Ese pedazo de mí
El psicólogo levantó la mirada. – ¿Y cómo te sientes al respecto?-
            -Que es una manía terrible que me ha acompañado todos estos años. Y la odio. Yo desearía no haber encontrado esa punta de mi cuerpo que se esconde tras ese pliegue de piel…
            Ana Isabel se inclinó hacia el escritorio del psicólogo , profundizando en el misterio de su obsesión.
            -A veces le salen dos o tres vellos, ¿usted me entiende? Y yo se los afeito. Pero es inútil. Ellos vuelven a salir.
            -¿Y por qué lo haces?-
            Ana Isabel se quedó callada, mordiéndose los labios, apretándose las manos.
            -Porque me odio. Porque me maltrataron y me maltrato… Ése es mi castigo para ellos… y para mí misma…. Aunque…
            Su semblante cambió, fruncía las cejas, pero ya no quería llorar.
            -A veces le pongo una curita-
            -¿Por qué? – cuestionó el psicólogo.
            -En el fondo, quizás sí quiero que ella se cure, ¿usted sabe?-
            El terapeuta la miró por largo rato. Ella miró hacia abajo, como inspeccionándose; y movió el pie izquierdo.
            -¿Qué tal si hacemos un ejercicio?- aventuró él.
            Ella siguió mirando al suelo.
            – Te invito a que mires esa parte de ti y repitas que no es fea, ni condenable, ni que merece desamor, maltrato y sangre. ¿Quieres intentarlo?
            Ana Isabel cerró los ojos y respiró. No tenía nada que perder. Así que se quitó los zapatos y limpió sus pies con una toallita mojada. Se sentía extraña de que se lo dijera un hombre y que ella no se opusiera a ello.
            -Quizás algún día puedas lograr amar ese pedazo de ti- repitió él.
            Ella levantó su pierna izquierda, tomó el pie en sus manos y empezó a levantar la pantorrilla. Recordó todos esos libros de automejoramiento que predicaban que Dios amaba cada centímetro de su cuerpo. Hasta ese momento no había creído que fuera posible. Mucho menos en ese lugar que tanto rechazaba.
            Pero entonces, si creo que no no hay nada condenable en mí, no hay nada que arrancar, ni desechar. Quizás es mentira que esta parte de mí sea fea y condenable… Menos mal por toda la yoga, porque sino, no podría hacer esto.
 
            Extendió su torso hacia enfrente y alcanzó con la nariz la punta de los dedos de su pie izquierdo, hasta topar sus labios con la punta maltratada, arrancada y envuelta en una curita de la uña diminuta, puntiaguda y curva de su dedo meñique.

por Samadhi Yaisha / Copyright 2012. Todos los derechos reservados.

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Sobre la autora:

Samadhi Yaisha es creadora de las crónicas de “90 días”, publicadas en el periódico “El Nuevo Día” desde octubre de 2010. Allí narra una jornada fuerte y apasionada para sanar un pasado lleno de pérdidas, y que la ha llevado a viajar a varios lugares en busca de respuestas. Administra el hermoso grupo: 90 días para sanar en Facebook y la página: 90 días, vayan a visitarle.

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En este blog se lleva a cabo la serie “Intertextuales por invitación”. Consiste en un tema semanal escogido por un escritor invitado distinto durante un periodo de diez semanas. A partir del tema semanal, se compartirán textos creativos desde las voces diversas de los escritores que acepten el reto en los géneros de narrativa y poesía. También se compartirán colaboraciones de personas que han visto la convocatoria y se han motivado a escribir del tema. Esta es una convocatoria abierta.

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Marlyn Cruz-Centeno