La partícula

Al llegar al monasterio, la Hermana Luisa se fijó en el pobre barbudo sentado en la banqueta que enfrentaba la abadía. No pudo evitar un gesto de asco, provocado por el hedor que se adueñaba de la atmósfera. La visión molestaba por su disonancia. De un lado de la calle, la majestuosa tapia del blanco más puro, asegurada con la antigua puerta de roble tallado, dominaba toda una cuadra. Hasta la pétrea acera relucía de limpio.  Del otro lado de la calle, muy cerca de un oscuro callejón, el hombre de edad indefinida y vestido de harapos, espantaba sin mucho apuro las moscas que se posaban en los envases con restos de comida, en sus pies llagosos, en su boca, en el cuchillo que mondaba la naranja.  Fueron tantas las interrogantes que se aglutinaron en la mente de la Hermana, que solo pudo sacudir la cabeza de un lado a otro, sin decir palabra.

La nueva religiosa no tuvo problemas en adaptarse a la rígida rutina del convento. Disfrutaba tanto de la lectura, que se sumergía en los libros hasta perder todo contacto con el mundo de la materia. Le daba lo mismo si lo hacía en la voluminosa biblioteca que hacía famoso al antiguo edificio, o en la reducida celda que le servía de aposento. Leía de todo: religión, historia, astronomía, física. Uno de esos libros inició su obsesión. Buscó en muchos otros toda la información disponible sobre el asunto. Consiguió permiso para utilizar la única computadora del convento, celosamente custodiada por la Hermana Superiora. Cada dato que encontraba solo servía de alimento al fuego generado en sus entrañas por aquella duda que podría parecer superflua a las demás novicias. ¿Dónde estaba esa partícula? ¿Se trataba realmente de un concepto de la física o era algo más profundo e intangible y por eso era tan fuertemente criticado por la religión?

Su sed de conocimiento se convirtió en una obsesión. No deseaba perder tiempo en otras cosas. No podía concentrarse en los rezos, realizaba sus tareas de limpieza concentrada en lo que había leído, hasta el hambre le resultaba ajena. Cuando no pudo esconder más la comida, se le ocurrió una forma de disponer de ella. Así fue que, diariamente, cruzaba la calle frente a la abadía para ofrecer parte de sus alimentos al sucio vagabundo que la esperaba desde el primer día. Las otras religiosas la miraban embelesadas. No estaban acostumbradas a tan extraño comportamiento: la Hermana Luisa no hablaba. Cuando no estaba en meditación, leía o trabajaba, y renunciaba a sus alimentos para donarlos a aquel muerto de hambre, que besaba las frágiles manos en agradecimiento. La escena era un extasío propio de la beatitud. Estaban convencidas de que se encontraban frente a una santa.

La madre superiora la observaba preocupada. Por excepcional que pareciera a los otros miembros de la congregación, no era la primera vez que se encontraba ante un ser así de virtuoso. Sabía del Padre Eduardo y años más tardes acerca de la anterior abadesa, pero estos seres estaban muy adelantados en la vida espiritual, era la primera vez que observaba un comportamiento así de piadoso en una novicia. No pudo evitar que asomara en su cerebro la angustia incisiva de la envidia, y tal vez la amenaza de ser sustituida por la devota. Resolvió prohibir sus incursiones en la computadora mientras estudiaba con más detenimiento tan peculiar asunto. La restricción resultó ser devastadora. La desesperación se adueñó de la joven religiosa, quien se sintió prisionera por primera vez en su vida. Llegar al núcleo de la verdad era su meta. Encontrar el significado de esa partícula, tan esquiva para la ciencia y extrañamente amenazadora para la religión, resultó ser lo único importante en su existencia.

