuraban cosas acerca del vientre de la niña y cómo día a día, sus vestidos parecían ajustarse demasiado sobre su pecho. Muchos hablaban, con terror, de los cambios de humor del padre de Anarú quien, como ánima en pena, se movía atormentado por las noches, azotando con el machete las paredes de la casa, rompiendo y lanzando contra el suelo todo lo que encontrara a su paso. Hasta la noche en que salió a cazar los gatos, que con sus quejidos espantaban los únicos momentos de sueño que lograba conseguir.

Ya después no se supo de Jerónimo. El capataz se limitaba a bajar la cabeza cuando le preguntaban por su hijo y a morder sus propios labios en silencio, tratando de impedir que le llovieran los ojos.

Ni Don Gonzalo ni el sacerdote pudieron, no hubo quien lograra despegar a la niña de su punto de vigía, en el balcón de la casa. Anarú continuó, meciendo su espera en el sillón de madera, sin probar alimento desde la misma noche en que los gatos dejaron de maullar su amor, detrás de los arbustos. 

Las criadas se cansaban de limpiar los desechos que la joven dejaba escapar sin inmutarse, y fueron abandonando la hacienda una a una sin dar explicaciones. Las que se quedaron en la casa, fuera por fidelidad, fuera por necesidad, juran que se escuchaba el balancear de la mecedora contra el suelo de madera, días después de que encontraron a la niña sin vida en el balcón.

Una vez muerta su razón de vivir, Don Gonzalo cayó en cama sin poder levantarse nunca más, hasta una noche en que ya cesó de respirar.

Con los ojos húmedos y la mirada perdida me contó la mujer, hija de una de las criadas a cargo, que todas salieron dando gritos al escuchar cuando la mecedora se detuvo, tras los espeluznantes chillidos de los gatos en la maleza.

El esposo terminó su trabajo. Saludó con un leve movimiento de cabeza, tomó sus herramientas y la mano de su esposa, y caminó hacia su auto en silencio.

Dudé un poco al entrar a la casa. No era realmente miedo lo que sentía, pero un sonido extraño, desde el balcón, llamó mi atención. Un rítmico chirriar de la madera. Como si una mecedora se moviera con la brisa.

Imagen 1 Intertextuales Serie 4 Fotografía: Zayra Taranto
Imagen 1
Intertextuales Serie 4
Fotografía: Zayra Taranto

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Sobre la autora:

 

 

 

 

 

Miranda Merced

Escritora y profesora nacida en San Juan, Puerto Rico. Se graduó de Bachillerato en Artes y Educación de la Universidad de Puerto Rico y de las Maestrías en Administración Comercial y Creación Literaria.  Obtuvo el Premio Pórtico, de la Universidad del Sagrado Corazón.  Sus cuentos han obtenido premios en los siguientes certámenes literarios:

Decimosexto Certamen Literario Universidad Politécnica de Puerto Rico

Certamen de Microcuento Revista Cultural En Rojo, 2010, Puerto Rico

Tercer Campeonato Mundial del Cuento Corto Oral Universidad del Sagrado  Corazón, Puerto Rico

Cuarto Certamen Literario Pepe Fuera de Borda, Argentina

La mayoría de sus temas los toma de lo fantástico y de lo extraño. Ha sido publicada en revistas y periódicos impresos y digitales en Puerto Rico y Argentina.  Es una de las escritoras de la Antología de cuentos Vivir del cuento (2009) antóloga, editora y escritora de la Antología Fantasía Circense (2011) y co-editora del libro Genéstica, de Antonino Geovanni (2011). Pertenece al Colectivo Literario Vivir del cuento, donde trabaja la segunda edición del primer libro y un segundo libro del colectivo.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen. Primera semana.