Por Pedro Rodiz

Plumas de ganso

Resistimos todo excepto que nos racionaran el café. El café había dejado de ser un producto de primera necesidad para convertirse en un artículo de supervivencia, más importante que las medicinas y la auténtica razón para levantarnos por la mañana. Los viejos, únicos habitantes que nos rehusamos a abandonar la isla, llegamos en procesión temprano al Centro de Convenciones. Los que vivían más lejos se movilizaron en las guaguas que antiguamente se usaban para los escolares, otros se transportaron en sillas de ruedas, algunos en bicicletas, y la mayoría a pie. Los intrépidos viajaron con el “foley” en una mano y un bulto en la otra.  Los más, arrastramos maletas;  una que otra vieja empujaba carritos de compra de cuando existían los supermercados y las tiendas por departamentos. Los más pobres llenaron bolsas plásticas con todo lo valioso que aún les quedaba después del saqueo gubernamental y las sujetaron a cuanto artefacto tuviera ruedas. Luego de meses de negociaciones con los políticos, se convino a un acuerdo supremo: que se les daría suficiente riquezas como para que vivieran dos vidas y que tenían que residir todos, sin excepción, en la isleta de San Juan.  Que una vez firmado el acuerdo, no podían volver jamás y todas las leyes quedaban eliminadas de inmediato. Entregamos todo. Nuestras últimas pertenencias fueron depositadas en un gran vagón que de inmediato partió hacia la Fortaleza. El gobernador Padilla estaba rodeado de todos los soplapotes del estado que llegaron al lugar con sus trajes blanco de cola. Empezó a dar un discurso incoherente como acostumbraba, pero ya yo había dejado de escuchar. Los miraba con asco ya que me parecían gansos con ese aleteo particular que utilizan para intimidar o marcar territorio y ese graznido insoportable que desorientaba al más listo. Se firmó el acuerdo. El gobernador y sus gansos reales comenzaron a brindar con café  para sellar el tumbe. Nosotros permanecimos impávidos. Tantos años de abusos y maltratos hacen que uno deje de importarle la desfachatez. En solemnidad esperamos a que se fueran en caravana a celebrar su magno evento de saqueo a las escalinatas del Capitolio. Y fue entonces que procedí a dinamitar el puente Los Hermanos, la única vía de acceso a la isleta, para asegurarme de que nunca más volverían a pisotearnos.

Puente Los Hermanos
Puente Los Hermanos

Una brisa fresca peinó el lugar.  De pronto, la alegría perdida llenó, como una loción de brillo juvenil, la piel de todos. Unos deseos primitivos,  hermosos y abandonados inundaron el ambiente. Todos nos miramos con instinto carnal.  Se iniciaron los abrazos, los besos y las lenguas. Ya sin ojos que juzgaran, sin bocas dispuestas a  censurar y sin dedos acusadores fue mandatorio que las ropas cayeran al suelo y las caricias plancharan las arrugas. Todo fue cuerpos erectos, lozanos y húmedos. Los ritos amatorios se hicieron de pie, de lado, acostados, de espaldas, boca arriba, boca abajo, todos entrando en todos.

Después de tantos años de impotencia a causa de legislaciones injustas como la imposición impuestos disfrazados que aumentaron el costo de todos los productos. Además el de soportar que se perdieran los empleos y empujaran a los seres más amados a emigrar.  La implantación de recaudaciones absurdas con el objetivo de pagarle a los bonistas o para quedarse con todo. Con tanta ley inútil y de tanto ganso amaestrado para interpretarlas y hacerlas valer, los políticos terminaron convirtiéndose en los más ricos, insensibles y despiadados depredadores jamás conocidos que hayan parido los vientos alisios.

Imagen 1 Intertextuales Serie 4 Fotografía: Zayra Taranto
Imagen 1
Intertextuales Serie 4
Fotografía: Zayra Taranto

Nos obligaron  a sufrir la negación, la soledad, y la escasez. Por eso, al sabernos liberados de esos hijos de la gran puta, fue un acto tan natural el meternos dentro unos de otros, de llenarnos de sudor, saliva y semen como adolescentes.

Aunque fue muy grato venirme después de tantos años de monguera, decidí no seguir con el ágape ya que mis dedos aun olían a pólvora.

Decidí sentarme en la mecedora, único artículo de valor que me negué a entregar para esperar, con la escopeta alzá, el momento en que algún ganso mañoso decidiera fugarse y regresar volando a burlar el acuerdo. Nada me excita tanto como la posibilidad de poder desplumarlos.

Sobre el autor: 

Pedro Rodiz
Pedro Rodiz

Pedro Rodiz es dramaturgo, director, productor, guionista de televisión y profesor de teatro. Ganador del Premio Nacional de Dramaturgia del Instituto de Cultura Puertorriqueña del 2011 con su obra “Sofía” de Pedro Rodiz y Freddy Acevedo, obra que abrió el 52do Festival de Teatro del Instituto de Cultura Puertorriqueña. También obtuvo una mención de honor en el Certamen Nacional de Dramaturgia del ICP en el 2005 con la obra “El chicle de Britney Spears”. Ha escrito sobre 20 obras de teatro. Posee un bachillerato en el Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras y una maestría en Redacción para los medios en la Universidad del Sagrado Corazón. Es el socio fundador de ADN-r (Auspicia Dramaturgia Nacional), director de más de 50 obras de teatro, partícipe de más de 10 Festivales de Teatro entre los que se incluyen los del Instituto de Cultura Puertorriqueña y el Festival de Teatro de Caguas. Creador del blog sobre el Teatro Puertorriqueño: http://adnrodiz.blogspot.com.

Nota. Este texto es una colaboración a la serie  “Intertextuales”. Siete semanas de escritura creativa a partir de la imagen.