Del sex shop y sus chismes degenerados     

     Déjame decirte que yo siempre andaba con un rosario entre los dedos y  la cara casi de cura  hasta que, un par de meses atrás, al señor Bovino Tolomeo se le metió la idea en el cocote de instalar el sex shop La Buena Vibra en un  barrio que parecía tener pocos creyentes en juguetes sexuales o, mejor dicho, menos practicantes del sexo.

    El señor Tolomeo era un dominicanyork que había reunido unos dolaritos con el propósito de venir de retirada a su tierra, comerse las tres papas calientes y coger fresco bajo una mata.

      Pero, aquí entre nosotros, pienso que él no hubiera cogido tanta pela en una factoría si se daba cuenta que con la nariz de cojín de motocicleta que tenía  podía ganarse la vida  masajeando vulvas. No te rías, ombe.

     Yo, en cambio, y esto te lo digo como un secreto de confesión, no había visto a una mujer desnuda ni siquiera en boutique, hasta que él me contrató como encargado del negocio. Mi madre me crió entre su falda y mi padre bajo el imperio de su puño insensible. Y cuando la rebelión que provoca la adolescencia quiso liberarme ya era demasiado tarde.

     El negocio iba viento en popa cuando todo el vecindario comenzó a mirarme como si yo tuviera la culpa de que el barrio se llenara de putas y patos de la noche a la mañana. No sé lo que se creían esa gente, porque, que yo sepa,  las putas y los patos no se hacen ni se siembran. No podía sacar la cabeza porque el tigueraje me voceaba caco e , comegüe… o culo anc.. No aguantaba más ese maldito relajo. Tú sabes que a mí muy pocas cosas me disgustan, pero no por eso me agradan. Esa situación me tenía la coronilla rebosada. Tenía que hacer algo. Pensé que  si agarraba un par de totos esponjosos y los enganchaba en la puerta de entrada podía ablandarles el queso que tenían en la nuca. Pero no me dio resultado.

       Oye, yo estaba seguro que el barrio estaba repleto de hipócritas insatisfechos. “Usen bolsitas para las babas”, les decía.

   También sabía que por esos lares se vendían y se compraban hasta gatos por liebres. ¿Qué? ¿Que lo que hacían era vacilarme? No, señor. Esos hijos de putas nunca vacilaban.

      Por suerte para mí, a los tres meses del sex shop estar operando, llegó al barrio un recién graduado en sexología. Aunque no puedo decir lo mismo con relación al joven sexólogo, quien comenzó a ofrecer entrenamiento de cómo hacer el sexo mágico. Oye, lo peor que le puede pasar a un recién salido de la escuela es encontrarse con un sex shop en un lugar de mala vibra. El recién graduado, que después se hizo socio, parecía una sapo verde enrojecido encima de una roca. Con unos ojos brotados y un cuadre como de actor, envidiable.

  “Si hubiera sabido estudio pa’ sicólogo”, me dijo.

    Los comunitarios, como todo malo agradecido, aprovecharon la presencia del sexólogo para pedir la clausura del negocio a gritos. La cuestión se puso color de hormiga. Quisieron violar la privacidad del local para acabar con todo.

   Allí adentro volaban los anos, las tetas y los totos, unos penes que parecían de toros como si fueran hormas, chavetas, martillos e imanes de un chinchorro de zapatería. Y juntos a los imanes, todos los videos de porno como si fueran clavos. Me acordé cuando jugaba pelota en el campo. Y pensé que el sexólogo debió ser lanzador de grandes ligas, y no sexólogo frustrado. El rebú terminó cuando llego la policía, entrándole a macanazos a todo el que estaba en el medio.

  Después de todo eso tuve que ir al psicólogo porque me dio con ver los sex shops hasta en pinturas.

    Y le cogí tanto gusto a ese tipo de negocio, que un día dejé el mío en un dos por uno.

José M. Minaya Peña

Desde Nueva York

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José M. Minaya, excelente colaborador a través de la convocatoria abierta.

Sobre el autor:

Nació en Santiago, Rep.Dom. Tiene una licenciatura en Adm. De Empresas. Ha realizado cursos de poesías y narrativa en Tallere de Escritores y Escritores. Org. Respectivamente. Inició en el mundo de la narrativa en Taller Queer, dirigido por Max Chárriez, a quien considera su guía literario. Ha dirigido varias instituciones comunitarias, y actualmente le da los toques finales a un libro de poesías y otro de relatos inéditos.

No sé si soy escritor pero siento que las palabras se me pegan como moscas, y eso me tiene incómodo.

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En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”. Consiste en un tema semanal escogido por un escritor invitado distinto durante un periodo de diez semanas.  A partir del tema semanal, se compartirán otros textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto (o provocación) en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta, envíe su colaboración a marlyncruzcenteno@gmail.com.

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