El retrato de María

Sor Juana se paró frente al “sex shop” y, antes de entrar, se quitó el velo. Disimulado bajo su largo abrigo, vestía su hábito blanco, ceñido en la cintura, con el ruedo hasta las pantorrillas, y sus pies calzados con zapatillas deportivas rosadas, amarradas con agujetas del mismo color.

Abrió la puerta y subió dos escalones. Se topó con los profilácticos de empaque negro que siempre compraba, pagaba rápidamente y escondía de prisa al salir a la calle, porque la inundaban sentimientos de culpa; la ansiedad de que se había consagrado, pero todas las semanas pasaba por allí.

Pero esta vez, en vez de ir directo a pagar, notó el letrero de neón que anunciaba una nueva sección en la tienda: sexualidad espiritual.

El dependiente la miró como siempre, sin juicios, igual que todas las semanas que veía entrar a esta mujer de abrigo negro, pelo corto y sin maquillaje. Le asintió en señal de que la reconocía y le hizo un gesto de bienvenida a visitar la nueva sección.

Sor Juana miró hacia todas partes en la tienda. A esa hora de la mañana siempre estaba vacía. Sentía el pavor en su piel mientras se imaginaba caminando entre juguetes sexuales y aceites. A medida que avanzaba, se le disparaban pensamientos: “¡Pecado! ¡Vete!”

Descorrió la cortina de la nueva sección, y le sorprendió que parecía haber entrado a una capilla. Entre algunas velas y aromas de incienso, distinguió en la pared una pintura de Krishna y Radha, un cuadro de un monje y una monja haciendo el amor con un sólo corazón entre ellos, y un enigmático retrato de una hermosa mujer de mirada piadosa con la cabeza cubierta por un velo marrón y blanco. La mujer era observada por Jesús de Nazaret, y los ojos del maestro sólo irradiaban amor y admiración.

-María Magdalena- murmuró Juana.

De repente, se le disolvió la culpa.

Usó parte de su mesada para pagar el paquete de condones y se detuvo a pensar si compraba o no el retrato; pero tenía necesidades más apremiantes que atender. El dependiente le entregó la mercancía en una bolsa de estraza. Una vez salió del local, Sor Juana se apresuró calle abajo hasta la esquina, y tocó el timbre del paupérrimo prostíbulo.

Comenzó a lloviznar. Una joven de ojos cansados atendió la puerta y le saludó con un gesto; era demasiado temprano para arreglarse. Sor Juana aún luchaba con sus prejuicios internos mientras le extendía la bolsita a la joven.

Ella asintió y la monja la miró compasiva. Hacía meses que les había ofrecido comida y ayuda para convencerlas de otro modo de vida.

-Lo que necesitamos es protección sexual- le dijeron. No dejarían de trabajar mientras pudieran; tenían hijos y familiares que mantener.

Sor Juana sabía que los dogmas servirían de muy poco, así que iba todas las semanas; se quitaba el velo y oraba para despojarse de sus prejuicios.

La joven le dio las gracias y cerró la puerta. Sor Juana sacó el velo de su bolsillo, se lo puso, y prosiguió hacia la catedral bajo un aguacero.

por Samadhi Yaisha / Copyright 2012. Todos los derechos reservados.

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Sobre la autora:

Samadhi Yaisha es creadora de las crónicas de “90 días”, publicadas en el periódico “El Nuevo Día” desde octubre de 2010. Allí narra una jornada fuerte y apasionada para sanar un pasado lleno de pérdidas, y que la ha llevado a viajar a varios lugares en busca de respuestas. Administra el hermoso grupo: 90 días para sanar en Facebook y la página: 90 días, vayan a visitarle.

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En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”. Consiste en un tema semanal escogido por un escritor invitado distinto durante un periodo de diez semanas. A partir del tema semanal, se compartirán textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta.

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Marlyn Cruz-Centeno