Una noche, mientras la comunidad se congregaba para la misa de Resurrección, la Hermana Luisa se escurrió por los pasillos hacia las puertas talladas que daban a la calle. Llevaba, entre los pliegues del hábito, la ración completa de su cena. A diferencia de los demás días, el vagabundo se levantó de su puesto, sin esperar la comida. Algo extrañada, ella le extendió el plato. El hombre sujetó con fuerza la mano de la joven a la vez que murmuraba, ronco, en su oído: Yo sé dónde encontrarla.  Ni el agarre áspero de la callosa mano, ni la fetidez de aquella boca desdentada, causaron tan terrible impresión sobre la joven, como aquellas palabras sin aparente significado. ¿Dónde encontrar qué? Se preguntaba, aunque en el fondo conocía la respuesta. El escalofrío se apoderó del cuerpo de la novicia. Estuvo a punto de caer por el golpetazo de sangre que dio su corazón. Tragó grueso antes de preguntar: ¿Dónde? ¿Cómo puede usted saber? El hombre llevó su mano libre hasta el virginal pecho de su bienhechora: Aquí. Una fiera batalla de temores se desató en la mente de la mujer, el saber, el no saber, la fe o la ausencia de ella, la integridad del alma, la del cuerpo, las mismas contradicciones la confundieron y cedió a los requerimientos del hombre, quien la llevó hasta el oscuro pasillo cerca de la esquina.

¿Cuán importante es ese conocimiento para ti? Preguntó la voz cavernosa. Totalmente, fue la contestación. El hombre murmuraba mientras sacaba el reluciente cuchillo del bolsillo engrasado: Lo mismo que para la abadesa, antes que tú (desgarraba la túnica de la religiosa) y para el padrecito Eduardo, antes que ella, (perforaba la piel del pecho)  y para todos los demás que les precedieron (con un movimiento circular del cuchillo, separaba los huesos que protegían al corazón).  No había dolor en el rostro de la delicada muchacha, una mirada de asombro parecía escindir un cielo oculto por la noche.  Sus ojos, terriblemente abiertos, parecían haber encontrado una respuesta. El hombre acercó su boca a la de la ella, que arrebatada en místico arrobamiento no opuso resistencia. Cuando la punta del acero interrumpió los latidos de la niña, una leve nubecilla, un imperceptible vapor cruzó de una boca a la otra.  Después de aspirarlo con placer, el hombre sentenció:

Ahora sabes qué sostiene la materia… Solo la verdad, os hará libres…

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Sobre la autora:

Miranda Merced

Escritora y profesora nacida en San Juan, Puerto Rico. Se graduó de Bachillerato en Artes y Educación de la Universidad de Puerto Rico y de las Maestrías en Administración Comercial y Creación Literaria.  Obtuvo el Premio Pórtico, de la Universidad del Sagrado Corazón.  Sus cuentos han obtenido premios en los siguientes certámenes literarios:

Decimosexto Certamen Literario Universidad Politécnica de Puerto Rico

Certamen de Microcuento Revista Cultural En Rojo, 2010, Puerto Rico

Tercer Campeonato Mundial del Cuento Corto Oral Universidad del Sagrado  Corazón, Puerto Rico

Cuarto Certamen Literario Pepe Fuera de Borda, Argentina

La mayoría de sus temas los toma de lo fantástico y de lo extraño. Ha sido publicada en revistas y periódicos impresos y digitales en Puerto Rico y Argentina.  Es una de las escritoras de la Antología de cuentos Vivir del cuento (2009) antóloga, editora y escritora de la Antología Fantasía Circense (2011) y co-editora del libro Genéstica, de Antonino Geovanni (2011). Pertenece al Colectivo Literario Vivir del cuento, donde trabaja la segunda edición del primer libro y un segundo libro del colectivo.

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Nota:  Agradezco muchísimo a Miranda Merced por haber aceptado mi invitación para colaborar en este periodo de cierre de la serie: “Intertextuales por invitación”.

En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”, en su última semana. Un grupo de escritores invitados se reúne a crear. Un tema semanal escogido por cada invitado impondrá el marco para escribir durante un periodo de diez semanas.  A partir del tema semanal, se compartirán otros textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto, en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta, puede enviar su colaboración a marlyncruzcenteno@gmail.com.

Gracias por pasar a leer,

Marlyn Cruz-Centeno