El bolso rojo

“Miraima me insiste en cada cena que quiere conocer a mamá. Pero mamá no sabe de Miraima…”

Los tacos de velvet rojo pisaban escalones abajo, de prisa. En el último peldaño, las uñas de acrícilo rubí cubiertas con la costura de las pantimedias se hundieron de súbito en un charco llano y gris.

Saraína había llegado al sótano. A su izquierda se extendía el tenebroso túnel donde estaba el bolso de marca italiana que le regaló Miraima, y que un buen ladrón le había robado en la gasolinera.

— Disculpe el atraco, yo sólo necesitaba el dinero. Le diré dónde está su bolso– fue el e-mail anónimo que el buen pillo le envió. Ella no llamó a la policía. Era mejor arriesgarse a recuperarlo ella sola.

Saraína miraba el túnel, mientras su cerebelo pulsaba de pánico. Atravesaría el tramo sin ayuda. Era menos peligroso así a que le acompañara alguien que descubriera lo que escondían sus bolsillos.

Los tacones morados avanzaron hacia la oscuridad. Saraína cruzó algunas luces de halógeno en vías de extinción que apenas dejaban ver el peinado de salón, la chaqueta de Versace y la falda gris perfumada en la lavandería. Mejor así, ensuciarse en un sótano con olor a alcantarilla, que permitir la injusticia de que aquel bolso cayera en las manos equivocadas. El compartimento principal contenía lo normal: tarjetas de crédito, su tarjeta de identificación como manager de la ONG, la invitación para recibir el reconocimiento por su labor pro-familia tradicional, y el pase exlusivo rewards de la aerolínea. Tampoco pasaba nada con los tampones, y la notificación de crédito deficiente no era tan grave. Al menos, no más que el libro de segunda mano que compró en descuento, y el recibo que delataría que que se comió un chocolate barato el día anterior.

Sin embargo, eso no le daba tanto miedo como lo que había en el bolsillo de atrás: la cuenta del casino, sí, y del bar, con la carta de plazo hasta el viernes. Y los papeles del préstamo con olor a tinta de banco para ver si saldaba la deuda. Esta vez se le fue la mano. Sólo un poco nada más.

Y mientras más se adentraba en la pétrida cueva urbana, más pavor se le subía a la cabeza. Nadie podía enterarse. Nadie.

Temiendo eso jadeaba y ladeaba para encontrar la pared en un tramo de oscuridad casi total, cuando su zapato derecho cayó en un charco maloliente y profundo, y el tacón se desprendió del talón del calzado.

– ¡Mierda!-

Exhaló, y cuando aspiró de nuevo, se percató de que a eso mismo olía el hoyo en cuyo fondo yacía su afelpado tacón. Cerró los ojos y, tragándose su orgullo, metió la mano en el nauseabundo aroma alcantarillado y sacó el pedazo de zapato mojado, rápido, sin pensarlo, y siguió caminando coja, tratando de convencerse de que no pasaba nada, a la vez que comenzaba a quebrarse en lágrimas; pues era una carrera a muerte para preservar la vida que tenía, o lo que quedaba de ella, porque en dentro del bolso rojo, debajo del maquillaje de Elizabeth Arden y el polvo-base de pancake, había un fondo falso, un bolsillo escondido que camuflaba un diario cuya cubierta era del mismo color.

            “Miraima me insiste en cada cena que quiere conocer a mamá. Pero mamá no sabe de Miraima… Mamá no ha sabido de ninguna. Nadie ha sabido de ninguna. Si Miraima insiste una vez más, esto se acabó”.

Mamá era severa, perfeccionista, adinerada, poderosa, la donante más prominente de la ONG, y odiaba a las lesbianas. Saraína empequeñecía ante su presencia. No había círculo social en todo el planeta en el que mamá no pudiera encontrarla y humillarla. El nombre de pila era Sara, pero mamá siempre la llamó Saraína –y el resto del mundo obedecía a mamá–, porque cuando nació, papá no hacía otra cosa que desvivirse por la bebé. El universo giraba alrededor de la niña; pasar tiempo con ella y complacerla era la nueva adicción de papá, igual que lo eran la nicotina, la Benzedrina, la cafeína y la codeína. Sara era su nueva cura: Saraína.

— Mamá te dice así porque eres mi dulce pequeñina, eso es todo.– Papá sabía ponerle frosting a toda situación amarga.

Esa noche iría a cenar con Miraima. Pero antes, Saraína pasaría por su casa a cambiar de bolso y dejar el cuaderno peligroso en la caja fuerte, el único lugar donde podía gritar la verdad.

–¿Qué guardas en la caja fuerte?– le había preguntado Miraima.

— Son sólo algunas joyas. Zafiros y rubíes, que me encantan– le respondió Saraína, aguantándose las ganas de decirle que no se metiera en lo que no le importaba. Se ponía defensiva cuando le preguntaban de la caja fuerte.

            “Pero es que la culpa ha sido mía. Yo le prometí a Miraima que yo era tan abierta como ella. Y ella me creyó. Sólo pide lo que esperaba de mí. ¿Cómo una hace una separación con gentileza? ¿Le digo que jamás le he hablado a mamá de ella? Mamá no sabe de Miraima… y Miraima tampoco sabe de…

Karina, una amiga budista en quien había ido confiando cada día más, le había ofrecido pasar el fin de semana en un retiro.

— Para que puedas ir quitándote las máscaras– le había dicho.

–Yo no sé vivir sin máscaras.–

Una luz anaranjada se asomaba en aquel túnel. El ladrón le había dicho que el bolso estaba junto al incinerador. Saraína creía que la fatiga y el sudor eran por la larga caminata, hasta que las brasas de vapor le azotaron la piel. Allí, cerca de la caldera en la que ardían todos los desperdicios de la ONG, estaba su bolso: una imitación de caparazón de tortuga, teñido de rojo intenso, como su convertible.

La inundación de calor la agobiaba demasiado como para alcanzar su cartera. Se quedó parada frente a lo que parecía ser la puerta del infierno, pensando cómo recuperaría lo que era su vida, cotenida entre los secretos de la carísima cartera europea. Cuando saliera de aquel tenebroso lugar, sólo tendría que buscar otro par de zapatos en el baúl de su carro, encender el convertible y regresar a la rutina de su vida, sostenida con pegatinas. Y aquí no pasó nada. Y sin embargo, ¡qué mucho le pesaba recoger su bolso! Cerró los ojos, respiró el sofocón, y pensó en la promesa de Karina. Se quedó mirando la cartera, viendo en su mente lo que escondía cada bolsillo, lo que demandaba cada papel doblado y lo que su madre le criticaba….

…Lo que su madre le criticaba…

Entonces se dio cuenta y casi sonrió de lado. Hay robos que tienen razón de ser. Aquel ladrón no le había quitado nada.

Avanzó hacia el bolso, aún en medio de tanto calor, y metió la mano hasta el fondo, hasta el bolsillo falso, hasta los secretos ahogados. Sacó su billetera, las llaves del auto, su teléfono móvil y su diario. Luego soltó el resto. No recordaba que fuera tan pesado. Lo pateó con el tacón izquierdo, una vez y otra vez, aquello parecía no querer moverse, ni quemarse, ni morir, hasta que lo echó caldera abajo, seguido del tacón embarrado en el alcantarillado; seguido del resto del zapato derecho roto. Luego se quitó el calzado izquierdo, y también lo lanzó al infierno. Y finalmente, se levantó la falda y se bajó las pantimedias, porque de tanto caminar en aquel túnel, de todas formas se le habían deshilachado. Una uña de acrílico rubí se desprendió tras halar la tela de nilón; las uñas de los dedos de sus pies estaban ahora disparejas.

Saraína exhaló mientras pensaba en su bolso quemándose. La acogió la extraña sensación de estar vacía y no saber quién era; acompañada de la urgencia de salir de allí.

Atravesó un breve tramo y encontró una puerta. Su pie descalzo con la uña acrílica rota subió un escalón y se asomó tímido por el marco hacia la acera, donde había luz. Eran pasos inseguros y descalzos. Cuando salió a la calle adoquinada, se dio cuenta que su ropa y su piel se habían teñido con el humentín que dejó atrás. Se sentía desnuda y mojada. Algunos transeúntes la miraban extrañados.

Miró su móvil y le marcó a Karina.

— ¿Saraína? — escuchó.

— No —

Hubo una pausa larga. Respiraba entre confundida y clara.

— Llámame Sara. —

Por Samadhi Yaisha / Copyright©2012 Todos los derechos reservados.

Sobre la autora:

Samadhi Yaisha es creadora de las crónicas de “90 días”, publicadas en el periódico “El Nuevo Día” desde octubre de 2010. Allí narra una jornada fuerte y apasionada para sanar un pasado lleno de pérdidas, y que la ha llevado a viajar a varios lugares en busca de respuestas.

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Marlyn Cruz-Centeno